Editoriales

sábado, 29 de enero de 2011

Los Principios no negociables: Dios, Patria y Rey.

Desde que algunos católicos han ido a engrosar las filas doctrinarias, parte por su culpa y parte por la guerra innoble y la lluvia de denuestros de los que estaban interesados en alejarlos del campo tradicionalista,...la gran fuerza social y política llamada comunión católico-monárquica se ve asediada por los tiros de estas banderías, que con sus continuas algaradas y escaramuzas distraen sus fuerzas para que no las emplee en luchar con la Revolución asoladora, que todo lo avasalla, sirviéndole así de avanzada a fin de que en la hora suprema quede para las huestes liberales el campo de batalla.

Y aunque separados por el procedimiento, y haciéndose la guerra como errores opuestos que son, ponen término a sus querellas, y acallan sus odios cuando se trata del enemigo común, y, como si formasen un solo partido y profesasen una misma doctrina, gritan unánimes que ya es hora de acabar con las batallas chicas y de reñir los grandes combates, por lo cual es necesario prescindir de legitimidades y formas de gobierno, que son cosas accidentales y transitorias, y encerrarse en el terreno puramente religioso, teniendo en cuenta que primero se debe buscar el reino de Dios y su justicia, porque todo lo demás se nos dará por añadidura.

Esta hipócrita celada en que han caído no pocos espíritus sencillos cegados por el misticismo y aparente generosidad en que va envuelta, redúcese, bien examinado el asunto, a despreciar, como enojosa impedimenta para el combate, el derecho y las tradiciones de los pueblos en que se pelea. Porque la legitimidad no es sólo el título de los poderes que se fundan en una ley histórica o en una costumbre, sino el sello augusto que les imprime la conformidad con la ley divina y el derecho nacional; y creer, por lo tanto, que la legitimidad es un mero litigio dinástico que únicamente se refiere al origen del mando o que es cosa tan baladí la rectitud de su ejercicio que acciones no intencionales bastan para borrarla, o que pueda ser retirada y concedida en nombre del criterio particular por conciliábulos de periodistas y aun por multitudes unánimes, es sencillamente relegar con jansenístico respeto la potestad de la Iglesia al lugar de las cosas inútiles, y sustituirla con la razón independiente de toda norma y autoridad que no se apoye en ella misma. En suma: que es profesar el principio racionalista, más la hipocresía, para mejor defender la verdad católica que condena ambas cosas.

Añádese a esto que la forma de Gobierno, cuando es secular, como en España, y ha sido, juntamente con la Iglesia, causa de la unidad nacional, y a la vez elemento, y en parte presión del espíritu y voluntad unánime de la cadena de generaciones en que tomó cuerpo la nación, es principio esencial de la constitución interna y cosa inherente a la patria, de la cual es tradición política fundamental. Querer, pues, que se prescinda de ella para mejor defender a la Iglesia, es pedir en buenos términos que se reniegue de la patria y se rechace su constitución secular, y hasta se reniegue de la historia y de la nación, que sin la Monarquía ni se comprende ni se explica.

Pero nótese que las tradiciones, como los derechos, están unidos por el vínculo común, y que, quien conculca o viola uno, indirectamente los hiere todos. Primero caería el Trono, después el Altar, y sólo quedaría en pie el orgullo racionalista convertido en ariete de la obra de los siglos.

¡El Derecho, la Monarquía y la Tradición nacional, cosas secundarias y accidentales! ¡Y que esto lo digan gentes que presumen de purísima fe religiosa! (...)

A esta extraña aberración ha conducido en algunos el afán de sincerar su conducta desatentada con la única comunión social y política de España sometida incondicionalmente al servicio de la Iglesia. ¡Como si a la Revolución se la combatiese mejor cediéndole parte del campo y oponiendo a sus negaciones rotundas afirmaciones incompletas!

Tal es, en suma, uno de los sofismas fundamentales con que las banderías separadas de la comunión tradicionalista fingen defender a la Iglesia haciendo guerra a aquellos de sus hijos que no creen que, para defender a sus madre, necesiten renunciar a los deberes que ella inculca y a las intituciones nacidas bajo su influencia y amamantadas en su seno (...)

Juan Vázquez de Mella. La persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado Ateo. Obras completas, volumen quinto.

jueves, 27 de enero de 2011

Salamanca tradicional...¡POR DON SIXTO ENRIQUE DE BORBÓN!

Frente a la Catedral Vieja, que de las dos catedrales de Salamanca es la más hermosa.
En la Plaza del Concilio de Trento, frente a la portada del Convento de San Esteban, de los Dominicos, en el que reposan los restos de Santo Domingo de Guzmán, Francisco de Vitoria, Diego de Deza, Domingo de Soto, Melchor Cano y el Gran Duque de Alba, entre otros. Y donde desarrolló parte de su vida San Vicente Ferrer, donde se discutió la Conquista de América y donde se asentaron algunas de las mentes más preclaras de la Segunda Escolástica o Escuela de Salamanca (como los ya citados Francisco de Vitoria, Melchor Cano, Diego de Deza o Domingo de Soto) algunos tan importantes para el Concilio de Trento.

martes, 25 de enero de 2011

Demócrata-cristianos (III): debilidad e ignorancia política.

El "centro político", gran sueño del demo-cristianismo, es una ilusión que puede mantener la sombra de una realidad sólo con tal de que la derecha y la izquierda se neutralizen el uno por el otro. Cuando el radicalismo de la derecha, el nazismo, se apoderó de Alemania en 1932, el partido demo-cristiano, el famoso Zentrum votó en el parlamento alemán, Das Reichstag, en favor de su propia desaparición. Cuando el radicalismo de la izquierda estaba aterrorizando España, las masas de Gil Robles ("¡Estos son mis poderes!") abandonaron la CEDA para incorporarse al Requeté, a la Falange, o al Ejército. Como tales demo-cristianos no lucharon. Los seguidores de Luigi Sturzo, fundador del partido demo-cristiano en Italia, eran incapaces de enfrentarse ni con el marxismo, ni con el fascismo. Como veremos más tarde, hoy en día en Italia, la crisis perpetua del partido demo-cristiano se debe a que una minoría tiende a desaparecer en la derecha liberal, mientras que una mayoría se inclina hacia el socialismo.

Presumiendo de ser un "centro", el demo-cristianismo tiene que darse cuenta de que cualquier "centro" tiene sentido solamente a la luz de sus extremos.Un "centro" político, como tal, carece de personalidad propia. Es un punto medio hecho posible por una oposición dentro de un cuadro aceptado por los dos polos de la oposición; concretamente, el cuadro de la lucha de los partidos. Si aquella lucha desapareciese, también desaparecería el "centro". Por todo esto, se puede ver fácilmente que el demo-cristianismo sólo tiene futuro hasta que la oposición entre derecha e izquierda haya desaparecido. La conclusión es inevitable para cualquier hombre que desee un orden social cristiano. El demo-cristianismo puede seguir existiendo sólo con tal de que un orden cristiano no tenga existencia real, sólo con tal que el caos de las derechas y de las izquierdas siga en pie. Lógicamente, el demo-cristianismo tendrá que desaparecer o en el liberalismo derechista, rechazando así su doctrina social católica, o en el socialismo, negando su catolicismo. Si quieren mantener su énfasis sobre la justicia social, así como su fidelidad a la fe, los demo-cristianos tienen que buscar no solamente una nueva doctrina política, sino un ambiente político igualmente nuevo, un ambiente que deje atrás el círculo vicioso de la lucha de los partidos producido por el liberalismo y su propia respuesta: el marxismo. No queda otra solución. Aunque aquí no queremos detenernos en un analisis de este ambiente nuevo, el lector puede ver claramente que tal ambiente se identificaría con la sociedad predicada por todos los Papas, desde León XIII hasta Juan XXIII, a través de sus encíclicas sociales, la sociedad defendida y afirmada por lo que aquí en España se llama, simplemente, la Tradición o el Carlismo y lo que se llama en todo el occidente la cristiandad clásica de nuestra herencia católica.

Federico D. Wilhelmsen. El problema de occidente y los cristianos

Ignorancia histórica
Ignorancia religiosa

sábado, 22 de enero de 2011

El conde Joseph de Maistre: profeta de la Contrarrevolución.

"La Contrarrevolución no será una revolución en sentido contrario, sino lo contrario de la Revolución. Es decir, el restablecimiento integral del Orden Cristiano".

El conde Joseph de Maistre ( 1753-1821 ) es el máximo teórico de la Contrarrevolución y denuncia proféticamente: "La Revolución ha conseguido hacerse amar por aquellos mismos de los cuales es su enemiga mortal".

Se alzó contra la "teofobia del pensamiento moderno". Puso a Dios en el centro de toda doctrina. En su obra "Consideraciones sobre Francia" removió las conciencias de quienes se conformaban con un pacto conservador.

Consideraba la Revolución Francesa un acontecimiento satánico por sus causas y sus efectos. Partidario de una monarquía hereditaria antiliberal, propuso al poder espiritual infalible del Papa para liderar la lucha contra la decadencia moderna de Occidente. El conde de Maistre denuncia a los que quieren pactar con la Revolución una falsa paz y una falsa restauración, comprendió la ceguera de los soberanos de Europa: "La Revolución quiere hacerse amar por aquellos mismos de quienes era su peor enemiga, y esa misma autoridad que la Revolución busca inmolar, la abraza estúpidamente antes de recibir el golpe fatal". La política restauradora post napoleónica no cortaba la cabeza de la bestia, no destruía las raíces de la subversión sino que imponía la revolución moderada a la radical. De Maistre fue leído y temido incluso por Napoleón que impuso su destierro. Muchos intelectuales franceses afirmaron que les enseñó a pensar. Otras obras: Veladas de San Petersburgo, Plan para un nuevo equilibrio de Europa y Sobre el Papa.

Sus enseñanzas pueden ser aplicadas ahora a quienes después de haber resistido a la Revolución quieren un pacto de falsa paz y orden o incluso se abrazan a los supuestos valores modernos condenados por los Papas antiliberales de forma clara y tajante.

Fray Jerónimo

Demócrata-cristianos (II): ignorancia religiosa.

El demo-cristianismo (...) También rechaza la realidad del orden sobrenatural o sacramental en el orden político. Manifiesta una doble personalidad, que admitiría lo sobrenatural en lo religioso y que negaría la presencia de esto en la vida política de la comunidad. Por lo tanto, se contentan con predicar una "cristianización" de la sociedad política que no convertiría a ésta en un orden políticamente católico (...) El demo-cristianismo, entonces, niega una sacramentalización de la sociedad, su conversión en un orden públicamente cristiano y católico. Por lo tanto, rechaza el poder del hombre redimido de sacramentalizar el mundo y elevar a un nivel sobrenatural todas las cosas que Dios ha creado.

Si un padre de familia puede bendecir el pan que comen sus hijos y así levantarlo a un orden nuevo; si un obrero puede ofrecer a Dios su trabajo diario y así hace que aquel trabajo participe en el misterio de la redención, también puede hacerlo el hombre en cuanto a sus instituciones políticas. Aunque los demo-cristianos no lo admitirían, su doctrina corresponde a la luterana, en cuanto a la gracia. Como ya hemos visto, Lutero negó que la gracia pudiera transformar la naturaleza humana. Según él, la gracia funciona como una capa que cubre los pecados del hombre. Ahora bien: los demo-cristianos predican una política capaz de ser cubierta por la fe de los hombres y capaz de ser dirigida por cristianos, pero no capaz de ser transfigurada y, por lo tanto, sacramentalizada. Las instituciones pueden cristianizarse, pero nunca pueden ser cristianas. Sugerimos que esta doctrina sea una contradicción y aun una contradicción ridícula y casí cómoda. ¡Es una contradicción porque una institución cristianizada ya ha llegado a ser cristiana! ¡Es una contradicción ridícula porque supone que un hombre pueda fingir que una institución cristiana no lo sea! ¡Es una comedia porque exige que el hombre no vea lo que ya ha visto, sin negar que lo que ha visto lo ha visto de verdad!

Aquí yace una clave enorme para entender la diferencia entre el demo-cristianismo y la tradición occidental cristiana. Para aquél, la Encarnación se aplica solamente a los hombres y nunca a sus instituciones, como si la estructura humana pudiera arrancarse de las relaciones sociales que le pertenecen íntegramente. Aquí tropezamos con una teología muy defectuosa de la Encarnación: una falta de verla en toda la grandeza de su marcha a través de la historia. La Encarnación- según San Pablo y toda la tradición católica- se aplica a toda la creación y esto incluye a la comunidad política también. Todas las cosas encuentran y participan en la Redención de Nuestro Señor. De una manera análoga, esta doctrina religiosa emparenta con la estructura psicológica del hombre que busca, como ya hemos dicho, una unión, una síntesis de toda la realidad, de todo lo que entra dentro del ritmo de la existencia humana. En conclusión, el demo-cristianismo, simplemente, no encaja dentro de lo que conocemos del hombre cristiano. Nunca diríamos que los demo-cristianos son herejes; tal juicio pertenece solamente a la Iglesia, y la caridad cristiana prohibe que una voz no autorizada acuse a otro católico de ser un hereje. Pero lo que sí decimos es que los demo-cristianos tienen una visión muy restringida y tímida de la economía de la Redención. Son hombres que, simplemente, no han experimentado interiormente la belleza y la gloria de nuestra herencia católica en cuanto al orden político-social. Son pusilánimes.

Federico D. Wilhelmsen. El problema de occidente y los cristianos

Democracia cristiana: Ignorancia política

miércoles, 19 de enero de 2011

Lo que no saben los demócrata-cristianos (I): ignorancia histórica.

(...) Quieren curar las heridas que debilitan nuestra civilización, pero no pueden hacer viable su deseo porque el demo-cristianismo no es ni más ni menos que un acto de ignorancia histórica. La verdad es, simplemente, que los demo-cristianos no saben lo que ha ocurrido en Europa y, sobre todo, aquí en España durante el útlimo siglo y medio.

No saben que el liberalismo nació como un levantamiento de los ricos contra los pobres . No saben que el liberalismo echó raíces en España a costa de un mar de sangre y gracias a las bayonetas y el dinero de potencias extranjeras. No saben que el masón de Mendizábal, con su famosa ley de desamortización, literalmente robó a la Iglesia sus bienes , y así defraudó al pueblo español de lo que desde entonces se conocía como "el patrimonio de los pobres". No saben que se hizo este robo sin consultar al pueblo, que había donado tesoros y tierras de un valor inmenso durante siglos de piedad católica, a la Iglesia; un caudal administrado por la misma Iglesia en beneficio de toda la patria. La venta forzada de las tierras de la Iglesia creó una nueva clase, cuya existencia dependía de la perpetuación de este latrocinio enorme. Una sociedad de nuevos ricos se levantó por encima del cuerpo de España para apoderarse de su destino tan trágico como angustiado. Tampoco saben los demo-cristianos de hoy que esta misma clase despojó a las provincias de sus antiguas constituciones y suprimió las cortes, reduciendo así todo lo que no era Madrid a la esclavitud. Las provincias se marchitaron y se redujeron a unas entidades administrativas, mudas y sin personalidad propia. Ignoran nuestros hermanos, los demo-cristianos, que el liberalismo ni siquiera respetó la universidad, cuya antigua libertad se convirtió en una burocracia más y cuyos catedráticos se redujeron a funcionarios del Estado. No saben que esta misma clase de ricos liberales suprimieron los gremios y así despojaron a los obreros no solamente de todo instrumento de defensa de sus intereses y derechos, sino también de su dignidad personal. Tampoco saben los demo-cristianos que el sistema de partidos fue una máscara detrás de la cual trabajaba un puñado de hombres en la sombra para hacerse dueños de España. No saben que la dinastía de Isabel II, cuyo heredero hoy en día es Don Juan de Borbón, era nada más que un títere, una fila de cifras coronadas, adoradas e incensadas. También ignoran que los levantamientos carlistas tuvieron , como su bandera, las libertades y la religión del pueblo español.

El demo-cristianismo predica la justicia social, y todo el mundo debe aplaudir y ayudar en esta tarea tan noble; pero esta justicia social no puede realizarse a través del mismo mundo y el mismo sistema político y social que la aplastó el siglo pasado y que hizo posible las reacciones socialistas y marxistas (...) Así, el demo-cristianismo contiene dentro de su seno las semillas de su propia destrucción. Por haber aceptado el Estado centralizado establecido por el liberalismo y por haber entrado con gusto en el juego político de los partidos que hacen las veces de una sociedad estructuralmente cristiana...

Federico D. Wilhelmsen. El problema de occidente y los cristianos

lunes, 10 de enero de 2011

Carlismo y Tradicionalismo.

(Francisco Canals Vidal)

(...)Por esto mismo un pensamiento tradicionalista sería incompleto, mutilado en el más estricto sentido del término, si no alcanzase a decisiones fundadas en juicios concretos sobre la vida histórica y actual de la sociedad.

En España un tradicionalista que se definiese temática e intencionadamente como no carlista sería comparable a un irlandés que a finales del siglo XVII se hubiese definido como amante de su patria y católico romano pero "orangista". Esta actitud evidentemente le hubiese permitido la conservación de sus propiedades y cargos; pero es obvio que no hubiese sido conducente para la perseverancia de su nación en la fe católica y en su autenticidad irlandesa.

Un "carlista" que se profesase "no tradicionalista" sería por su parte comparable a un irlandés "jacobita" protestante. Los "jacobitas" protestantes, en ninguno de los países que vendrían a formar el Reino Unido, tuvieron eficacia de ninguna clase.

Hemos querido aludir a estos ejemplos históricos para hacer intuible en lo concreto y singular lo que queremos decir, y sobre lo que convendrá reiteradamente volver: un tradicionalismo español sin carlismo se mueve en el orden de una consideración de la esencia sin la existencia, por afán de huir de lo concreto y singular.

Pertenece así un "tradicionalismo" al orden del saber especulativo-práctico, y no al de la vida política. Pero lo activo y eficiente no es la esencia ni el saber de la esencia sino el ser de las cosas, lo que olvida el racionalismo político. Aunque tal vez, este tradicionalismo de principios y de esencias es precisamente, en el plano concreto y político, no ya un racionalismo, sino una desfiguración y traición enervadora.

"Tradicionalismo" de suyo significa la esencia y contenido del hecho carlista. "Carlismo" menciona la lucha española por la tradición en su concreción histórica y social. Un carlismo no tradicional es, por lo mismo, un hecho sin sentido. Un tradicionalismo español indiferente al carlismo, es un sentido sin hecho. Un sistema de conceptos sin la fuerza y la eficiencia de lo que es.

Francisco Canals Vidal. tomado de "Política Española: Pasado y Futuro"