Editoriales

viernes, 15 de abril de 2011

El Estado no es la Nación

Entre las numerosas razones de agravio que el fervoroso ibero –por su aspecto y por ethos digo- Sabino Arana acumuló, y con bastante razón, contra la torpe maquinaria estatal que regida desde Madrid por Cánovas, aniquiló las libertades forales vizcaínas, pensando que con ellas se destruía también el carlismo y con el carlismo la única posibilidad de una política nacional-proteccionista vetada de antiguo por la Embajada inglesa, no hubiera encontrado el otrora carlista vizcaíno –si con mínima atención hubiera considerado el asunto- una sola, en estricta justicia, en demérito de la Nación española de la cual obviamente él mismo formaba parte por aspecto, solar y apellido.

En efecto, el espantoso quid pro quo sabiniano de confundir Nación con Estado, lo cual, y sin exigirle un conocimiento mediano de los rudimentos del tema sobradamente consabidos para la época –Gerber o Laband al fondo con la ya clásica contraposición de Kuhn-, difícil hoy de imaginar en un alumno de segundo curso de Derecho, acarreó que la ira –justa ira para cualquier carlista de la Península, de Gerona a Cádiz o de Vigo a Murcia- que no en menos justa relación de causa y efecto debiera haberse descargado –literalmente hablando quiérese decir- sobre el Estado madrileño liberal manejado por Cánovas, descargó , mitad por ignorancia, mitad por usual masoquismo hispánico perceptible en todo tiempo de decadencia, en la parte más inocente del tema, es decir en la Nación , la Nación que, en masa, había tomado el partido fuerista; y digo la Nación por ser sus elementos “de arraigo” los que eligieron el bando carlista, de los Pirineos a Cádiz.

Con asomarse a cualquier contemporáneo de este falaz encadenamiento de la nación española por el Estado liberal madrileño, como ejemplo Henningsen, directísimo participante en el drama a las órdenes de Zumalacárregui, comprobaríamos que quienes forman el bando carlista son, y él los está viendo a diario combatir en su propio escuadrón, “los campesinos que son todos carlistas y forman la gran masa del pueblo, los únicos que han retenido el sello del carácter español y quienes, cuando se les excita, todavía muestran destellos de su antiguo espíritu independiente y enérgico!” Son los campesinos, el pueblo de toda España –los curas de pueblo, los hidalgos del pueblo –quienes se oponen a las clases opresoras urbanas que, potenciadas por el Estado liberal, amenazan sus libertades. Libertades concretas que los separaban de la miseria contractual ya en gestación desde “los nuevos opresores” liberales raptores del Estado madrileño.

¿Y no son estos elementos los significantes del concepto de nación –la sangre y el suelo de la misma- quienes pelearon en el bando carlista para que los vascongados y navarros no perdieran –o recobrarán en el caso- sus libertades forales amenazadas o recortadas por el Estado –repito, por el Estado- en manos del bando liberal?

¿Quién componía el núcleo de tropas selectas de Zumalacárregui, en la primera guerra, sino “los castellanos” evadidos o reluctantes al Ejército estatal? ¿Qué bando conservó la vieja bandera con el aspa borgoñona que desde la época del César ondeaba sobre el Ejército real? ¡Quien que lea las inmortales páginas de Unamuno con su admiración hacia el heroísmo sin esperanza de los últimos batallones castellanos que escoltaron a don Carlos hasta el Pirineo, en la postrera arenga del Pretendiente en tierra española, no capta esta profunda cisura entre la nación que defendía sus fueros (los de una parte de ella misma que aún vivían) frente al Estado madrileño liberal que aspiraba a extinguirlos!

No, no fue la nación, no, quien asesinó las libertades forales vizcaínas como parece, o intenta, creer Arana, sino al contrario, quien luchó –como pudo y supo, con mejor o peor acierto, con indudable arrojo en todo caso –por defenderlas o restaurarlas. ¿Pues no fue en la guerra civil última –y maguer última de verdad- el lema de los fueros inalterables leitmotiv (junto con el de Patria y Dios, mas no tratamos ahora de ello) de la muy considerable y valerosa masa carlista combatiente? (…)

El Estado que Bonaparte tan fácilmente desarboló, creyendo envolver en su rapto el de la Nación, no involucró a ésta, por fortuna, y los cálculos corsarios resultaron fallidos. Paralelamente, “lo liberales” que secuestraron el aparato del Estado dinástico radicado en Madrid, en el tardo crepúsculo de Fernando VII, no lograron envolver en su taimada maniobra las fuertes, antiguas, raíces de la nación que, tuetánicamente, rechazaron la amenaza de la burguesía centralista adviniente y de la despiadada “sociedad civil” que traía consigo. La del contrato y la desamortización (…)

Manuel Fernández de Escalante (Universidad de Valladolid). Extracto de “El Estado no es la Nación, por fortuna. (Rectificación al segundo Arana)”, en “Francisco Elías de Tejada y Spinola. Figura y pensamiento”.

La Nación, la voluntad nacional y las tradiciones fundamentales

2 comentarios:

  1. Cuando la Patria no es el recinto de los templos y las tumbas, sino una suma de intereses, el patriotismo deshonra.
    - Nicolás Gómez Dávila

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  2. TRADITIO S21.

    La patria es donde está el Templo, donde yace la tumba, donde se unen los intereses basados en los Principios y Valores Superiores...Donde la persona se enraiza y obtiene su sustento para él, su familia... Donde se une unos y otros y se relacionan social, comunal, emocional y culturalmente... Eso y mas es la Patria... cuando eso no hay, tenemos el país como escenario y paisaje de nuestras aventuras diarias

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