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domingo, 9 de mayo de 2010

Sin legitimismo NO hay carlismo.

Y la realeza no es algo huero, como en los liberalismos doctrinarios, ni algo omnipotente, como en las construcciones totalitarias o absolutistas. El monarca reina y gobierna, pero dentro de límites impuestos por las leyes fundamentales o de la tierra. No le es asequible alterar porque sí la máquina legal de sus pueblos,sin consentimiento de los pueblos mismos. Impera, sí, porque es rey; pero impera dentro de leyes bien precisas.

Y en este terreno es la monarquía tradicional la única forma de gobierno en que el poder del gobernante se halla de veras limitado, porque los mojones que deslindan sus facultades no consisten en letras frías o en doctrinas muertas, sino en la fecunda realidad social, anterior y distinta del Estado. Donde totalitarismos y absolutismos ven un instrumento más de su poderío y donde los liberales ven el vacío de lo inexistente, en las sociedades intermedias y autárquicas, encuentra la monarquía tradicional el freno efectivo que los demás sistemas políticos ignoran. Por eso la monarquía tradicional es la única forma de gobierno donde los hombres pueden sentirse verdaderamente libres.

Mas, puesto que la realeza se halla ornada de funciones activas, las condiciones del monarca vienen a ser cosa esencial. de ahí la necesidad de exigir dos legitimidades: la de origen y la de ejercicio, la legitimidad de títulos en la asunción del poder supremo y la legitimidad en aplicarlo al servicio de los ideales de la Tradición de las Españas. Ambas son esenciales, pero en caso de dudas ha de preferirse la legitimidad en el ejercicio a la legitimidad en los títulos de origen, pues de otro modo admitiríamos que un prurito legalista primaba sobre el contenido de la tradición hispána, conclusión absurda a todas luces. La jura de los Fueros era condición necesaria para la coronación de los reyes, indicándose con ello que la legitimidad de ejercicio es más importante que la de origen y que, faltando aquélla, ésta carece de fundamentos.

Francisco Elías de Tejada. LA MONARQUIA TRADICIONAL 1954.

¡El Retorno del Rey!

La familia y el municipio como bases de la organización política.

viernes, 19 de marzo de 2010

Declaración de monárquicos polacos contra Juan Carlos el usurpador e infanticida.


Lodz/Breslavia, marzo 2010, mes de San José. Hace unos días Faro informaba de algunas reacciones suscitadas ante la firma por parte del Jefe de Estado constitucional, Juan Carlos, de la nueva ley del aborto. Frente al intento de justificarlo por parte del portavoz de la Conferencia Episcopal Española, así como de ciertas organizaciones "pro vida" --bien por despistadas por las falacias episcopales, bien porque en realidad les importa más defender esta república coronada que las vidas de los no nacidos-- los juicios autorizados (por ejemplo, el de Human Life International/Vida Humana Internacional, desde su sede romana) constataban que el Usurpador había incurrido, una vez más, en excomunión.

En la misma línea de condena desde las filas verdaderamente monárquicas (y por lo mismo sin ninguna relación con Juan Carlos y los suyos), nos llega la traducción al español de la Declaración del Club Conservador de Lodz y la Organización de los Monárquicos de Polonia:

Don Juan Carlos de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, quien en la "coronada" democracia atea se llama y es llamado "Juan Carlos Primero", como el Jefe de Estado constitucional, firmó el 5 de marzo del presente año (con fecha del 3 de marzo) una nueva ley del aborto promovida por el gobierno socialista, que aún más que hasta ahora amplía las posibilidades de matar los niños no nacidos en el seno materno.

Con esta decisión D. Juan Carlos (quien aún no intentó resistir ante esa terrible ley, aunque la Constitución de España no le obliga unívocamente a firmar cada ley aprobada por el parlamento) particularmente "adornó" una serie de traiciones, las que ha cometido desde cuando --tras la muerte del General Francisco Franco-- por su voluntad fue proclamado por las Cortes el Rey de España. Recordemos brevemente las más significativas:

- Violación del juramento de fidelidad (hecho como el Príncipe de España designado para tomar el poder) a Las Leyes Orgánicas del estado católico y los Principios del Movimiento Nacional, por el permiso a la transición hasta la monarquía parlamentaria y firma de la Constitución atea en 1978;
- Firma de la ley del divorcio;
- Firma de la primera ley del aborto;
- Firma de la ley de los "matrimonios" entre aberrosexuales;
- Firma de las leyes de educación que han convertido a los colegios e institutos españoles en antros de perversión.

A pesar de todos los delitos contra la Fe, contra la moral, contra el derecho natural, contra los intereses de España y de los españoles, el Jefe de Estado actual todavía utiliza, entre otros títulos que pertenecen a los reyes de España, el título de Rey Católico. En realidad mancha el trono de España y suprime el patrimonio de los reyes verdaderamente católicos, como Recaredo, Pelayo, Alfonso VII, Fernando III El Santo, Alfonso X El Sabio, Isabel la Católica, Carlos I y Felipe II. Con su permiso repetido al mal menosprecia en público la advertencia de la autoridad más grande de la tradición cristiana monárquica, del Doctor de la Iglesia Santo Tomás de Aquino: Hoc igitur officium rex suscepisse cognoscat, ut sit in regno sicut in corpore anima et sicut Deus in mundo, y dum considerat ad hoc se positum ut loco Dei iudicium regno exerceat (De regno, 13.4).

Mientras que a él, quien no se dirige por el derecho divino y la justicia, no se le debe llamar "el rey", sino "el tirano". Ya que los reyes (reges) --como esribió San Isidoro de Sevilla-- "toman su nombre del buen comportamiento (recte agendo), entonces el título de los reyes pertenece a los que hacen bien y no a los pecadores" (Sententiae, III, XLVIII, 7); y el tirano --dice el Aquinate-- es como una bestia, quia homo absque ratione secundum animae suae libidinem praesidens nihil differt a bestia (De regno, 4.12).

Los tiranos anteriores, como el asesino de los Inocentes Herodes o Nerón, se distinguen de los modernos, como Juan Carlos Infanticida, por una cosa: la tiranía de aquellos, los que gobernaron verdaderamente, resultaba de su vanidad; la tiranía de "los reyes títeres" en la democracia resulta de su cobardía. El impulso a las indignidades que aceptan es el miedo, que la oligarquía partidista que gobierna en el nombre del "pueblo soberano" no les quite de los restos de su función simbólica y representativa, que hasta ahora benévolamente les deja.

Tampoco podemos no expresar nuestra extrañeza por la actitud de la Conferencia Episcopal Española, que --por boca de su portavoz, Juan Antonio Martínez Camino-- se apresuró con garantías, que D. Juan Carlos, al contrario de los políticos que votaron a favor de la ley del aborto, no está excomulgado, ya que los reyes no están sometidos a las mismas valoraciones morales. Hay que decir claramente, que la opinión, que expresó el obispo Martínez, no es cristiana, sino que es una visión enteramente pagana de un "rey-dios", quien está presuntamente por encima del bien y del mal. En realidad es totalmente al revés: los reyes no sólo están sometidos, como todos los mortales, a las mismas normas morales y los mismos códigos de derecho canónico, sino que llevan aún una responsabilidad más grande, por causa de su dignidad. "A quien se le encomienda más, más se le exige" (San Isidoro, Sententiae, III, L, 5); ya que la Sagrada Escritura dice: "A los fuertes espera un castigo fuerte" (Sabiduría 6, 6). Firmando la ley que permite matar a sus inocentes, potenciales súbditos, el Jefe de Estado constitucional indubitablemente ha incurrido en una excomunión latae sententiae, y su recepción de la comunión sería un sacrilegio y depravación horrible.

En el mismo orden de la legitimidad de origen dinástica, los derechos de D. Juan Carlos al trono no fueron demasiado fuertes; su entronización agradeció más a la voluntad del General Franco y su equivocación trágica, que el designado no se manifestaría como liberal. Ahora, tras la mencionada serie de traiciones contra las obligaciones del Rey Católico, especialmente en la última participación en el crimen legislativo del infanticidio, debe ser claro, que no tiene moral derecho en el orden de la legitimidad de ejercicio. El único socorro para España sería la concentración de todos los españoles honestos en torno al Príncipe, que no es sólo el depositario del legitimismo monárquico y el Abanderado de la Tradición, sino que continuamente demuestra por su vida, que es el verdadero Príncipe Católico, que seguro no promulgaría la ley infanticida: Don Sixto Enrique de Borbón y Borbón Busset, Duque de Aranjuez, Infante de España, el Regente de la Comunión Tradicionalista.

¡Abajo el Usurpador, Juan Carlos!¡Viva el Rey legítimo, Sixto Enrique!

El Presidente del Club Conservador de Lodz, Dr. hab. Jacek Bartyzel
El Presidente de la Organización de los Monárquicos de Polonia, Adrian Nikiel

Lodz - Breslavia, el 6 de marzo A.D. 2010

domingo, 28 de febrero de 2010

De vividores, de perjuros, de hombres sin honor y de servidores del liberalismo capitalista: Historias de ingenuidades.

Por su interés reproducimos unos extractos de las memorias del Marqués de Valdeiglesias que testimonian como la rama liberal traicionó a todos sus sostenedores "tradicionalistas". Testimonia la frustración política de este valioso grupo de gente, fruto de la incongruencia de pretender que la Dinastía Liberal sostuviera los fundamentos de la Tradición. Error gravísimo que esperamos nunca vuelva a suceder. Sirva de aviso a navegantes.

“(…) salí de la entrevista [con Juan de Borbón, de la rama usurpadora] con la impresión de que el “rey” estaba totalmente ganado para la causa liberal- masónica. (…) todos los enemigos de nuestro Movimiento Nacional, empezando por Gil-Robles, se han apre-surado a montar su cerco en torno al “rey”. Es la gran baza que les va a permitir invertir el resultado de la guerra. Sería un colosal error dejarles maniobrar impunemente pensando sencillamente que si el “rey” quiere estrellarse, que se estrelle. Porque se va a estrellar toda España.

(…) todos mis artículos y conferencias giraron en torno a lo mismo: la identidad entre Movimiento Nacional y Monarquía. La Monarquía, para mí, no podía ser otra cosa que la culminación del Movimiento Nacional y, naturalmente, cuando hablaba de Monar- quía, no concebía otra que la de Acción Española. Los Gilrrobles, Satrústeguis y toda la caterva de progres, antiguos republicanos, e incluso marxistas, que iban a presta acata- miento a Juan eran para mí unos locos carentes de interés. Me negaba a aceptar el hecho de que el loco era yo, y ellos los que tenían sus pies firmemente asentados en el suelo. Y estaban jugando, perfectamente jugada, la carta ganadora.

(…) cuando al fin se formalizó la candidatura de Juan Carlos me pasé a ella con armas y bagajes. Y la verdad es que ni por un momento se me ocurrió pensar en que la política de Juan Carlos pudiera ser la misma que la de su padre, corregida y aumentada. (…) Ni por un momento se me pasó por la cabeza la idea de que la única diferencia entre Juan Carlos y su padre pudiera ser la de que el hijo fuera mucho más cínico y estuviera dis- puesto a jurar todo lo jurable con la idea preconcebida de faltar a su juramento en cuan- to fuera posible. (…)

Lo que me pregunto yo ahora es como ha sido posible que otras personas [que han tenido más trato con Juan Carlos que el autor] no hubieran captado nada sobre su verdadero modo de pensar. (…) Porque el hecho es que se jugó a fondo la carta de Juan Carlos sin la menor garantía de cual pudiera ser su modo de pensar y desafiando las probabilidades de que fuera el mismo que su padre.
Y a esta tremenda ligereza se sumó otro error psicológico no menos grave; no haberse parado a meditar ni por un momento en el resentimiento que podría estar incubándose en Juan Carlos precisamente por el hecho de debérselo todo a Franco (…)

(…) el Movimiento Nacional necesitaba a la Monarquía [legítima] en su cúspide para ser capaz de hacer frente a las grandes presiones del exterior liberal-masónico y mar xista que cada vez serían más fuertes como consecuencia de su victoria en la guerra mundial (…) Franco pudo haber elegido libremente (…) pero limitó su campo de elección a los herederos de “Alfonso XIII” [es decir, a la rama usurpadora] (…)
Cierto que la inversión total del resultado de la guerra con la entrega total de la victoria a los vencidos del año 39, todo ello por obra y gracia de la voluntad de Juan Carlos, era algo absolutamente imprevisible (…) y menos que nada pudo prever que, después de haber jurado el futuro “rey” lealtad a Franco y a los Principios Fundamentales del Movi –miento tomase él mismo la iniciativa de violar esos Principios y dinamitar el régimen que lo había hecho “rey".

Extraído del testamento político del Marqués de Valdeiglesias
D. José Ignacio Escobar Kirkpatrick

sábado, 27 de febrero de 2010

Don Pelayo, Rey Legítimo y restaurador.

Damos la bienvenida a El boina roja montaraz un nuevo colaborador de El Matiner, que se estrena con este artículo. Estás en tu casa.

Vamos a recordar a D. Pelayo, restaurador de la Monarquía Hispana, en estos días de la nueva destrucción de España. Con ello esperamos que su ejemplo nos anime a luchar por nuestra Patria en la nueva reconquista de la unidad católica. Y es que este combate se identifica con la restauración de España en su Monarquía Legítima, única posibilidad de evitar la aniquilación completa de nuestro pueblo, tan avanzada ya por sus causantes, la casta de parásitos que son los actuales políticos. Nuestra Reconquista fue una larga y penosa cruzada que arrancó del hundimiento del reino hispano-visigodo en 711. Esta fecha, a pesar del tiempo transcurrido, evoca algunos paralelismos muy sugerentes con las ruinas de la España actual, que podrían ser útiles hoy día.

La idea es muy sugestiva, pero tiene el peligro de hacernos caer en anacronismos. Para evitarlos, adelantemos una aclaración. El joven reino visigodo reunía, ya entonces, casi todas las características principales de la Monarquía Católica, pero aún sin madurar. Era una sociedad en pleno desarrollo. La nuestra se halla en plena decadencia y descomposi ción. La Fe Católica, corazón de España y cimiento fundamental de nuestra Patria, era vigorosa después de haber vencido al arrianismo y al priscilianismo; también el antiguo paganismo perdía sus últimos residuos en algunas zonas rurales. Hoy día es la religión católica la que atraviesa una crisis sin precedentes ante la apostasía de las naciones que, en aquellos años del comienzo del S. VIII, iban forjando la Cristiandad. Esta apostasía, que comenzó en 1517 en el ámbito religioso y se transformó en la Revolución, en el político, ha irrumpido en la Iglesia a raíz del Concilio Vaticano II en forma de herejía: la doctrina herética neo-modernista, condenada por Pío XII en su encíclica “Humani generis”, de 1950. Hoy día, muchos años después, “Expaña” va a la cabeza mundial en dicha apostasía, gracias a la tiranía anticristiana de ZP. Es importante señalar todo esto porque nos referimos a dos sociedades muy distintas, aunque lleven el mismo nombre: la actual es la hija renegada de la auténtica. Y sobrevive parasitando las ruinas de lo que construyeron nuestros antepasados; construyendo sobre ellas una “sociedad” neopagana y rabiosamente anticatólica, nos arrastran a todos hacia el desastre completo al que está condenada esta nueva Babel.

La invasión mahometana del 711 fue una agresión convencional, hablando en términos militares. Su fuerza estaba en el fanatismo propio de toda “Yihad” (fanatismo inherente al Islam, como también lo es la propia “Yihad”): por eso se hizo a sangre y fuego, con los medios terroristas de entonces. En nuestros días, con el Nuevo Orden Mundial y las guerras de cuarta generación que le caracterizan, la invasión actual utiliza métodos más sofisticados. La inmigración y el 11-M no parecen directamente relacionados. Y, a pesar de las apariencias… el 11-M fue la venganza marroquí por el islote de Perejil y su resultado, un títere de Mohamed VI en el poder del estado español desde entonces. La inmigración mahometana, según palabras del mismo Gadafi ( el terrorista presidente de Libia, en declaraciones recientes) es el medio para conquistar Europa “pacíficamente” a medio plazo.

Y ahora fijémonos en D. Pelayo. Este noble hispano godo formaba parte de la guardia real de D. Rodrigo, el último rey visigodo legítimo y combatió en el río Guadalete a sus órdenes. En la retirada posterior se dirigió hacia Asturias, donde tenía su familia y sus propiedades. Pero Gijón cayó también poco después. Pelayo fue enviado a Córdoba como rehén mientras el jefe musulmán se apropiaba de su hermana para su harén. Así buscaba emparentar con la nobleza local, con la evidente intención de quedarse allí definitivamente. Exactamente igual que los inmigrantes mahometanos actuales, los cuales ya han organizado un partido para las elecciones municipales de 2011: se trata del PRUNE, con centro en Granada y varias oficinas abiertas, entre ellas una en la ciudad de Oviedo.

Pero volvamos a la España del S. VIII. Pelayo consiguió escapar y volver al norte. Allí se echó literalmente al monte y se puso a la cabeza del alzamiento que triunfó, contra todo pronóstico, en la batalla de Covadonga, en 722. Hasta entonces el panorama era desolador (otra semejanza con nuestros días). Y ante esa realidad tan dura ¿de donde sacó Pelayo fuerzas y decisión para ponerse al frente de un puñado de valientes y combatir? Por las circunstancias históricas sabemos que la resistencia era una locura. No fue, pues, el cálculo humano el que le ayudó a decidirse. Es increíble, por otro lado, que el amor fraternal de Pelayo por su hermana fuera la causa. Entonces era raro el fiel al último rey legítimo que no hubiera perdido algún ser querido… o todos. O la propia vida como el rey D. Rodrigo. Y todos ellos habían perdido sus bienes y situación social si no habían apostatado para conservarlos (como había renegado el conde Casio, en la marca vascona). Solo hay una explicación: la Fe Católica. Es lo único que pudo haberle dado la fortaleza necesaria para tomar una decisión contra toda esperanza humana. De este modo, cuadra perfectamente todo lo que sabemos de aquellos años: Pelayo, con la confianza puesta en el Único Dios Verdadero, la Santísima Trinidad, tuvo coraje para resistir contra la secta de Mahoma, que aún parecía invencible (recordemos que el combate de Covadonga tuvo lugar diez años antes de la batalla de Poitiers…)

Solo Dios sabe como terminará la nueva pérdida de España que vemos cumplirse ante nuestros ojos. Quizá la Providencia tenga para nuestra Patria unos planes semejantes a aquellos… nos gustaría que fuera más que un deseo personal porque hay un caudillo legítimo (aunque casi desconocido), de sangre real y Fe Católica, que cuenta con unos leales dispuestos a combatir contra toda esperanza humana, en una nueva batalla de Covadonga: S. A. R. Don Sixto Enrique de Borbón.

Lo que podemos saber con seguridad es que, hoy como entonces, la clave del combate es la Santa Fe Católica. Que para conservarla hemos de ser fieles a la Tradición Apos- tólica, la que inició en estas tierras nuestro padre en la fe, Santiago el Mayor, al traernos la doctrina de la Fe de N. S. Jesucristo, precisamente para que la transmitamos íntegra a nuestros hijos y a las generaciones venideras; sin tergiversarla para adecuarla al mundo, sino guardándola tal como nos la transmitieron, a su vez, nuestros mayores; porque esa Fe Católica es el gran tesoro de nuestras Españas. Y en ella esta cifrada la única posi-bilidad real de restaurar esta sociedad, del mismo modo que el único Salvador de los individuos sigue siendo N. S. Jesucristo. Así pues, cobremos ánimo: la victoria final es del Señor, nuestro Dios. Y de su Iglesia, la que El fundó. Y de la España verdadera, que es la de su Sagrado Corazón. Laus Deo.

El boina roja montaraz

viernes, 8 de enero de 2010

LA MONARQUÍA TRADICIONAL de Francisco Elías de Tejada. Un clásico imprescindible.


LA MONARQUÍA TRADICIONAL, de Sr. Francisco Elías de Tejada.calidad 2, 1 t., 14,5x20, 174 pág. : 16 € Pedidos y Pagos

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Un estudio reposado de lo que fueron las vie­jas ordenaciones libres de nuestros pueblos y de lo que probablemente habrían sido a no mediar las desviaciones europeizadoras, he aquí el cuadro, a grandes brochazos, de la monarquía tradicional española, régimen que mi­ró a la defensa de los postulados fundamenta­les de la unidad de fe y de la lealtad a la Corona, sin mengua del fomento de las fecundas libertades concretas.

Así constituida, la acción de España pudo ahondar en las entrañas de la verdad católica para repre­sentar nada menos que la concepción católica de la vida en la más fecunda de sus maneras. Pero si la España tradicional fue una doctrina, la moderna se ha despedazado en dudas, y la contemporánea en negaciones, acabando su carrera alocada en la más absoluta indiferencia. Ante semejante abandono y delirio exclama el autor:

Cuando se vive entre muertos, estas ideas alcanzan a los ojos dimensión de exac­titud. Bien puedo desde mi retiro, arropado por el dulce silencio del ol­vido rumoroso, repetir las palabras de Quevedo:

»Retirado en la Paz de estos desiertos con pocos, pero doctos, libros juntos, vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis voces a los muertos»
.”

Indice

I. EL MENÉNDEZPELAYISMO POLÍTICO
Actualidad del menéndezpelayismo 13
La estela política de Menéndez y Pelayo 15
Las limitaciones de una obra gigantesca 19
El auténtico menéndezpelayismo 24

II. LA TRADICIÓN DE LAS ESPAÑAS
Europa y las Españas 31
Europa 36
Las Españas 43
La europeización absolutista 52
La europeización liberal 60
El dilema presente 68

III. UNA TRADICIÓN VIVA: NAVARRA
Una tradición salvada del naufragio europeizante 71
La primera interpretación: Zuaznavar, el erudito 74
La interpretación sentimental: Olave 81
Marichalar o la interpretación técnica 89
Lo que observó Cánovas del Castillo 95
La lección política de Navarra 96

IV. LA TRADICIÓN
La revolución europea 109
La revolución disculpada 111
La revolución delante del pensamiento tradicional 115
La Tradición 118
Tradición y progreso 121
La Tradición de las Españas 122

V. LOS FUEROS, COMO SISTEMA DE LIBERTADES CONCRETAS
Los Fueros 127
Hombre abstracto y hombre concreto 128
Liberalismo y hombre abstracto 133
Totalitarismo y hombre abstracto 135
Tradición y hombre concreto 136
Entre libertades. Libertad e Igualdad 138
Los Fueros, barrera y cauce 147

VI. LA MONARQUÍA FEDERATIVA
La Sociedad, "corpus mysticum" 153
La realeza 159

VII. LA SECUELA INSTITUCIONAL
Cambio de frente 163
La Corona 165
El Consejo Real 168
El Consejo de Ministros 169
Las Cortes generales 171
El Consejo de Justicia 174
El Consejo de Guerra 175
El Consejo Social 176
El Consejo de Cultura y la Junta de Cultura 177
Colofón 179

LA FAMILIA Y EL MUNICIPIO COMO BASES DE LA ORGANIZACIÓN POLÍTICA.