Intervención del Prof. José Miguel Gambra, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, en las II Jornadas de Catolicismo de la UCM. 4 mayo 2017
viernes, 19 de mayo de 2017
jueves, 18 de mayo de 2017
Falsificaciones del Bien Común (I): El bien común como bien privado
El bien común como bien privado
La identificación del bien común
con el bien privado ha sido favorecida por la reacción contra la doctrina
idealista, en particular la hegeliana, irracional por su pretensión de hacer de
la verdad del sistema la verdad, y absurda por las contradicciones y aporías
que se evidencian en su aplicación y, por tanto, en la praxis. La derrota de
los Estados totalitarios en la segunda guerra mundial representó la fractura
del sistema de Hegel y ofreció la prueba de las desastrosas e inhumanas
consecuencias en las que tal doctrina debía incurrir necesariamente (como
incurrió). Se difundió así muy rápidamente una teoría política de origen
protestante, cuya afirmación resultó favorecida por la ilusión de que otorgaba
valor al individuo, a la persona humana, tras su sacrificio en el altar de la
verdad idealista más abstracta. La difusión de las viejas (aunque presentadas como
nuevas) teorías políticas liberales vino favorecida también por equívocos en el plano teórico (individuo y persona parecían
a muchos términos equivalentes) y, sobre todo, por las circunstancias
históricas de finales del segundo conflicto mundial: los vencedores de los
regímenes definidos autoritarios resultaron ser los Estados liberales y también
los comunistas, pero el liberalismo -aunque fuese la matriz del comunismo,
sobre todo del marxiano- difícilmente podía convivir con el marxismo. Con el
marxismo tampoco podía convivir el cristianismo, fuese en su versión católica o
incluso en la protestante. El comunismo, por esto, se convirtió (y se tomó por
tal) en el enemigo común. Todos se unieron en la batalla anticomunista a nombre
de la libertad, que no puede ser considerada el bien común ni siquiera
aunque se lea como libertad responsable: aquella, en efecto, también en este
caso resulta una condición que no puede eliminarse, pero que no puede
convertirse en el bien común.
Las doctrinas políticas occidentales, sobre todo las elaboradas
de encargo (como por ejemplo, la teoría política del segundo Maritain), se
empeñaron en justificar la caída de las posiciones que, particularmente en
Europa, habían sido hegemónicas hasta la mitad del siglo XX. Pasó a sostenerse,
así, que el bien común no era el público sino el privado. Esencial era el bien
del individuo ante el que el Estado y el ordenamiento jurídico debían
considerarse servidores. Servidores
y, por tanto, instrumentales ante cualquier opción individual, cualquier deseo
de la persona, cualquier proyecto. No sólo porque según algunas doctrinas el
proyecto mostrase la misma naturaleza humana (piénsese, por ejemplo, en Sartre,
para el que el hacer procede al ser y, por tanto, el sujeto es su actividad y
no la condición de ésta), sino también porque se entendía que toda regla
heterónoma, impuesta a la voluntad del sujeto, fuese un atentado a su libertad,
un atentado fascista, del que debía
tan absoluta como rápidamente liberarse. El ordenamiento jurídico, para
legitimarse, habría debido encontrar el consenso (entendido como mera adhesión
voluntarista a cualquier proyecto) de los ciudadanos. Se convertía, por ello,
en intolerante cualquier Estado que
hubiese individuado la naturaleza del bien, erigiéndose en regla de su
legislación y su gobierno: el bien y el mal -se decía y aun hoy se afirma de
modo todavía más decidido- pertenecen a
la esfera privada; lo público no debe tener opinión alguna acerca de la vida
buena, sino que al contrario debe ser absolutamente indiferente. La nueva ratio que rige y anima a los
ordenamientos jurídicos occidentales contemporáneos debe buscarse, así, en esta
Weltanschauung neoliberal, que se ha
expandido poco a poco y que se presenta todavía como la vía que debe recorrerse
para conseguirlo.
Derivó de ahí, como consecuencia
del desplome de lo público, la desaparición
del bien (incluso del que sólo era su subrogado) y necesariamente la desaparición
del bien común en sí. El único fin de la comunidad política que se considera legítimo es el de asegurar, garantizándolo
en la perspectiva liberal y/o promoviéndolo en la perspectiva liberal-socialista,
la libertad negativa que a su vez se
convierte en liberación total en la
perspectiva marxista y en la liberal-radical. Pero, como esto no es posible en
absoluto, se asignó al poder la tarea de mediar
entre instancias y pretensiones contrapuestas, tanto que ahora se afirma explícitamente
que el Parlamento es el lugar de la composición
de los intereses. El poder político, por ello, estaría legitimado por un contrato de mandato o bien por un consenso
mayoritario de la sociedad civil, no ciertamente por la racionalidad del
mando político, entendida la racionalidad como conformidad a la esencia y al
fin natural de las personas. El Estado moderno de la vieja Europa desapareció.
Se afirmó el Estado como proceso teorizado
por la politología norteamericana desde finales del siglo XIX, que entiende que
el poder político es un mero poder, y que el conflicto es el alma de la llamada
convivencia civil. Lo que implica que la realización de la voluntad, la
obtención de los intereses, el agotamiento de las pasiones y los deseos tanto
de los individuos como los grupos y no –por tanto- la vida según la razón,
representen el objetivo que conseguir. Esto es lo que se considera el bien, que
no tiene nada de común siendo de parte o solipsista, en todo caso privado en el
sentido moderno del término.
¿Qué es el Bien Común?. Danilo Castellano en El bien común. Cuestiones actuales e implicaciones político-jurídicas.
lunes, 8 de mayo de 2017
Historia del Carlismo: Javier I (1889-1977), una vida al servicio de la Tradición
Documental homenaje a su Majestad Católica Don Javier I de Borbón, último Rey legítimo de las Españas. Audiovisual realizado para el XL aniversario de su fallecimiento y presentado el 6 de mayo de 2017 en el Real Monasterio de Santa María del Puig, Reino de Valencia, en el acto de homenaje a Don Javier organizado por el Círculo Carlista Abanderado de la Tradición Nuestra Señora de los Desamparados de la Comunión Tradicionalista. 
Sin Legitimidad no hay Carlismo, Pulsar Aquí

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sábado, 6 de mayo de 2017
El Reino de Valencia por el Rey Javier y por Don Sixto Enrique
El Príncipe Sixto Enrique de Borbón a su llegada al Real Monasterio de Santa María del Puig en el Reino de Valencia
Santa Misa de Requiem por S.M.C Don Javier de Borbón
Misa según el Rito Tradicional Romano de la Iglesia Católica
Homenaje al Rey Javier I de las Españas, con la proyección de un documental realizado para el acto (PULSAR AQUÍ)
Don Manuel de Santa Cruz y Don José Miguel Gambra franqueando a Don Sixto en el homenaje a su augusto padre el Rey Don Javier
Don Manuel de Santa Cruz y Don José Miguel Gambra franqueando a Don Sixto en el homenaje a su augusto padre el Rey Don Javier
Toma la palabra don Miguel Ayuso Torres, Presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, frente cultural de la Comunión Tradicionalista
Entrega a S.A.R. D. Sixto Enrique
de Borbón de la reproducción de la Crónica del viaje de D. Javier I al Reino de
Valencia en Noviembre de 1951
Miembros de "Mestres Campaners" entregan a S.A.R. D. Sixto Enrique de Borbón, una prenda de su uniformidad en recuerdo de su visita a Valencia.
Comida de hermandad
jueves, 4 de mayo de 2017
La modernidad, enemigo primario
¿Qué debe entenderse por
modernidad?
La modernidad entendida
axiológicamente, es sinónimo de subjetivismo: de palabra exalta al sujeto,
aunque en realidad lo destruye. Decir que modernidad y subjetivismo son la
misma cosa significa considerar que a) teóricamente se pretende hacer del
pensamiento el fundamento del ser; b) gnoseológicamente se cree poder erigir la
ciencia (entendida al modo positivista) como único método de conocimiento (en
realidad pretende constituirse en dominio de una naturaleza que a menudo
ignora); c) éticamente se identifica la moral con la costumbre (fruto de
opciones “compartidas”) o, en algunos casos y opuestamente, con la decisión personal; d) políticamente se
reivindica el poder de crear el orden político (que, por tanto, se limita a
sólo orden público) sobre bases absolutamente voluntaristas y e) jurídicamente
se sostiene que la justicia es la decisión (efectiva) del más fuerte (pseudo-argumento de Trasimaco, que hacen suyo las doctrinas positivista y politológica
del ordenamiento jurídico, que tantos contemporáneos comparten).
La modernidad disuelve al sujeto
al convertirlo en un haz de pulsiones. El sujeto, así, no sería una realidad
óntica irreductible, señora de las pulsiones, sino simple epifanía de éstas. Un
fenómeno, pues. No sería el ens, inteligente
y libre, dominus de los propios actos, sino una entidad que
sufre los propios impulsos y las propias pasiones.
Así pues, el sujeto sólo es
exaltado aparentemente, incluso cuando se elogia su conciencia. En realidad el
sujeto es para la modernidad una realidad sin alma y, por ello sin ley. De ahí
que cuando ensalza la conciencia lo que hace es exaltar un poder ilimitado del
individuo, que entiende es una facultad suya: la conciencia, así, no revela al
hombre el orden impreso en su naturaleza, sino que lo produce. Poco importa que
a ello concurra el individuo aislado o la sociedad en su conjunto. Lo que
cuenta es el hecho de que el orden moral no existe en sí y por sí. Es siempre
el resultado provisional y mutable o de la voluntad subjetiva o del conjunto de
las condiciones económico-sociales (esto es, de un bloque histórico). La
modernidad, que es el racionalismo hecho sistema, conduce coherentemente, por
tanto, a Nietzsche y Marx. En otras palabras, la modernidad representa el
intento de dominar la realidad, de plegarla a la voluntad humana. Es la esencia
de la doctrina luciferina según la cual el hombre es como Dios, igual a Él, por
tanto en la condición de poder desafiarlo y, sobre todo, de poder expulsarlo de
la experiencia humana y de la historia.
Danilo Castellano, en Iglesia y política. Cambiar de paradigma
martes, 2 de mayo de 2017
Homenaje a los carlistas asesinados por el terrorismo separatista etarra
Intervención de Víctor Javier Ibáñez en el homenaje a los carlistas víctimas del terrorismo etarra en la Festividad de los Mártires de la Tradición.
El libro "Una resistencia olvidada. Tradicionalistas mártires del terrorismo" puede conseguirse en la página habilitada por Ediciones Auzolan en Facebook PULSAR AQUÍ o en el correo info@edicionesauzolan.net
martes, 18 de abril de 2017
miércoles, 12 de abril de 2017
Manuel de Santa Cruz, Epílogo a "Una Resistencia Olvidada"
Manuel de Santa Cruz,
protagonista, testigo autorizado y fedatario de la historia del Carlismo y de
su Guipúzcoa natal a través de su monumental obra "Apuntes y documentos
para la historia del Tradicionalismo Español". Pone el epílogo al libro “Una resistencia olvidada.Tradicionalistas mártires del terrorismo” (Ediciones Auzolan, 2017), de Víctor
Ibáñez Mancebo.
EXTRACTO DEL EPÍLOGO
(...) En cuanto se firmaron los
Acuerdos de España con Norteamérica en el verano de 1953, las Fuerzas Armadas
de las dos naciones empezaron a hacer ejercicios conjuntos. En uno de ellos,
los norteamericanos trajeron un ejército de catorce mil hombres con sus pertrechos
desde las costas de Florida a desembarcar en las playas de Huelva, sin repostar
ni escalas. Tuvieron catorce muertos. En una conferencia de prensa, al final,
un periodista español mostró alguna extrañeza por ese número de bajas. El
oficial norteamericano contesto que unas maniobras sin muertos no son
verdaderas maniobras militares; son otra cosa, llámenle como quieran, pero para
nosotros no tienen la consideración de verdaderas maniobras militares.
Extrapolando aquellos criterios vemos que la existencia de daños materiales y
de asesinatos atestiguan que el Carlismo se enfrentó decidida y valientemente a
los separatistas; su oposición no fue en unas apacibles tertulias de casino de
pueblo, sino un martirologio que es una gloria más de su historia. ¿Cómo
enjuiciaría aquel oficial norteamericano la oposición del Carlismo al
separatismo sin este libro? Pues como nosotros calificamos la conducta al
respecto de la clase política dirigente de Madrid, como una pamplina. Este
libro es una contribución notable a la salvación del honor del Carlismo, a
veces olvidado porque la enorme superioridad cuantitativa de la propaganda
enemiga de la España nacional.
¿Pudo el Carlismo haber hecho
más? ¿Por qué no hizo más? El autor de este libro contesta pero con menos de lo
mucho que sabe. Yo le tirare de la lengua para que extraiga más respuestas de
su gigantesco archivo. Entre otras causas menores, el Carlismo, que hizo mucho,
no hizo todavía más por las siguientes causas principales:
Porque había sido machacado
permanentemente y sin misericordia por el franquismo. La política de éste
respecto al Carlismo en general y sobretodo, en el País Vasco fue un enorme
disparate político porque el Carlismo al que estrangulaba era el contrapeso
natural del separatismo. Yo mismo se lo quise explicar a tiempo a Don Luis
Carrero, pero él zanjó la conversación en cuanto olfateó a donde iban los
tiros.
Por el menosprecio de la Iglesia,
ya antiguo, discreto y sutil pero eficacísimo. En los pueblos de Vascongadas y
de Navarra el señor cura era el notable natural que presidía pacíficamente
aquellas sociedades elementales. Sobre aquellos sacerdotes santos empezaron a
destilar su veneno, gota a gota el progresismo y el laicismo europeizantes no
detenidos ni por Roma ni por la Jerarquía en España y el Carlismo vio que se
esfumaba de manera misteriosa y alarmante uno de sus poderosos proveedores de
hombres y de recursos, el clero.
Porque las dos causas anteriores
afectaron también, además, al ambiente general de España y aún de Europa, que
respiraban, sin haber sido previamente inmunizados por una buena preparación
política, Don Carlos Hugo y su hermanita Doña María Teresa. Despechados por la
conducta de Franco, y no sin motivos, perdida toda esperanza en la carrera
dinástica, decidieron pasar a la oposición, pero no a la oposición domestica a
Franco desde la propia España nacional sino sumándose a la oposición roja
exterior, lo cual además de un disparate estratégico fue un gravísimo pecado
contra el primer mandamiento de la Ley de Dios.
Pero como anunció con genial
intuición el Rey Don Carlos VII en su testamento político, la dinastía de los
buenos españoles sobrevivirá. De nuestro desahogo de hoy, «¡Aún vive el
Carlismo!», pasaremos a cantar victorias cuando suene la hora de Dios en el
calendario de su Providencia. España, la cristiandad, están hoy tan mal, que no
puede estar lejos la salida de esta noche oscura. Entre los artífices de la resurrección
del Carlismo estará en primera fila Víctor Ibáñez y como libro de consulta,
este libro.
Manuel de Santa Cruz
El libro puede conseguirse en la
página habilitada por Ediciones Auzolan en Facebook PULSAR AQUÍ o en el correo
info@edicionesauzolan.net
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