Intervención del Prof. José Miguel Gambra, Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista, en las II Jornadas de Catolicismo de la UCM. 4 mayo 2017
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viernes, 19 de mayo de 2017
jueves, 12 de abril de 2012
La tentación del "comunitarismo" ante el caos social (II)

El último error, que deseo resaltar, nace de lo que podría describirse como la disolución del deber patriótico entre los católicos. Según mi interpretación ese deber se extiende a todas las sociedades a que pertenecemos, y culmina en la más elevada de esas sociedades, cuyo gobierno tenga poder real, legítimo o no, sobre nosotros. Tenemos respecto de esas sociedades la obligación ordinaria de contribuir al verdadero bien común y el deber accidental de atender a sus necesidades extraordinarias. En nuestro caso, eso se concreta, a mi parecer, en el deber extraordinario de enfrentarnos, por los medios que tengamos a nuestro alcance y con la debida prudencia, a esos gobiernos, regionales, nacionales o supranacionales ilegítimos que están sobre nosotros. Tenemos que oponernos a ellos, con no menos entusiasmo que a un enemigo exterior, que hostigara o conquistara nuestra patria desde fuera.
Sin embargo, vemos hoy que el deber patriótico no sólo no es cumplido por los católicos, sino que niegan tenerlo. Dos errores distintos han contribuido, según entiendo, a que la mayor parte de los católicos no perciban la obligación patriótica extraordinaria de enfrentarse a esos enemigos interiores, que apartan a nuestra sociedad del fin al que debe dirigirse. La primera procede del contagio modernista que padecen las autoridades eclesiásticas, y de la consiguiente doctrina sobre la independencia del orden temporal respecto del espiritual. La sesgada interpretación maritainiana de la separación de poderes, admitida por muchas jerarquías eclesiásticas; el decidido apoyo teórico de estas últimas a la democracia; su posterior negativa a enmendarse ante los desastrosos resultados de esa enseñanza; el recurso a enmascarar la misma postura con la vacía retórica de la laicidad positiva; todo eso ha vaciado de huestes cualquier organización que pretenda cumplir con el deber patriótico. Y así, cuando, entre los católicos, cunde la alarma por el futuro de nuestra patria, la única reacción que se ha dado, de manera común, ha sido votar al PP, con gran satisfacción por parte de los mejores obispos.
Pero, aún hay otra postura, a mi entender errada y poco denunciada, que no se da ya entre los seguidores del progresismo eclesiástico, más o menos virulento, sino entre los mismos tradicionalistas. Ese error se produce por creer que la patria se extiende sólo hasta donde llega, de hecho, la comunidad de fines conforme a la doctrina cristiana. Me explico: para algunos sólo pertenecemos a la comunidad de quienes admitimos las doctrinas tradicionalistas y, por ello, tratan de vivir en el seno de las pequeñas sociedades tradicionalistas, con la sana intención de preservarse a sí mismos, y a sus familiares, del contagio del mundo hostil al cristianismo en que vivimos. Están dispuestos a emigrar, si las cosas se ponen feas en España, y sólo pretenden del resto de sus semejantes, definitivamente perdidos a sus ojos, que respeten su comunidad, sin considerarse obligados, en modo alguno, a defender la sociedad en que hemos nacido. En otras palabras, hay numerosos tradicionalistas que vienen a mantener, en la práctica y sin saberlo, la doctrina del comunitarismo, que es, a la postre, una forma de liberalismo bastante cómoda. No deben olvidar, sin embargo, que quien quiere salvar su alma la perderá.
Es maravilla ver cómo muchos católicos puntillosos, incapaces de matar una mosca o robar un céntimo, fieles cumplidores de sus deberes de estado y de sus deberes religiosos, no mueven un dedo, no dan un euro, no se molestan en lo más mínimo por la patria, en estas horas negras por las que atraviesa; con lo cual cometen, a mi juicio, un pecado de omisión semejante al de abandonar a los padres en los momentos de necesidad. Peor incluso, según muchos, porque, como dice Aristóteles, “la ciudad es anterior por naturaleza a la familia y a cada uno de nosotros”
José Miguel Gambra. El patriotismo clásico en la actualidad
jueves, 1 de abril de 2010
¿Una excomunión selectiva?

Semejante concepción no sólo contradice la enseñanza multisecular de la Iglesia, sino que es además irrealizable. Como toda sociedad fundada en la soberanía popular acaba por entrar en conflicto con las doctrinas de la Iglesia, a ésta, privada por propia voluntad de cualquier apoyo político directo, sólo le queda enzarzarse en actuaciones indirectas y taimadas, de resultado contraproducente, porque escandalizan a los fieles, sin llegar a modificar la actuación gubernamental.
En apariencia la Conferencia Episcopal no ha hecho sino cumplir con su deber, cuando ha señalado que los católicos no puede ni aprobar, ni dar su voto, a la nueva ley del aborto y que “deben recordar que si lo hacen, se ponen a sí mismos públicamente en una situación objetiva de pecado y, mientras dure esta situación, no podrán ser admitidos a la Sagrada Comunión”. Sin embargo, tan benemérita declaración ha quedado empañada por los elementos de arbitrariedad y ambigüedad que contiene.
El primero y más evidente se refiere a quiénes se ven afectados por ella y, en especial, a si el residente de la Zarzuela, D. Juan Carlos, cae o no bajo esa sentencia al sancionar esa ley. Cualquiera sospecharía que la respuesta a tal pregunta debe ser afirmativa, sospecha que ha sido corroborada por eminentes eclesiásticos, como Mons. Roig Plá y, más claramente, por Mons. Barreiro, Director de la Oficina en Roma de Human Life International: “Estamos convencido –dice– que Juan Carlos de Borbón ha incurrido en una excomunión latae sententiae, debido a que su decisión traerá como consecuencia directa un grave e inmoral aumento del aborto”.
El primero y más evidente se refiere a quiénes se ven afectados por ella y, en especial, a si el residente de la Zarzuela, D. Juan Carlos, cae o no bajo esa sentencia al sancionar esa ley. Cualquiera sospecharía que la respuesta a tal pregunta debe ser afirmativa, sospecha que ha sido corroborada por eminentes eclesiásticos, como Mons. Roig Plá y, más claramente, por Mons. Barreiro, Director de la Oficina en Roma de Human Life International: “Estamos convencido –dice– que Juan Carlos de Borbón ha incurrido en una excomunión latae sententiae, debido a que su decisión traerá como consecuencia directa un grave e inmoral aumento del aborto”.
Sin embargo, el portavoz de la Conferencia Episcopal, Mons. Martínez Camino, atosigado por lo periodistas, hizo una declaración contraria a la de Mons. Barreiro, aduciendo razones ininteligibles. La verdad es que uno no sabe si los periodistas entendieron bien cuando le atribuyeron enormidades como la de justificar que D. Juan Carlos es una excepción porque “su caso es único, con una moral distinta”. De todos modos, en la confusa palabrería del portavoz, quedó claro que la CEE no extiende su declaración de excomunión hasta D. Juan Carlos.
Lo extraño es que Martínez Camino no haya querido salir airoso del trance, diciendo algo tan obvio como que los obispos no tienen jurisdicción en ese caso, pues según el Código actual de Derecho Canónico, “es derecho exclusivo del Romano Pontífice juzgar en las causas acerca de quienes ejercen la autoridad suprema de un Estado” ( c.1405 § 1 y c. 401). ¿Por qué no lo hizo? Sólo se me ocurre una respuesta: si lo hubiera hecho, la CEE se habría visto obligada a solicitar de la Santa Sede que examinara el caso, con lo cual se hubiera enfrentado, por una parte, a la Constitución, que no prevé la posibilidad de que D. Juan Carlos no sancione las leyes parlamentarias, y, por otra, al régimen democrático, que no reconoce autoridad alguna a la Iglesia para influir sobre la legislación. Pero la CEE no está dispuesta a abandonar su decidido apoyo a la democracia y a la Constitución.
La segunda cuestión que plantea esta exclusión de la comunión atañe a su limitación a quienes han votado la última ley del aborto. Parece que esa excomunión ya debería haberse fulminado con motivo de la anterior ley del aborto y de leyes como la de la píldora abortiva “del día después”, y no sólo sobre los que las votaron, sino también sobre quienes no las abrogaron cuando tuvieron en el poder. ¿Qué explicación tiene esto? Sólo se me viene a las mientes que la CEE ha querido que la sentencia recaiga exclusivamente sobre los políticos del PSOE y de los partidos que le apoyan en esta legislatura, exonerando a quienes, desde el PP, han colaborado, por acción u omisión, con la legislación abortista.
Es difícil que nos quiten la impresión de que la Conferencia Episcopal, empeñada en mantener su apoyo al sistema constitucional, pero privada por sus prejuicios liberales de cualquier influencia directa sobre la cosa política, ha recurrido al astuto procedimiento de lanzar anatemas selectivos para favorecer al partido de la oposición, en detrimento del partido gobernante, cuyo laicismo militante ha terminado por desatar su irritación. Si esta interpretación responde a los hechos, prefiero dejar al juicio de otros su calificación moral; si es errónea y hay otra explicación, sólo cabe exigir una “explicación extensísima y detalladísima”, como ya indicó Manuel de Santa Cruz en el número anterior de Siempre p’alante.
sábado, 6 de marzo de 2010
Mensaje del Jefe Delegado de la COMUNIÓN TRADICIONALISTA.

Estimado amigo:
Recientemente he sido nombrado Jefe Delegado de la Comunión Tradicionalista. Desearía, en semejante tesitura, ponerme a tu disposición para cuanto redunde en beneficio de nuestra causa que, como sabrás, se resume en el lema Dios, Patria, Fueros y Rey. Como esa causa resulta, para muchos, desconocida y, cuando se conoce, es frecuente tener de ella una visión distorsionada, quisiera aprovechar esta ocasión para hacerte unas breves consideraciones.
Pocas doctrinas políticas habrán sido tan denostadas como el carlismo, en los tiempos que corren. Muchos no ven en él más que una supervivencia atávica de recuerdos obsoletos, cuando no lo identifican con meras cuestiones de preferencias dinástica; otros, fieles a los manuales de la historia oficial, lo confunden con una caricatura del absolutismo derrocado por el liberalismo y la democracia. No faltan los que mezclan el carlismo con los orígenes del separatismo, ni quienes lo asimilan a doctrinas fascistas, más o menos pasadas por agua; y los hay -o ha habido- que se dicen carlistas por socialistas autogestionarios o porque confunden el carlismo con cierto clericalismo, de larvadas inclinaciones demócrata-cristianas.
Denostado por tantos y de manera tan contradictoria, ¿no se te ha ocurrido pensar que, precisamente por ello, el carlismo tiene virtudes insoportables para nuestra decadente sociedad? Amañado por tantos otros, y en direcciones tan dispares ¿no te sugiere eso que la doctrina carlista oculta tesoros de sabiduría, de prestigio y arraigo social que merecen ser instrumentalizadas? Y es que el pensamiento carlista no coincide con ninguna de esas doctrinas que vulgarmente se le achacan, aunque de todas tenga un poco.
El carlismo no es fruto de una invención transeúnte de una escuela filosófica, que la haya elaborado para resolver los problemas sociales o políticos de un momento dado. Al contrario, es el resultado de toda la sabiduría política, recogida y depurada por el cristianismo a lo largo de muchos siglos. Sabiduría ya presente en filósofos paganos, como Aristóteles, decantada y perfeccionada por los padres de la Iglesia , como San Agustín, por filósofos, como Santo Tomás y los grandes pensadores de la escolástica española. Decaída y medio olvidada, tras las necedades prerrevolucionarias del s. XVIII y las subsiguientes perversidades revolucionarias, fue lentamente reconstruida y acomodada a las nuevas circunstancias por los pensadores tradicionalistas españoles, en perfecta consonancia con las encíclicas pontificias del s. XIX y principios del s. XX. En otras palabras, el pensamiento carlista no es sino la que se llamaba “doctrina social de la Iglesia ”, hasta los tiempos en que casi ha logrado destruirla el modernismo eclesiástico. Doctrina social universal e imperecedera, de la que el carlismo constituye su aplicación a las costumbres y tradiciones de nuestra patria, y que sólo la dinastía carlista ha mantenido incólume hasta hoy, sin tolerar en sus miembros que la legitimidad de origen prevalezca sobre la de ejercicio.
Esta egregia doctrina -dije antes- algo tiene de cuanto le achacan. ¿Absolutista? Algo, pero bien escaso, porque no admite ni la intromisión del poder real en las prerrogativas eclesiásticas, ni forma alguna de despotismo; pero sí reconoce al REY un ámbito de poder exclusivo, limitado, sin embargo, por el poder de las sociedades inferiores y sometido a los dictados de la ley natural y de la Iglesia. ¿Separatista? No en cuanto proponga secesión alguna, pero sí en cuanto reconoce, frente al uniformismo racionalista, las peculiaridades de los reinos, regiones y municipios, cuyos FUEROS debe jurar el rey legítimo. ¿Socialista? No, desde luego porque defienda forma alguna de totalitarismo, pero sí es lo que Mella llamaba “sociedalista”: más sociedad y menos estado. ¿Fascista? Misma respuesta en lo que al estatismo se refiere, pero además coincide con él en su declarado amor a nuestra PATRIA, sin necesidad de divinizarla o hipostatizarla, como hace algún falangismo. Más aún, el carlismo comulga con los anteriores en el odio al capitalismo, nacido de la destrucción de los estamentos del antiguo régimen y fuente de innumerables males e injusticias, contra el cual propone no una revolución, sino una restauración ¿Demócrata cristiano? Católico, sin duda; demócrata también, pero no a la manera en que estamos acostumbrados, con elecciones de partidos obsequiosos en los programas y tiránicos en el poder, sino a la manera de las cortes, cuyos miembros son elegidos por estamentos, entre personas conocidas que, a modo de compromisarios, defienden los intereses de municipios, gremios, regiones y reinos, y no los del partido.
Algo de cada cosa tiene, pero no es un amasijo ecléctico de todo ello. Al contrario, son esas doctrinas, erradas por parciales y desmesuradas, las que, desgajadas del tronco lleno de savia y vitalidad del pensamiento social clásico, se han convertido en nocivas ramas muertas, sólo de lejos parecidas a las del árbol. El todo de esta doctrina es infinitamente superior a la suma de sus partes, pues cada pieza se unifica con las otras y se vivifica porque todas han de tender al bien común de la sociedad y, en última instancia, al bien común del hombre que sólo en DIOS reside.
De suyo esta doctrina es imperecedera, porque hunde sus raíces en la naturaleza social del hombre y ha sido refrendada por el magisterio eclesiástico, que no puede cambiar ni corromperse. Pero sí puede desdibujarse en la conciencia humana y desaparecer por completo en una sociedad. El carlismo, derrotado en tres guerras mantuvo, sin embargo, una admirable vitalidad. Paradójicamente, tras su victoria en la Cruzada del 36, su situación ha terminado por serle mucho más desfavorable, en parte por el maltrato que sufrió durante el régimen franquista, pero, sobre todo, por la defección de los eclesiásticos progresistas que, desde la década de los sesenta, han desautorizado sistemáticamente la concepción del estado confesional, han propugnado la libertad de cultos y han tergiversado la doctrina de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo. Ante este desconcertante hecho, que atenta contra el principio fundamental en que confluye todo el pensamiento social de la Iglesia y del tradicionalismo, cada carlista tiró hacia donde se le ocurrió y surgieron así esos absurdos “carlismos” socialistas, separatistas o demócrata-cristianos de que antes hablé.
Hoy, sólo la Comunión Tradicionalista , con su Abanderado, D. Sixto Enrique de Borbón, al frente, mantiene en su integridad la doctrina carlista; sólo desde sus filas se estudia y se propaga, sin rehuir la acción política. De unos años a esta parte, su reduplicada actividad se ha plasmado en innumerables actuaciones de las que hallarás un elenco en la hoja adjunta. También podrás informarte de nuestras próximas convocatorias, empezando por la misa que se celebrará el próximo 10 de marzo, en la festividad de los Mártires de la Tradición.
Te ofrezco estas simples consideraciones para invitarte a que te unas a nosotros. La Comunión Tradicionalista necesita apoyo, trabajo y todo tipo de ayudas. Y la necesita tanto como a ella la necesitas tú, católico que asqueado tiras al suelo el periódico y estragado apagas el televisor cuando dan las noticias. Porque somos naturalmente sociables y no podemos mantenernos en la verdadera doctrina ni a solas, ni con el solo apoyo del entorno familiar.
Atentamente:
José Miguel Gambra
domingo, 16 de agosto de 2009
Educación y juventud del Sistema

Excelencia educativa
"¿Hijo, qué quieres ser de
mayor? Pues... hijo, papá". Así ironizaba sobre su vástago un camarero
entrado en años que hablaba, hace unos días, con su compañero mientras servía
la barra. "Ahora --prosiguió-- 'me se' va con la novia diez días a
Mallorca. ¡Cómo viven estos chicos!"
Estos chicos, sin privarse de
ningún placer adulto, prolongan indefinidamente la dependencia de sus padres y
se gastan lo que ganan en coches, ordenadores, cadenas de música y diversiones.
Estos chicos siguen con juegos de niños hasta los dieciocho años y, hasta los
treinta, se pasan buena parte del día entretenidos con Internet y con la
televisión. A los treinta y cinco, siguiendo el modelo de la serie Friends,
tienen todavía pandillas. "Son mis amigos, por encima de todas las cosas",
dice una famosa cancioncilla, con dejes de blasfemia. Y a los cuarenta,
empiezan a plantearse el futuro, ante el probable óbito de sus progenitores: se
compran un piso de una sola habitación, y todo lo demás sigue igual.
Estos chicos --y no tan chicos--
se divierten, y mucho, cosa que no tiene nada de nuevo. Lo nuevo es que, cuando
pierden su tiempo en juergas y pasatiempos, no hacen, como en otro tiempo, algo
de más, sino algo de menos. Se juntan, se aman, ven películas, oyen música, se
emborrachan o fuman hachís como con desgana y aburrimiento. No lo hacen porque
les desborde la fuerza vital de sus pasiones, sino porque les falta fuerza para
pensar. Estos chicos ni siquiera son transgresores de normas y costumbres,
porque la única norma que conocen es que no hay normas, lo único que creen es
que nada es digno de crédito, de lo único que están convencidos es de que nada
es verdad. Es decir, estos chicos son escépticos, pero no por exceso de
crítica, sino por ausencia de pensamiento. En argot: son pasotas.
Estamos hechos para pensar, esto
es, para conocer la realidad, que nos asalta con preguntas y evidencias
intranquilizadoras. Pero pensar es doloroso, los datos son molestos y la
realidad verdaderamente latosa. Por eso, hace falta mucho instrumento de diversión,
mucha conexión con amigos por Internet, mucha repetición de máximas televisivas
y, cuando esto no basta, mucho alcohol o suficiente droga para no pensar. Es
necesario todo eso en grandes dosis para responder, siempre que se presenta un
problema moral, político y religioso: "eso depende", "cada uno
ve las cosas a su manera" o "yo paso de esos malos rollos, tío".
Estos chicos ¿de dónde han
salido? De nuestro sistema de educación estatal. Lentamente, a base de
sucesivos empujones y codazos el Estado Español, ese gran culpable, ha ido
arrinconando la educación religiosa y familiar hasta monopolizar, más, mucho
más que en otros países, la educación. Desde los ideales ilustrados contra el
analfabetismo, hasta los planes de Villar Palasí, las Logses, las Loes, las
Lous y todo ESO, pasando por estatismo educativo de Franco (que, por cierto,
las jerarquías eclesiásticas admitieron sin chistar), la maquinaria estatal no
ha hecho más que engullir todo el control de la enseñanza. Controla la edad de
ingresar obligatoriamente en la educación, su duración y contenidos; controla
que los listos no destaquen (por eso no pueden aprender a leer antes de los
cinco años) y que los otros no se retrasen y, por ello, se les pasa de curso,
hayan aprobado o no. Controla la ideología y los métodos de enseñanza, los
castigos, los manuales, los exámenes y la preparación de los profesores.
Controla el tamaño de los colegios, el de las aulas, el número de cursos y de
alumnos por clase, de metros de patio, de gimnasio y de horas de clase, y de
todo cuanto se les pueda ocurrir. Controla todo menos lo que debiera, a saber,
que no haya bachilleres que no sepan escribir y que no haya profesionales
incapaces en las carreras puramente civiles.
Las instituciones educativas se
han convertido en grandes establos, de régimen cerrado en el caso de colegios e
institutos, de régimen abierto en el caso de las universidades. Su fin ya no es
educar, es decir, hacer hombres de bien capaces de enjuiciar cualquier asunto,
como decía Aristóteles, sino mantener fuera de las calles a los alumnos y
"socializarles", es decir, adoctrinarles en el relativismo
democrático e igualar a todos en la ignorancia. No hablaré de las humillaciones
que sufren los profesores. En breve tendrán que dar clase detrás de una urna de
cristal acorazado y el orden será mantenido por la policía, como ya va a
suceder en Francia. De los conocimientos sólo contaré que en 2º de
Bachillerato, justo antes de entrar en la universidad, pregunté quien era
anterior, Carlomagno o Alejandro Magno ¡y ninguno lo supo en toda una clase!.
Dado tan clamoroso fracaso
¿facilita el estado la educación privada o la educación eclesiástica? Nada de
eso. Ni hace, ni deja hacer. No permite la enseñanza en casa. Para fundar un
colegio no concertado, hay que empezar por poner alrededor de ocho millones de
euros sobre la mesa. No digamos para una universidad. En Francia, cuna del
estatismo educativo, los alumnos pueden estudiar a distancia y basta con una
casa, y poco más, para hacer un colegio. He conocido una universidad
tradicionalista en París, que expide títulos reconocidos por la Sorbona, y
cuyos locales se reducen a dos o tres pisos de un edificio. Aquí no: la
constitución declara la libertad de enseñanza, pero el estado pone tales
exigencias materiales para que se establezca un colegio o una universidad, que
ninguna asociación que no sea muy poderosa puede ni siquiera planteárselo.
Los informes Pisa, los de la OCDE
y de otros organismos internacionales, han puesto recientemente en la picota el
sistema educativo español como uno de los que están a la cola de los países
desarrollados. Algunos, desde la perspectiva del estado de derecho democrático
se han llevado las manos a la cabeza. Por ejemplo Pérez-Reverte, con la
delicadeza que le caracteriza, ha puesto de vuelta y media a Zapatero (al cual
llama imbécil) y a sus ministros y ministras (cuya madre no se olvida de
mentar), porque las sucesivas reformas socialistas --no menos que las del PP--
han dado como resultado la ignorancia supina, la incapacidad de comprender el
mundo, en que se halla sumida buena parte de nuestra juventud.
Pues bien, no estoy de acuerdo.
Desde el punto de vista democrático, es un craso error calificar de desastrosa
la educación pública española. Para verlo basta remontarse a Rousseau, padre
doctrinal de la democracia, con su Contrato Social y padre, a la vez, de la
pedagogía moderna, con su Emilio. Una cosa es complementaria de la otra. El
pacto social conlleva que "cada uno de nosotros pone en común su persona y
todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general". Si una
voluntad particular se niega, por disconformidad, a obedecer a la voluntad
general, es lícito someterla por la fuerza. Con ello, según dice Rousseau, se
obliga al ciudadano a ser libre, pues sólo la constitución de la voluntad
general impide que estemos sometidos a una voluntad de otra persona. La
voluntad personal pasa, en lo que se refiera a los asuntos públicos, a ser
voluntad general, que, de hecho, se identifica con la voluntad del que ha sido
votado. En nuestro caso con la voluntad del Sr. Rodríguez y su corte de los
milagros.
Ahora bien, cuando se ha amputado
la voluntad personal en lo que a las cuestiones sociales se refiere; cuando
todo el interés por los asuntos comunes, o por la patria, se puede plasmar
solamente en el voto a partidos e individuos que harán lo que les venga en
gana; cuando todo eso sucede --digo-- es necesario lobotomizar también la
inteligencia sobre tales temas. Si se dejara que los españoles fueran educados
en el sentido clásico de la palabra, es decir, si pudieran tener una concepción
del mundo razonable, que les habilitara para juzgar sobre el bien y el mal en
temas de política y en cualquier otro, su sufrimiento sería insoportable y
resultarían, además, difícilmente gobernables. Al que le cercenan un órgano le
anestesian; lo mismo debe hacerse con el que ha cedido su capacidad decisoria
sobre sus deberes más importantes. Otra cosa sería crueldad. Los ciudadanos de
una democracia sólo deben tener los conocimientos necesarios para la
producción; deben limitarse a la profesión que les permite ganarse la vida y
pagar los impuestos. Sobre todo lo demás, tienen que estar convencidos de que
no cabe conocimiento seguro, y de que todo es cuestión de un gusto que queda a
discreción de los representantes de la voluntad general.
Por eso, según dice Rousseau en
el Emilio, la educación del niño individual deberá "ser puramente
negativa, la cual no consiste ni en enseñar la virtud ni la verdad, sino en
librar de vicios el corazón y el espíritu del error". ¿A qué se refiere
con eso del vicio y del espíritu de error? Pues a los conocimientos que van más
allá de lo que necesita en su vida personal, es decir, a los conocimientos
filosóficos y a los que proporciona la Revelación. "Son los filósofos con
su preceptos, los sacerdotes con sus exhortaciones los que envilecen" el
corazón del niño, dice Rousseau. La enseñanza tiene como finalidad evitar las
preocupaciones sobre el futuro, que nacen de la metafísica, de la religión y de
la moral: "Si pudierais no hacer nada, ni dejar hacer nada, si lograrais
tener sano y robusto a vuestro alumno hasta la edad de doce años, sin que
supiera distinguir su mano derecha de la izquierda, desde vuestras primeras
lecciones se abrirían lo ojos de su entendimiento a la razón, sin baches ni
preocupaciones". Porque así disfrutará de la vida, sin que las teorías y
religiones la ensombrezcan. "Padres --recomienda Rousseau--, tan pronto
como puedan vuestros hijos gozar del placer de la existencia, haced que
disfruten de él, y cuando les llegue la hora en que Dios los llame, no mueran
sin haber disfrutado de la vida".
Vista desde la genuina doctrina
de la democracia, la educación pública española es un éxito sin precedentes:
tras un larguísimo período de instrucción, que se extiende hasta los
veinticinco años, los discentes han aprendido a manejar, con más o menos
pericia, unos instrumentos de producción y, sobre todo, han aprendido que nada
más puede aprenderse. Se ha logrado que los alumnos no distingan la derecha de
la izquierda, no ya hasta los doce años, como dice Rousseau, sino hasta la edad
de jubilación. La inmadurez e inconsciencia del adolescente se junta con la
recaída en la infancia del anciano. No sólo se les ha extirpado la voluntad
particular en beneficio de la voluntad general, sino que se ha completado la
operación con la ablación de toda concepción del universo que les permita
juzgar con independencia de la voluntad general. Y si usted, amigo lector, duda
que sea excelente tal educación, es porque se obstina en conocer, en creer y en
desear el bien; es porque, en el fondo, todavía no es usted un demócrata.
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