Editoriales

jueves, 4 de mayo de 2017

La modernidad, enemigo primario

¿Qué debe entenderse por modernidad?

La modernidad entendida axiológicamente, es sinónimo de subjetivismo: de palabra exalta al sujeto, aunque en realidad lo destruye. Decir que modernidad y subjetivismo son la misma cosa significa considerar que a) teóricamente se pretende hacer del pensamiento el fundamento del ser; b) gnoseológicamente se cree poder erigir la ciencia (entendida al modo positivista) como único método de conocimiento (en realidad pretende constituirse en dominio de una naturaleza que a menudo ignora); c) éticamente se identifica la moral con la costumbre (fruto de opciones “compartidas”) o, en algunos casos y opuestamente, con la decisión  personal; d) políticamente se reivindica el poder de crear el orden político (que, por tanto, se limita a sólo orden público) sobre bases absolutamente voluntaristas y e) jurídicamente se sostiene que la justicia es la decisión (efectiva) del más fuerte (pseudo-argumento de Trasimaco, que hacen suyo las doctrinas positivista y politológica del ordenamiento jurídico, que tantos contemporáneos comparten).

La modernidad disuelve al sujeto al convertirlo en un haz de pulsiones. El sujeto, así, no sería una realidad óntica irreductible, señora de las pulsiones, sino simple epifanía de éstas. Un fenómeno, pues. No sería el ens, inteligente y libre, dominus  de los propios actos, sino una entidad que sufre los propios impulsos y las propias pasiones.

Así pues, el sujeto sólo es exaltado aparentemente, incluso cuando se elogia su conciencia. En realidad el sujeto es para la modernidad una realidad sin alma y, por ello sin ley. De ahí que cuando ensalza la conciencia lo que hace es exaltar un poder ilimitado del individuo, que entiende es una facultad suya: la conciencia, así, no revela al hombre el orden impreso en su naturaleza, sino que lo produce. Poco importa que a ello concurra el individuo aislado o la sociedad en su conjunto. Lo que cuenta es el hecho de que el orden moral no existe en sí y por sí. Es siempre el resultado provisional y mutable o de la voluntad subjetiva o del conjunto de las condiciones económico-sociales (esto es, de un bloque histórico). La modernidad, que es el racionalismo hecho sistema, conduce coherentemente, por tanto, a Nietzsche y Marx. En otras palabras, la modernidad representa el intento de dominar la realidad, de plegarla a la voluntad humana. Es la esencia de la doctrina luciferina según la cual el hombre es como Dios, igual a Él, por tanto en la condición de poder desafiarlo y, sobre todo, de poder expulsarlo de la experiencia humana y de la historia.

2 comentarios:

  1. La modernidad conduce, lleva en sus genes intrínsecamente el laicismo y la secularización social, ese es su fundamento más evidente de su actuar histórico. De la modernidad han surgido todas las "ideologías" verdaderas recreaciones de la realidad de matriz subjetivista, que en su choque con la realidad, la naturaleza del hombre y el Orden natural no han producido sino violencia y destrucción.

    Liberalismo, marxismo, totalitarismo, fascismo, nazismo...son todas ellas ideologías de la modernidad, nacidas en su cauce y de sus principios filosóficos. Y el origen se encuentra en el luteranismo verdadero canto del gallo de la modernidad que rompió la relación naturaleza-Gracia, error teológico que se convirtió en error político y error económico en una sucesión letal en el desarrollo de la modernidad, en su etapa fuerte, entrando posteriormente en su etapa de "modernidad líquida", pensamiento débil y en el nihilismo de la post-modernidad disolvente. Todo ello en una lógica inexorable al haber destruidos los principios del Orden natural y de la sana filosofía iluminada por la Revelación. Con la Tradición.

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  2. Si el enemigo primario del movimiento político tradicionalista es la modernidad y el núcleo común en sus diversas manifestaciones políticas y ideológicas debería quedar desterrada de su doctrina, como enfoque errado, toda obsesión y práctica "anticomunista", propia de cierta derecha reduccionista (a cambio de disimular la coexistencia con el liberalismo, el conservadurismo y el capitalismo) o cierta obsesión "anti-islámica",propia de cierta derecha identitaria (a cambio de coexistencia con posturas paganas, laicistas etc). Y los ejemplos se podrían multiplicar. El reduccionismo y absolutización de enemigos produce la inserción dentro de los esquemas de la modernidad. Otra cosa es identificar los enemigos principales en una coyuntura concreta histórica, pero sin perder de vista el enemigo primario y final, bajo el riesgo de ser engullidos en el sistema y ser utilizados por el mismo. Cuidado, también el de escoger "aliados potenciales" en la lucha contra enemigos particulares de cada momento. Para luchar contra el separatismo no es de recibo aliarse con los centralistas más recalcitrantes, o para defender la familia aliarse con los capitalistas más entusiastas, o para frenar la islamización, cerrar filas con los laicistas más convencidos. Cuidado, cuidado, las alianzas pueden tener una consecuencia letal de confusionismo y solamente sería defendible desde una posición de absoluta preeminencia política.
    Un ejemplo clásico lo podríamos situar en el trasvase del tradicionalismo al conservadurismo en ciertas etapas históricas o al nacionalismo en otras.

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