domingo, 15 de enero de 2017

Enrique Gil Robles: la crítica al parlamentarismo como núcleo del pseudorden burgués

El liberalismo, como naturalismo jurídico que es, desconociendo, o mejor dicho, negando la verdadera doctrina acerca de la naturaleza, origen y destino del hombre y de la sociedad, no puede fundar, explicar sancionar ni realizar el orden de los actos humanos, así de individuos como de colectividades, sean  los que fueren su estado,  clase o categoría. De aquí la esencial y radical injusticia del gobierno, cualquiera que sea la jerarquía del sujeto gobernante, el cual si gobierna justamente, no es por el liberalismo, sino a pesar de él y per accidens, en virtud de la honestidad natural que pueda tener el imperante y de la imposición de la realidad y de las circunstancias con que la naturaleza, defensora de la rectitud, se sobrepone en esta esfera y relación, como en otras, a la voluntad torcida de los hombres.

De las filosofías que por falta de fin y motivo de orden, no pueden fundamentar moralidad ni rectitud alguna, surgen esos escepticismos  y positivismos prácticos, esos pragmatismos  que sólo procuran  el bien material y sensible, no de todos, sino de lo que tienen fuerza  y recursos físicos para lograrlos en su provecho, bien sea el imperante soberano, bien sus paniaguados parientes y amigos (nepotismo), u otras clases y colectividades. En una palabra, las filosofías  y las jurisprudencias  nuevas engendran  las varias especies y grados de tiranía que, si en las sociedades antiguas procedió de ignorancia y de error, tiene hoy el fundamento sistemático de una metafísica, ética y Derecho impotentes para fundamentar un orden dirigido a un armónico pro común (…)

El liberalismo determina, también, el despotismo en el sentido de más nocivo alcance y trascendencia, pues el despotismo liberal no tanto consiste en la sustitución por el arbitrio de las normas establecidas, o sea, las leyes y costumbres, como en algo más grave: la arbitrariedad injusta de una legislación divorciada de la ley natural y divina. No es el sit pro lege, sino el sit pro ratione voluntas, en el sentido del pragmatismo naturalista, lo que distingue al despotismo liberal, que si no pocas veces infringe, en efecto, la ley establecida, casi siempre, y esto le es más conveniente, por más seguro, hace leyes injustas dirigidas al fin concreto, circunstancial y antijurídico que procura. Legalismo pragmático naturalista debe ser, más bien, definido el despotismo liberal. (...)

Siendo el parlamentarismo el liberalismo condensado y reflejado en el parlamento, no caben en nuestra doctrina las distinciones que son, a la vez, causa y efecto de las disputas respecto de la significación del término y el contenido de la noción; y que, por lo tanto, sistema parlamentario y vicio parlamentario, en las monarquías como en las repúblicas, en los gobiernos llamados de gabinete, y en los denominados representativos, stricto sensu, es lo mismo, sin posibilidad racional de varias acepciones en la palabra y desinencia, expresivas de un sistema natural, radical y múltiplemente vicioso.

El espíritu del parlamentarismo es el  mismo del liberalismo, el que constituye el carácter habitual y profundo del pensamiento y la vida modernos, el naturalismo que, aparte de las aberraciones multiformes con que se manifiesta en la esfera de las ideas, tradúcese, en la práctica, en escéptica indiferencia y en efectivo materialismo.

La ausencia de virtud y honestidad social que el naturalismo supone, y que ha injerido y arraigado en las masas, se traduce en el origen mismo y en la formación de la asamblea, o asambleas, electivas en todo o en parte. El cuerpo electoral no vota por ideas, ni en justicia; elige por interés utilitario y sensual de los bienes materiales. Si en toda época, aun en las sociedades más cristianas, la plebe no dirigida obra extraviada por el error, por la pasión y por la conveniencia física y sensible, en los modernos tiempos y pueblos, corroídos de escepticismo y positivismo, la máxima parte de los electores, y no más el pueblo que la burguesía y los aristócratas desertores de su función y puesto, votan por un móvil personal, empezando por el más disculpable de la amistad o el parentesco y concluyendo por los execrables y nefandos de cualquier concupiscencia, vanagloria, interés de bandería, soberbia, ambición de mando, codicia, venganza, etc. Añádase a esto, que cuando falta  la virtud social, apenas se conoce y se ama, y mucho menos hay esfuerzo y constancia para defender y practicar la libertad y mantener la independencia del sufragio; así es que, si en todos los tiempos ha sido difícil a la plebe y a la mayor parte de los necesitados de cualquier clase social resistir a la imposición de interés o fuerza mayores, hoy son éstos los que principal y casi exclusivamente disponen del voto, el cual esté sometido, de ordinario, a todo género de coacción injusta, error, pasión, seducción, compra, amenaza de arriba o de abajo. La corrupción y falsificación del voto, sometido a la mentira e iniquidad, es la primera manifestación morbosa del parlamentarismo.

De este voto corrompido surge la democracia de asambleas en que los diputados son, a imagen y semejanza de los comitentes, personas menos que mediocres, en cultura y rectitud, y envenenadas por el error y la inmoralidad propias del liberalismo; de suerte que a la imperfección natural de asambleas numerosas, es decir, de la democracia gobernante, únase el mal espíritu de legisladores sin sentido ético ni jurídico, que legislan y gobiernan para fines prácticos, parciales y subjetivos, en los que el fin justifica los medios.

Este despotismo liberal no ha salido aún de los derroteros por donde lo encaminó la Revolución francesa, esto es, del servicio y provecho de una oligarquía de clase media, especialmente de las capas superiores de la burguesía y, más en particular, de las de la banca, bolsa y agio, en que los judíos tienen tanta parte, mano y ventajosa posición. Es decir, que hasta que el parlamentarismo no se entregue a la tiranía oclocrática y socialista, hoy por hoy, es el instrumento de una tiranía oligárquica de clase media plutocrática, de que principalmente se aprovecha la judería, más acaudalada y despreocupada que los otros ricos no semitas. Este es el más saliente carácter, la manifestación morbosa más grave y perceptible: un tiránico gobierno de plutocracia, especialmente favorable a Israel.

Tal vicio parlamentario, orgánico y funcional, de democracia legalista a disposición y utilidad de una oligarquía bursátil y judaica, o judaizante cuanto menos, es propio del moderno gobierno representativo, en la más amplia acepción del término, y, por lo tanto, común a las dos formas y manifestaciones de aquél: la representativa, en estricto sentido, y la parlamentaria o de gabinete; sólo que más acentuado y dañoso en esta última clase de gobiernos, en que el Jefe del Estado apenas tiene poder, si es que le queda alguno, para contrarrestrar la tiranía oligárquica del parlamento, impidiendo que las cámaras enderecen legislación y gobierno al mencionado monopolio tiránico de la política gubernamental. Yerran, pues, los autores que consideran al parlamentarismo como vicio exclusivo de los gobiernos de gabinete, cuando lo más que puede concederse es que sea en ellos más frecuente e incontrastable, por falta de una jefatura de Estado que, con poder propio, especialmente el de la monarquía, reprima algo o mucho los naturales excesos parlamentarios, aunque del todo no sea bastante a impedirlos o extirparlos. Reducido, entonces el rey o el presidente de la república a dignidad de puro nombre y aparato, con facultades estrictas pero no efectivas, el parlamento, de acuerdo con los ministros responsables, hechura e instrumento de las cámaras o directores y fautores de ellas, o en situaciones intermedias entre supeditación y el señorío ministeriales, gobierna, sin ostáculo, para los reprobados fines que hemos expuesto (…)

La burguesía oligárquica que usufructúa el país por medio del parlamento necesita tener montada corriente y expedita la máquina electoral que lo produce; y al efecto, los partidos en que la plutocracia burguesa se divide, para turnar en el poder explotador, constituyen una organización jerárquica de directores, manipuladores y falsificadores del sufragio, cuyas grados supremos son los altos funcionarios presentes o futuros, y los últimos los agentes subalternos que, por módica merced, desempeñan funciones más materiales y mecánicas de captarse voluntades y sumar votos. Por uso generalmente aceptado, se viene en España llamando caciques a esos caudillos de las banderías turnantes, especialmente a los jefes de provincia o más pequeña localidad y caciquismo,  así a esta organización como a su corruptor imperio, a su política  y sistema gubernativo y al habitual estado social y público que arguye la ignominiosa plaga. La retribución de esta hueste electoral, que no se licencia pasadas las elecciones, sino que tiene siempre dispuesta para la lucha, es de distintas clases, según el grado categórico del mercenario, pero generalmente es la distribución  de los cargos públicos, el poder y el influjo absolutos y despóticos en la localidad, la administración gubernativas dictadas en su provecho; en una palabra, una verdadera soberanía tiránica en los respectivos lugares del cacicato, con todos los gajes y aprovechamientos inherentes a la inmunidad, al mero y mixto imperio de estos nuevos y oprobiosos señores, sin precedente en la historia y de producción y tipo exclusivamente contemporáneos.  El caciquismo constituye, pues no sólo la base y el ambiente del parlamentarismo sino un gobierno extra y retro , y sin embargo supraparlamentario, un régimen irresponsable y anónimo, del cual son las instituciones oficiales tapadera engañosa e inmoral.

Enrique GIL ROBLES, Tratado de Derecho Político, II, c. XVIII. (Primera edición. Salamanca 1899)

¿Y quién es, quiénes componen esa minoría tiránica, bien que no de pocos, aunque lo sean en comparación de los explotados y oprimidos? La oligarquía presente es una burguesocracia en que todas las capas de la clase media se han constituido en empresa mercantil e industrial para la explotación de una mina, el pueblo, el país; es una tiranía y un despotismo de clase en contra y en perjuicio, no de las otras, porque ya no las hay, sino de la masa inorgánica, desagregada y atomística que aún sigue llamándose nación.

Enrique GIL ROBLES, "Oligarquía y caciquismo"

jueves, 12 de enero de 2017

La caridad política y Cristo Rey


Cena de Cristo Rey 2016, discurso de don José Ramón García Gallardo, consiliario nacional de las Juventudes Tradicionalistas.

La caridad política, aparece ya utilizada  por Pio XI, en su discurso de 18 de diciembre de 1927, a la Federación Universitaria Católica Italiana –FUCI-. Mussolini había acusado a la FUCI de ir más allá del apostolado e incurrir en la actividad política, Pío XI proclamará que la política, constituye “el campo de la más amplia caridad, la caridad política” y por encima del cual no cabe señalar otro que el de la misma religión.

  “El campo político  abarca los intereses de la sociedad entera; y, en este sentido, es el campo de la más vasta caridad, de la caridad política, de la caridad de la sociedad" 
(Pio XI)

martes, 3 de enero de 2017

Invierno, primavera y otoño del Carlismo (1939-1976)

El Matiner Carlí recomienda la lectura completa del trabajo histórico realizado por Ramón María Rodón Guinjoan, sobre la historia más reciente del movimiento carlista. Periodo expuesto habitualmente a los acercamientos más peregrinos y falsarios por parte de los residuos ideológicos ligados a la persona del ex príncipe Carlos Hugo, con la cobertura de los medios culturales del sistema liberal, al que en última instancia sirven.

En los últimos años hemos asistido a la publicación de tesis, libros y artículos que siguen reivindicando una línea interpretativa absolutamente falsa de la reciente historia del carlismo. La pretensión de justificar la actuación política errática de Carlos Hugo, lleva directamente a la mentira histórica más descarada en los libelos de personajes como José Carlos Clemente, María Teresa de Borbón Parma, Javier Cubero y otros, más matizada pero igualmente parcial lo encontramos en los trabajos de Manuel Martorell, que justifica finalmente la actuación de Carlos Hugo. Estos epígonos culturales del huguismo tienden, en todos los casos, a una absorción  de la memoria e historia carlista en el actual paradigma liberal. Esa es la consecuencia política. La claudicación política de Carlos Hugo y su neocarlismo ante el régimen imperante, se cierra ahora con una cobertura pretendidamente cultural e histórica, desarmando la memoria real de la lucha y causa carlista. Se falsea su significación real. Los puntos centrales en este aspecto son: doctrinalmente, postular una imposible separación entre Carlismo y tradicionalismo, tergiversar la relación entre foralismo y nacionalismo. Políticamente, falsear la significación del Rey Don Javier, como continuador del auténtico legitimismo tradicionalista y deformar los hechos de Montejurra 76.

Otros muchos historiadores del momento se dejan enredar en los lugares comunes de las trampas y falsedades esparcidas por los adláteres del huguismo, Jordi Canal es paradigmático de ello, mientras los medios culturales y de prensa del sistema acogen encantados la misma versión de conjunto. El “carlismo” en definitiva hizo su “misión", ayudó a traer la democracia y las libertades, ayudó a la “reconciliación”, ayudó a la toma de conciencia autonómica y del nacionalismo… evolucionó y en definitiva ya no es necesario. Rematar al león herido, impedir su restablecimiento, domesticarlo en la jaula del orden imperante democrático. Más allá de ser, en muchos casos, una autojustificación de su proceder personal y de grupo, la consecuencia política adyacente salta a la vista. El huguismo, muerto políticamente y fallecido su mentor, sigue ejerciendo su función demoledora del carlismo. El residual partido carlista, las apariciones esporádicas de Carlos Javier, reivindicando el legado político paterno y estos coletazos pretendidamente historiográficos y culturales se conjugan en esa función. Ese carlismo "sentimental" es absolutamente inofensivo para el sistema, porque simplemente no es el verdadero.

El Carlismo auténtico sigue preocupando, más allá de su aparente debilidad actual, porque sigue siendo la memoria real de la resistencia de España al liberalismo. Desvirtuar su memoria histórica no deja de ser un arma política, nada inofensiva, no sea que el León despierte y vuelva por sus fueros. Por ello la lectura de un texto, más ponderado y objetivo, de la historia del reciente carlismo, no deja de tener importancia política. Porque, más allá de posibles discrepancias de matices, juicios y opiniones, en el caso de la tesis de Ramón María Rodón, no nos encontramos simplemente ante el engaño. Su lectura puede servir, a muchos, de antídoto ante la mentira, máxime ante la escasez de estudios globales sobre este periodo.

Reseña de la presentación de la tesis doctoral de don Ramón María Rodón Guinjoan sobre “Invierno, primavera y otoño del Carlismo (1939-1976) Universitat Abat Oliva CEU, 2015. Por la Agencia Faro.

El pasado 9 de Octubre se celebró en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Abat Oliba CEU de Barcelona el brillante acto de lectura y defensa de la tesis doctoral de don Ramón María Rodón Guinjoan sobre “Invierno, primavera y otoño del Carlismo (1939-1976)“. Dirigida por la doctora Rosa María Alabrús, el tribunal ha estado integrado por los doctores Miguel Ángel Belmonte, Javier Barraycoa, Alfonso Bullón de Mendoza, Miguel Ayuso y María de los Ángeles Pérez Samper.

El doctorando ha resumido certeramente en treinta minutos las 650 páginas de su memoria doctoral, en las que desgrana las vicisitudes de la Causa desde el fin de la Guerra de Liberación hasta el acto de Montejurra 1976. Con gran ponderación ha pasado revista a fenómenos como el llamado “octavismo” o la “Regencia de Estella”, así como a las relaciones tormentosas del Carlismo con la Falange o el régimen de Franco. Pero se ha referido sobre todo a la verdadera Comunión Tradicionalista, a la personalidad señera del Rey Don Javier, a la ortodoxia de las jefaturas delegadas de don Manuel Fal Conde y don José María Valiente, a la heterodoxa y desastrosa evolución impresa a la Comunión por Carlos Hugo hasta llegar al llamado Partido Carlista, al impacto negativo del Vaticano II y el modernismo religioso… También a los sucesos de Montejurra 1976, donde, sin negar algunos errores de parte de los verdaderos carlistas, subraya sobre todo su condición de consecuencia de esa deriva destructiva impuesta por Carlos Hugo. Ha usado para su trabajo la magna recopilación documental de Manuel de Santa Cruz (que se extiende a la mayor parte del periodo por él historiado), diversos archivos públicos y privados, una abundante bibliografía y hemerografía, así como finalmente su propio archivo y memoria. Pues el nuevo doctor Rodón fue testigo y en parte protagonista de muchos de esos hechos. Don Ramón María Rodón, a punto de cumplir 75 años, renueva su lealtad a la Causa y da buena muestra de laboriosidad y entrega. Ambas cualidades refulgen en este trabajo de investigación, que ha merecido unánimemente la máxima calificación de parte del tribunal.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Un nuevo intento de reduccionismo del Carlismo

CARLOS HUGO ¿LA ALTERNATIVA FEDERAL A JUAN CARLOS?

Acabamos de leer con interés el último libro de Manuel Martorell Pérez “Carlos Hugo frente a Juan Carlos: la solución federal para España que Franco rechazó”. Tras su estimable "Retorno a la Lealtad", Premio Hernando Larramendi, esta obra propone un acercamiento a la figura de Carlos Hugo de los años 60 que en cierto modo es un resumen de la tesis doctoral del mismo autor.

La amplia documentación aportada en la obra vendría a demostrar la parcialidad del título del libro y su propia tesis central. En efecto como estrategia de marketing podría resultar sugestivo apelar a la posibilidad de un rey alternativo que vendría a solucionar los conflictos “catalán y vasco” (así se presenta en su campaña promocional dicho libro). Pero esa tesis así presentada es mendaz, y no se compadece con la verdad de la historia del carlismo y de España. Y resulta una pena esta contradicción tan flagrante entre lo aportado y lo propuesto como tesis conductora del libro. El federalismo, que si forma parte del acervo doctrinal del carlismo, nunca fue el nervio central de la alternativa presentada por Carlos Hugo en su presentación en España (entiéndase el federalismo en su acepción clásica en el pensamiento tradicional, como principio federativo radicado en la subsidiariedad). Posteriormente el propio Carlos Hugo en su escisión ideológica de los 70, cuando realmente ya no representaba una alternativa a Juan Carlos, por propia renuncia, pondrá el acento en un federalismo de matriz revolucionaria, larvado ya de nacionalismo y rendido a la mitología romántica del separatismo, pero lo mas importante de su argumentario fue sin embargo su sedicente socialismo autogestionario y el progresismo social.

Quizás lo único cierto del título sea que Franco rechazó a Carlos Hugo. No cabe duda de que pese a la mitificación que de buena fe algunos hicieron de su figura tras su muerte (fácil hacerlo en comparación con los efectos devastadores en lo moral y en lo social del llamado proceso democrático) y de que el tiempo que le tocó vivir le situó frente al comunismo internacional en el orden interno no dejaba de ser un espadón más de la convulsa historia del liberalismo español, con más honores militares por su participación en la guerra de África, pero políticamente igual de desastroso que un Narváez o un Pavía. La autocracia franquista tenía decidida de antemano la restauración de la dinastía liberal, intrínsecamente débil, sin simpatías populares y siempre necesitada de ser arropada por la fuerza de los ejércitos. Que no se decidiese por el sedicente Conde de Barcelona anteriormente no resta ni un ápice a la decisión que tenía planteada Franco. El legitimismo, tras el sacrificio brutal de la guerra y con el Regente presa de los nazis no lo tenía fácil. Su hijo mayor, apartado sus primeros años de adolescencia de la tutela efectiva de su padre por las circunstancias antedichas; era demasiado niño para vivir con conciencia lo que supuso la guerra de 1936-1939 y en el paso de la niñez de la adolescencia se vio sobrepasado por las circunstancias de la II Guerra Mundial. Cuando despuntaba su figura como Príncipe de Asturias estaba totalmente “por hacer”. Los mismos datos apuntados por Martorell lo señalan.
Rafael Gambra, el gran teórico del carlismo y de la Monarquía tradicional

El carlismo demostró audacia y capacidad política para leer los nuevos desafíos. Hay una figura esencial en la configuración de esta alternativa, es la de Rafael Gambra Ciudad. No sólo por el hecho de que fuese el propio Gambra quien presentase a los carlistas al Príncipe de Asturias desde la cima de Montejurra. Las obras de Gambra no sólo destacaban en el ámbito de la filosofía. En sede política vendría durante los años cincuenta a representar una actualización doctrinal que inspiró a las generaciones de jóvenes estudiantes tradicionalistas sobre todo a través de la obra “La monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional”. Esos jóvenes verían en el Príncipe de Asturias la encarnación de lo propuesto por Gambra y emprenderían con ese afán una gran labor de promoción explorando los más diversos ámbitos para llamar la atención de la opinión pública. Sin embargo en el orden de las ideas Carlos Hugo no fue únicamente una “alternativa federal” (ni mucho menos “la” alternativa federal por antonomasia). Con independencia de la discutible terminología “federal”, acogida no obstante por insignes tradicionales como Manuel de Santa Cruz[1], Gambra vendría a clarificar el concepto de los Fueros, con unas exigencias que sobrepasaban con mucho el mero reconocimiento del hecho folclorista regional. Pero no se perdía de vista su auténtica dimensión como todo el acervo legislativo anterior al mal llamado derecho nuevo, tal y como estableciese Don Alfonso Carlos I en los principios intangibles de la legitimidad española. La tesis de Martorell anunciada en el propio título de la obra eleva a categoría lo anecdótico y da una visión muy pobre del carlismo. El foralismo se podía defender sin el resto de principios del tetralema… desde posiciones liberales. En último instancia de ese modo fue salvaguardado por las oligarquías provinciales en Navarra y Vascongadas, con insignes teóricos del mismo. Piénsese en Guipúzcoa en el Conde de Villafuertes y su bandera Paz y Fueros para integrar el régimen foral en el nuevo régimen constitucional. O el radical anticarlista y fuerista vizcaíno Fidel de Sagarmínaga Epalza, el fuerismo liberal navarro de Juan Yanguas Iracheta y Hermilio de Oroliz o el fuerismo liberal alavés de Mateo Benigno de Moraza. ¿Iba a quedar el carlismo reducido a una mera protesta foral?

Políticamente el mayor título que se podía reclamar era el de ser el Príncipe de la Cruzada, el príncipe del 18 de julio. De forma solemne, cuando las más grandes concentraciones de Montejurra este era el lema unívoco de todos los carlistas. Y los manifiestos e intervenciones de Carlos Hugo no dejaban lugar a dudas. Frente a Juan Carlos siempre se esgrimía la cobardía de los alfonsinos en la guerra y en la república. Cuando Montejurra fue realmente un acto de masas fue cuando más se incidía sobre este carácter de memorial de la Cruzada. Las evoluciones posteriores vinieron después, primero con la confusión en el ámbito de los temas sociales, en entornos en los que la misma Iglesia también se vio trágicamente afectada. Así hasta una deriva absolutamente disolvente con la total infiltración de elementos izquierdistas (PULSAR AQUÍ). Pero ni siquiera en este periodo se puede conceptuar simplemente como una alternativa meramente “federal”. Carlos Hugo pretendió ser alternativa a los comunistas por la izquierda y luego buscar acomodo en la social democracia. Ya el pueblo carlista le había dado la espalda (PULSAR AQUÍ).
El Carlismo siempre propugnó la Monarquía Foral

Por otro lado está el infantilismo del autor al pretender que la supuesta alternativa federal iba a acabar con los contenciosos nacionalistas. La propia constitución de 1978 señala en su disposición derogatoria segunda

En tanto en cuanto pudiera conservar alguna vigencia, se considera definitivamente derogada la Ley de 25 de octubre de 1839 en lo que pudiera afectar a las provincias de Alava, Guipúzcoa y Vizcaya.

En los mismos términos se considera definitivamente derogada la Ley de 21 de julio de 1876.

Es decir deroga las leyes abolitorias consecuencia de la primera y tercera guerra carlista.

Y en su disposición adicional se reconocen y garantizan los derechos históricos de los territorios forales.

¿Quiere insinuar entonces que los fueros están salvaguardados y que la lucha del carlismo ya no tiene sentido? Pues yerra de plano, porque eso no son fueros, son fraudes de ley dentro del derecho nuevo y revolucionario. El propio Carlos Hugo acabó apoyando la Constitución de 1978, evidenciando su total alejamiento doctrinal y político del auténtico foralismo y del Carlismo (PULSAR AQUÍ).

lunes, 12 de diciembre de 2016

Consecuencias del protestantismo. A los 500 años de Lutero

El Protestantismo 

El protestantismo es el modulador del mundo moderno. Fue el origen de las monarquías absolutas que aparecieron en Europa al abrigo de su revuelta política, destruyendo la unidad orgánica de la Comunidad Política, punto de arranque del leviatán del totalitario Estado moderno. Fue el detonante de la liberación religiosa y jurídica de la usura y la rapiña que dio origen a los imperios bancarios y financieros de la plutocracia, su calvinismo fue la ética del naciente capitalismo dando carta de naturaleza a la explotación económica y al materialismo economicista. Fue caldo de cultivo del repugnante racismo holandés y británico que se evidenció en sus colonias factorías, producto de su predestinación religiosa. Colonización depredadora, imperialista y genocida.

Su fideísmo destruyó la síntesis armónica clásica de Fe y Razón, que sustentaba la civilización levantada por la inteligencia católica comunitaria. Pariendo el liberalismo y el modernismo, incubando el subjetivismo y el relativismo social. Su puritanismo rigorista asfixió a los pueblos que cayeron en sus garras, siendo padre del fariseísmo de la moralina burguesa moderna, derivando en abismo directo hacia el nihilismo más disolvente en la posmodernidad. Fue germen de la filosofía moderna desde su larvado nominalismo y su idealismo camino de secularización y laicismo. Fue senda de todas las ideologías totalitarias: marxismo y nazismo nacientes en las naciones de su suelo devastado. Fue el destructor del ethos occidental y configuró la actual Europa laica y plutocrática sobre las ruinas de la Cristiandad, a la cual dividió en honda fractura histórica, religiosa y política. El error religioso llevó al error político y este al error económico.

 Para ampliar: (PULSAR AQUÍ, AQUÍ, AQUÍ y AQUI)
 Coloquios de Fuego y Raya en Madrid

En el marco, en esta ocasión, del Rastrillo carlista de Adviento (PULSAR AQUÍ) organizado por el Círculo Cultural Antonio Molle Lazo se reanudan los «Coloquios de Fuego y Raya», que tanto éxito tuvieron en ediciones anteriores. El Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II invita al séptimo (primero de este curso, D.m.), que tendrá lugar el día 17 de diciembre de 2016, sábado, a las 19:30 horas (siete y media de la tarde), en sus locales de Madrid, calle de José Abascal (antes del General Sanjurjo) 38, bajo izquierda (Metro Alonso Cano o Gregorio Marañón, L-7; Iglesia, L-1).

A propósito de los dos últimos libros (PULSAR AQUÍ) sobre el 500º aniversario de la mal llamada Reforma, publicados por Marcial Pons y patrocinados por el Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II y la Fundación Francisco Elías de Tejada dialogarán el profesor Miguel Ayuso (coautor y editor de uno de los libros y traductor al español del otro), el profesor José Miguel Gambra y el escritor y periodista Juan Manuel de Prada.

Fuego y Raya, revista semestral hispanoamericana de historia y política (PULSAR AQUÍ) es una publicación del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, que evoca ya desde su título la gesta de Hernán Cortés y Francisco Pizarro. Con los «Coloquios de Fuego y Raya» se pretende ofrecer nuevos elementos de reflexión sobre la tradición hispánica y su papel en el mundo actual.


LA VERDAD SOBRE LUTERO, por Juan Manuel de Prada (PULSAR AQUÍ)

martes, 6 de diciembre de 2016

Carlos Hugo o la colaboración con el liberalismo: Sí a la Constitución de 1978

"La Corona de España es hereditaria en los sucesores de S. M. Don  Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica. (…)"

Artículo 57 Constitución de 1978

Tras el fracaso estrepitoso (PULSAR AQUÍ) de su demagógica y aventurera estrategia de convertir el carlismo en un movimiento a la izquierda del partido comunista, al servicio de su ambición personal, Carlos Hugo demostró cuál era el núcleo y centro de su verdadera ideología política, el más craso y simple oportunismo. Fracasada la “ruptura política” y su intento de convertirse en líder de la revolución. Sin el más mínimo escrúpulo y rubor, Carlos Hugo impuso a su partido carlista el voto afirmativo a la constitución de 1978, en un nuevo bandazo ideológico desde sus alianzas con los maoístas y el marxismo más radical (PULSAR AQUÍ), a la colaboración más servil con el liberalismo. De querer ser la izquierda del PCE a ser un apéndice del PSOE.

Los desvaríos ultraizquierdistas del huguismo quedaron, pues, atemperados en 1978 con la intención de encontrar un acomodo dentro de una socialdemocracia moderada, “europea” y vacía de contenido y ser aceptado así en en juego electoral neo-liberal. Línea en la que se mantuvo el propio Carlos Hugo aún cuando abandonó la actividad política y qué pretende continuar su hijo Carlos Javier. Sin embargo ni los socialdemócratas se lo tomaron en serio ni los carlistas aceptaron ese nuevo bandazo. En este sentido se produce la campaña del Partido de Carlos Hugo por el SÍ al proyecto constitucional que se votaría el 6 de diciembre de 1978. Campaña donde el llamado partido carlista se gastó nada menos que treinta millones de pesetas, inversión en este intento de lavado de cara y comprar su asiento en el marco del nuevo régimen partitocrático. El partido carlista se constituyó así en un colaborador del sistema burgués, del que irónicamente se sentía agredido y atacado (así lo pregonaban) en los sucesos de Montejurra 1976. Esta incongruencia, fue contestada incluso dentro de sus desorientadas filas, donde y a pesar de todo, latían aun desnortadas ciertas pulsiones de la radicalidad antisistema del tradicionalismo visceral. En Navarra los abandonos de militantes fueron abundantes, el diario El País daba la noticia de la deserción de unos doscientos (PULSAR AQUÍ), en Cataluña muchos huguistas votaron en blanco contra las directrices de Carlos Hugo, como recoge Jaume Campás en su texto Apunte biográfico de Salvador Campás; y el dirigente huguista valenciano Xavier Ferrer escribe al respecto:

“A partir de 1976, el partido carlista se convirtió quizás influenciado por el grupo posibilista en mero colaborador (quizás lo fuera de forma inconsciente) del Neoliberal-capitalismo (…) El partido, luego, en un nuevo error, pidió a sus militantes, afiliados y simpatizantes, el voto afirmativo a una constitución enemiga del espíritu carlista que, entre otras cosas optaba por el sistema político liberal, consagraba el sistema capitalista, decidía que el Jefe de Estado fuera D. Juan Carlos de Borbón (el Príncipe de España del franquismo) y sus herederos, elegía el Estado autonómico, sinónimo de Estado descentralizado administrativamente y como burla al Estado Federal en Autogestión global que, siempre, el Carlismo propugnó. El que en  diversas nacionalidades no se hiciera caso de esa petición, votando en contra o absteniéndose, fue por iniciativa de los votantes, que, en ese momento, fueron rebeldes e indisciplinados. Y no lo dudemos, ¡hay que aplaudir esa rebeldía y esa indisciplina!”.
El hecho cierto fue que Carlos Hugo mostró su verdadero rostro, sólo atento a sus intereses y ambiciones particulares. La conclusión la da el propio Carlos Carnicero, el que fuera hombre de máxima confianza y estrecho colaborador de Carlos Hugo, en aquel entonces Secretario de Organización del partido carlista, en un artículo a propósito de la muerte de Carlos Hugo.

"colaboró (Carlos Hugo) en la consolidación de la Constitución de 1.978 y se abstuvo de plantear en todo momento un pleito dinástico con el Rey Juan Carlos para facilitar una democracia parlamentaria sólida".

Para esto y sólo para esto, sirvió el partido carlista de Carlos Hugo, y para ello destruyó el carlismo en su ambición personal sin límites. El epígono, a tanto dislate, fue el fracaso electoral de Carlos Hugo en las elecciones generales de 1979, fracaso de ese último intento de buscarse un lugar político bajo el sol, con esa claudicación humillante de acatamiento del texto constitucional que consagraba el restablecimiento del liberalismo en España, contra el cual tanto había luchado el carlismo.
El pensamiento tradicional catalán siempre opuesto al "constitucionalismo" liberal

El auténtico carlismo, siempre se opuso a cualquier proceso constituyente (PULSAR AQUÍ) por ser la radicalización del principio liberal de la soberanía. La de 1978 además era digna continuadora de la II República de 1931, incoando grandes males sociales (divorcio, aborto, centralismo-separatismo, capitalismo, etc.) contra los que siempre se alzaron los carlistas. Y como colofón se establecía por la vía constitucional la pseudolegitimación de la Dinastía usurpadora y se consagraba el parlamentarismo liberal tan nefasto para la verdadera representatividad social (PULSAR AQUÍ). Por eso los carlistas se opusieron con todos sus medios a la Constitución e hicieron una gran campaña por el NO. Además se agraviaba especialmente a Navarra con la Disposición Transitoria Cuarta, con lo que la campaña de los carlistas del Viejo Reyno fue heroica en esta oposición enfrentada a los intereses de los etarras, así como muy destacable la labor de El Pensamiento Navarro, lo que a la postre supuso su estrangulamiento económico por los poderes centrales.

lunes, 21 de noviembre de 2016

La Doctrina Social de la Iglesia en el corazón del Carlismo

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"Tened presente, señores, que el orden económico actual no es obra de los principios católicos, no corresponde al ideal de la Economía cristiana, sino más bien a la Economía individualista liberal triunfante en la Revolución francesa, a la inaugurada en parte por la Escuela fisiocrática y desarrollada por la inglesa de Smith y de Ricardo y la francesa de Bastiat.

Nosotros creemos que deben coexistir las dos formas de la propiedad: la individual y la corporativa, y creemos que una red de Sindicatos agrícolas y obreros, formando Federaciones y extendiéndose por los valles y montañas, puede, no sólo emancipar los municipios, sino mejorar la condición de los trabajadores".

Juan Vázquez de Mella
"En la nueva lucha, los liberalismos individualistas y eclécticos serán apartados por los combatientes con desprecio, para que ambos adversarios puedan dirimir sin estorbos enojosos la suprema cuestión. Y es preciso estar ciegos para no ver que los nuevos y únicos contendientes serán el verdadero socialismo católico de la Iglesia, que proclama la esclavitud voluntaria de la caridad y el sacrificio, y el socialismo ateo de la Revolución, que afirma la esclavitud por la fuerza y la tiranía del dios Estado”.

Juan Vázquez de Mella
Programa completo de Lágrimas en la LLuvia, sobre la Doctrina Social de la Iglesia, con la intervención de don Miguel Ayuso Presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, frente cultural de la Comunión Tradicionalista