Editoriales

viernes, 18 de junio de 2010

Hombre abstracto de la Revolución; hombre concreto de la Tradición.

La filosofía política de la Revolución eleva al hombre a medida de todas las cosas, con independencia de las ordenaciones divinas, transformándose en eje y centro del universo. El optimismo antropológico hermana a Rousseau con Kant y con los legisladores del 89. Rousseau idealiza hasta lo perfecto al hombre abstracto, al salvaje sin tradiciones, por definición bueno; Kant exalta la perfección del hombre en sí, independientemente de las tradiciones culturales, creyéndole capaz para entender al cosmos en el uso que de los datos de la realidad haga su razón pura y de saber qué sea lo justo en la desnuda autonomía de su voluntad “autónoma”; los hombres del 89 no declaran cuáles sean los derechos del hombre francés, sino los del hombre abstracto y sin tradiciones. Para Europa el hombre carece de historia, es un ser desprovisto de pasado vivo.

La marcha posterior de las ideas gira bajo idéntico signo. En la democracia igualitaria cada hombre posee un voto, sin tener en cuenta ni su valor ni su cultura, porque de antemano se autoriza que todos ellos son iguales, ya que nada cuenta la condición histórica concreta de cada cual, sino su abstracta condición humana. Día vendrá en el porvenir en que se juzgará cosa de locos esta inconcebible ideología democrática hoy tan extendida, por virtud de la cual son iguales los hombres nacidos desiguales y desiguales desarrollados; mentira parece que a la fecha la mayoría de las instituciones del Occidente reposen sobre la locura de equiparar en facultades políticas a los buenos con los malos, a los listos con los tontos, a los cultos con los que no saben leer. Será otra “locura de Europa” más que añadir a las que ya anotó Diego de Saavedra Fajardo hablando en nombre del sentido común de la tradición de las Españas.

Tampoco el totalitarismo distingue entre los hombres; lo que sucede es que la democracia los igualaba en considerarlos con idéntico valer para emitir un voto en las urnas, mientras que el totalitarismo les concede idéntico valer para obedecer las órdenes de un dictador. Pero ambos, liberalismo y totalitarismo, arrancan del mismo yerro filosófico: la idea del hombre abstracto.

Idea que aparece cuando nace Europa. Antes, en los siglos de la Cristiandad, la sociedad cristiana poseía una ordenación jerarquizada orgánica, cada hombre se enmarcaba en determinado grupo social, sea religioso (órdenes, cofradías), sea religioso-militar (órdenes de caballería) sea económico (gremios), sea político (brazos o estamentos). El esfuerzo personal levantaba al inferior a grados superiores del cuerpo místico social, pero éste gozaba de sólida estructura, ya que dentro de él cada miembro componente era parte de un orden y elemento de una jerarquía. La comunidad orgánica cristiana, según la idea del hombre concreto, constituyó el contrapié de las catedrales tomistas de las Summae y el emparejamiento humano más adecuado al orden divino en el curso de los astros siderales (...)

Poco a poco según crece y se robustece Europa, cobra fuerza la idea del hombre abstracto. La ayudarán el espíritu romanista, que brinda al absolutismo de los reyes la ocasión de deshacer del todo la composición orgánica de la sociedad, proporcionando aquel dualismo que Boutmy definiera como la contraposición entre el infinitivamente grande del poder estatal y el infinitivamente pequeño del individuo aislado; el estilo burgués de las sociedades protestantes, con aquel espíritu individualista de empresa, naciente en Holanda e Inglaterra cual secuela de la escisión luterana entre naturaleza y gracia, donde Werner Sombart ha colocado la clave del moderno capitalismo (otro fenómeno típicamente europeo); y en especial el nuevo espíritu filosófico: cuando Descartes duda de la realidad circundante empieza a fabricar un mundo para cada yo abstracto, intento que Kant traducirá en sistema, sistema que es nada menos que la llave de la Europa contemporánea.

Una Europa en la que el hombre se edifica gnoseológicamente su mundo con Kant y hasta ontológicamente en el idealismo trascendental de Fichte; Europa en la cual la sociedad consiste en proceso mecánico, montón de granos de trigo al azar yuxtapuestos; Europa en la que el hombre, desnudo de tradiciones, pasa por mero homo oeconomicus; una Europa que no quiere saber ya de gremios, sino de partidos políticos, múltiples en las democracias, único en los totalitarismos: Europa que ignora al hombre concreto de la Cristiandad y sólo sabe del hombre abstracto de la Revolución.

Francisco Elías de Tejada. tomado de Poder y libertad. Una visión desde el tradicionalismo hispánico. Colección De Regno

1 comentario:

  1. y al hombre abstracto le corresponde la falsa libertad del liberalismo: su falsa libertad política en la partitocracia/plutocrática; su falsa libertad económica en el capitalismo, su falsa libertad social en la dictadura del relativismo y la duda. Como ya dijo Vázquez de Mella:

    "la obra política de la Revolución francesa consistió principalmente en destruir toda aquella serie de organismos intermedios- patrimmonios familiares, gremios, universidades autónomas, municipios con bienes propios, administraciones regionales, el mismo patrimonio de la Iglesia-que como corporaciones protectoras se extendían entre el inividuo y el Estado (...) si hay un poder que asume toda la soberanía...¿que cosa es esto, variando los nombres, más que un bárbaro absolutismo"

    y al hombre concreto y real de la Tradición,,le corresponden las libertades reales, concretadas históricamente en los Fueros; como dijo también nuestro Vázquez de Mella:

    "España fue una federación de repúblicas democráticas en los municipios y aristocráticos, con aristocrácia social, en las regiones, levantadas sobre la monarquía natural de la familia y dirigidas por la monarquía política del Estado"

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