viernes, 15 de enero de 2021

CHERID: ENTRE LA MUGRE Y LA GLORIA


Jean Pierre Cherid: ¿asesinado por el Estado?

No quisiéramos comenzar esta recesión sin un aviso a navegantes: la obra de la que trataremos dista mucho de ser una biografía objetiva y distanciada – el propio título ya es bastante significativo-, más bien todo lo contrario; se trata del relato personal de la donostiarra Teresa Rilo, la que fuera esposa del propio Cherid, con la inevitable carga emocional que ello conlleva. Asimismo, dicho relato es ensamblado y conducido por la periodista Ana María Pascual, cuyas posiciones izquierdistas no son ningún secreto. Por todo ello, no nos cabe esperar una crónica exhaustiva de la vida, obra y milagros del aludido Jean-Pierre Cherid, sino lo que, efectivamente, acabamos por encontrar: un retrato, a ratos tierno, a ratos cruel, esbozado por la misma mujer que durante años fue amante esposa, pero que también acabó sabiéndose, ya viuda, objeto de la infidelidad de ese mismo hombre, por el cual, literalmente, empeñó la vida y la hacienda. Si al rencor de la mujer despechada unimos la malignidad propia de una ultraizquierdista declarada, ya podemos adelantar que no nos encontramos ante una biografía imparcial del infortunado Cherid; ni tan siquiera ante una biografía al uso, en la que no tendría cabida el evidente patetismo que permea todo el texto de principio a fin. Y sin embargo, la obra no está exenta de interés. En ella encontramos también el apasionante relato de unos hechos y unos personajes que han acabado marcando de manera decisiva la historia más reciente de nuestro país. Debemos reconocer a Pascual su talento a la hora de ir desgranando tramas y sucesos de gran complejidad, sin caer en la abigarrada profusión de datos, y siendo capaz de armar una historia ágil y atrayente. En este sentido, consigue hacer de la necesidad virtud y, valiéndose de la subjetividad propia de la perspectiva de Teresa Rilo, da esquinazo a la aridez del trabajo académico para ofrecernos un relato más vivo, por momentos casi folletinesco. A esto también ayuda, lógicamente, el innegable halo legendario de la figura de su protagonista. Guste o no guste, Jean-Pierre Cherid tiene un papel decisivo en eso que se ha dado en llamar “los años del plomo”. Prácticamente no hubo salsa en la que nuestro protagonista no estuviese metido. Buena parte de lo que sucede entre las bambalinas de la mentada transición conduce de forma recurrente a él. Al menos, en lo que tiene que ver con las medidas realmente expeditivas tomadas contra la banda terrorista ETA hasta la creación de los GAL por el PSOE, y que desde el punto de vista de la economía de guerra suponen un elocuente contraste: frente a las chapuzas de la etapa socialista, con crímenes contra gentes que nada tenían que ver con ETA ni su entorno, Cherid y sus hombres acabaron disponiendo de muchos menos medios con la vida de los principales jefes de los comandos terroristas en el pantanoso y complejo territorio francés, santuario de los terroristas. ETA no se lo perdonó nunca y en su fanatismo criminal una vez muerto Cherid, acabó con la vida de su cuñado José Ignacio Aguirrezabalaga, que nada tenía que ver con sus acciones, en marzo de 1986 en Zumaya. 

Por otro lado, difícilmente podríamos encontrar una personalidad más felizmente novelable que la de Cherid. En él encontramos al idealista que en su primera juventud no duda en alistarse en las filas de la OAS para defender los derechos de la Argelia francesa (batalla en la que no fue indiferente el carlismo: nombrado el Rey Javier al general Salan Requeté de Honor y con cientos de acciones, no pocas de ellas altamente comprometedoras, de apoyo a los que luchaban por la Argelia francesa: http://elmatinercarli.blogspot.com/2016/04/un-servicio-del-carlismo-la-cristiandad.html). Al esposo y padre amante que hace lo que haga falta por su familia. Al militante abnegado que se juega la vida todos los días, para combatir a los separatistas etarras en su mismos términos. No olvidemos a este respecto las enseñanzas contenidas en "La violencia y el orden" del eximio romanista navarro Álvaro d´Ors, en las que fundó las razones morales por las que a los etarras se les debería dar la condición de "beligerantes" y no "delincuentes" y por ello aplicarles las normas de la guerra y no el código penal.

Pero junto a las luces, también se destacan visiblemente las sombras: el sicario a sueldo de intereses espurios bajo la pátina del idealismo, el “basurero” del primer gobierno socialista, el marido infiel de múltiples vidas y familias, el padre negligente… Un compendio de facetas contradictorias en definitiva, que hacen inevitable el aura de sombrío romanticismo que envuelve al personaje y que, por boca de su viuda, Ana María Pascual acierta a plasmar en su trabajo. Y sobre todo plantea el interrogante de quién acabó con la vida de Cherid y las dudas más que razonables ante la versión oficial del “accidente” cuando el finado demostró una más que sobrada pericia en el manejo de material explosivo. En el momento actual, en el que los fautores de la trama GAL gobiernan de la mano de los herederos de ETA, adquiere una relevancia singular desentrañar aquel siniestro episodio.

En conclusión, un relato abiertamente parcial pero también ameno y, por momentos, apasionante. Si he destacar dos valores en la obra, en primer lugar diría que logra convertirse en el fresco, quizá no demasiado fiel pero no por ello menos atractivo, de un pasado inmediato en el que el carlismo también se vio de algún modo arrastrado: una época de conspiraciones sin cuento, de espías y agentes dobles, de tramas y subtramas, secretos y medias verdades, de estrépito de bombas y motores Seat, de olor a pólvora y tabaco negro… En segundo término, la obra también suscita importantes reflexiones: ¿Hasta qué punto el compromiso político y la acción directa necesitan contemporizar con los intereses más abyectos de las élites? ¿Justifica la limpidez de los fines la presencia de ciertos compañeros de viaje? ¿Es posible el equilibrio entre la mugre y la gloria? Quizá el testimonio que acabó siendo la vida de Jean-Pierre Cherid pueda arrojarnos algo de luz a este respecto.

Cherid. Un sicario en las cloacas del Estado.

Autoras: Ana María Pascual / Teresa Rilo

 ISBN: 978-84-949265-0-1

 208 páginas

viernes, 8 de enero de 2021

Maritain, precursor de la confusión

 


Esto viene aquí a cuento de Maritain, del que es obligado hablar cuando se trata del bien común y de otras muchas cosas que saldrán a colación más adelante. Y es que Maritain ha venido a ser la Celestina o alcahueta, que medió para que un sinnúmero de eclesiásticos dejaran sus escrúpulos y se entregaran al mundo moderno, cosa que, por otra parte, muchos ya deseaban hacer desde tiempo atrás.

Maritain había militado en la Acción Francesa. Cuando Pío XI condenó esa formación política, tomó la decisión de ponerse a la cabeza del movimiento religioso de acercamiento al mundo liberal que intuía victorioso a la larga, dadas las defecciones previas de la política vaticana. Todo el prestigio adquirido como intelectual converso, como publicista católico y como autor de apreciables manuales escolásticos lo puso al servicio de un nuevo ideal político-religioso que denominó «la nueva Cristiandad». Para dar fundamento a ese ideal, excogitó una teoría antropológica que distinguía, dentro del hombre su polo, o aspecto, material, al que llama «individuo», y su polo espiritual al que llama «persona». La relación de estos dos aspectos del hombre con el bien común es muy diferente: el individuo es esencialmente una parte del todo social y debe, por tanto, subordinarse al bien común de la ciudad. En cambio, la persona es esencialmente un todo, una unidad incomunicable que alcanza su realización, o perfección, dentro de los confines de su conciencia y de su misteriosa relación con Dios. Hay, pues, dos totalidades distintas y separadas: el todo social al que pertenece el individuo y el todo que es la persona. Pero, como la persona es lo espiritual y el individuo lo material del hombre, el bien común de la sociedad es inferior al bien de la persona, que no es común, sino eso, propio o personal. De lo cual concluyó Maritain que la finalidad del bien común de la ciudad consiste en permitir la vida espiritual y aislada de la persona, cualquiera que esta sea, pues la sociedad no tiene posibilidad ni de entender ni de intervenir en el sagrado terreno de las relaciones entre la persona y Dios.

Esta alambicada construcción teórica no tiene otro fin sino revestir con casullas y demás ornamentos sagrados al más descarnado liberalismo. Y es que el bien de la persona no es sino esa misma libertad de autonomía a la que los papas del XIX llamaron «libertad de perdición», pero convenientemente acompañada de mucha cita bíblica y mucha distinción escolástica, con el fin de identificarla con una suerte de vocación personal de origen divino. De lo cual, una vez quitado todo el camuflaje, no queda sino la vieja tesis liberal según la cual el Estado debe estar al servicio del bien supremo y último que reside en la libertad del individuo.

Se pueden hacer muchas objeciones a esta teoría y a los argumentos en que se apoya. Pero, si nos limitamos a la cuestión del bien común, se ha de conceder a Maritain que tiene razón cuando dice, con Santo Tomás, que no todo lo que hay en el hombre debe someterse a la ciudad, o sociedad terrena, pues el hombre apunta a un bien más elevado que ella. Pero inmediatamente hay que añadir que se equivoca cuando hace de ese bien supremo un bien personal. Dios, bien trascendente e infinitamente superior al bien de la ciudad, es bien común de manera análoga al bien común de la ciudad, porque, siendo un bien absolutamente general que todo lo abarca, debe, en cuanto tal, ser lo más preciado por cada uno.

El hombre que, por obra de la gracia, forma parte de la Iglesia, adquiere por la fe el conocimiento de Dios como causa y fin de todos los hombres y de todas las cosas, es decir, lo conoce como bien común universal. Y evidentemente desea gozar de Él en la bienaventuranza eterna. Pero ese bien no debe perseguirlo como bien propio. El que así lo desea no está en buena disposición para recibirlo, pues también los malvados desean la bienaventuranza. Ha de amarlo como bien del hombre y del universo, que fue creado por Dios como reflejo de Sí mismo y para Él mismo. «En cambio —dice Santo Tomás—, amar ese bien en sí mismo, para que permanezca y se propague y nada atente contra él, esto dispone rectamente al hombre con relación a la sociedad de los bienaventurados; y esto es la caridad: amar a Dios por sí mismo y al prójimo capaz de beatitud como a sí mismo.

Gambra, José Miguel: La sociedad tradicional y sus enemigos, 2019, págs. 49-51 

lunes, 14 de diciembre de 2020

COVID-19, ¿CRISIS PANDÉMICA O DE ASISTENCIA SANITARIA? ¿CAUSA O EFECTO?

 

Las limitaciones de la visión materialista y de los mitos racionalistas triunfantes en el actual mundo secularizado han conducido de manera indefectible a un estado de conformismo social ante las contradicciones, improvisaciones y ocurrencias de los poderes públicos, que siempre acaban sucumbiendo ante la inutilidad de su gestión a la tentación confinadora y liberticida.

La tentación confinadora más que a una previsión para contener la transmisión del coronavirus o proteger a los sectores más vulnerables al desarrollo de la enfermedad responde a las incapacidades de un sistema de asistencia sanitaria en crisis desde la llegada de los gobiernos del régimen del 78. El insigne y admirado Dr. Alberto Ruiz de Galarreta desarrolló en cientos de artículos la aproximación más neta desde el tradicionalismo y el propio desempeño profesional a la problemática de la asistencia sanitaria. Por ejemplo en el número 4 de la revista La Santa Causa, de abril de 2003, contraponía la enunciación abstracta y declarativa, típica del constitucionalismo liberal y su secuencia desiderativa, del “derecho a la salud” frente a la concreción de la Tradición del “derecho a la asistencia sanitaria”. Y advertía contra la pretensión estatalizante que se escondía bajo el paradigma de lo “público”, señalando como respuesta y solución la aplicación práctica del principio de subsidiariedad. El cual, a su juicio, ya había sido violentado con las previsiones del Seguro Obligatorio de Enfermedad de 1944 y sus secuencias legislativas. Pese a esas limitaciones, derivadas de las tendencias estatistas del franquismo, lo cierto es que comparativamente la asistencia sanitaria en aquellos estaba proporcionalmente mucho mejor asegurada que en la actualidad y la mayoría de las camas de UCI aún hoy disponibles proceden de aquel periodo. Hubo carlistas que ocuparon algunos puestos en aquella gestión, como Javier Astrain Baquedano, jefe de la Comunión Tradicionalista en Navarra y delegado en el Viejo Reino del Instituto Nacional de Previsión, bajo cuyo impulso se erigió el Hospital Virgen del Camino. También se puede citar el ejemplo de Víctor Legorburu para asegurar el Hospital de Galdácano, tras muchas luchas (cordiales) en el seno de la Diputación de Vizcaya, y que tras su vil asesinato iba a llevar su nombre, compromiso que al final no se llevó a cabo. El carlismo había tenido una gran experiencia en la gestión sanitaria en tiempos de crisis y de guerra, cuya ejemplificación más notable fue el Hospital de sangre Alfonso Carlos I de Pamplona y en sus filas siempre han militado, y militan, destacados profesionales de la medicina.

La actual clase política nacida de la Constitución del 78 lejos de rectificar las carencias del anterior régimen se han dedicado a destruir su red asistencial. En Albacete por ejemplo, donde la enfermedad desbordó la capacidad de asistencia de los hospitales públicos (los dos que actualmente existen son herencias preconstitucionales) ante el negacionismo beodo, chulesco y mengeliano de García-Page, teníamos como en muchos lugares de España un antiguo sanatorio para tuberculosos, el Sanatorio Nuestra Señora de los Llanos, inaugurado en 1947 con 400 camas para un población de poco más de 60.000 habitantes, y que con el tiempo y el control de la tuberculosis se convirtió en un hospital de referencia para enfermedades torácicas. Ejemplo además de interacción entre lo público y los cuerpos intermedios, con las Hermanas Mercedarias de la Caridad ejerciendo labores de asistencia sanitaria y espiritual y la participación de mutuas de trabajadores y montes de piedad en el desarrollo del mismo. Erigido en sólo seis años pese a que España sufría las secuelas de una guerra recién terminada y el aislamiento y boicot internacional. Una asistencia sanitaria por la que se curaron decenas de miles de pacientes hasta el aislamiento definitivo de la enfermedad. Fue cerrado primero en 1997 tras su paulatino desmantelamiento, por el empeño sobre todo de los socialistas de Toledo, y definitivamente hundido en 2005 por incompetentes estatales y autonómicos. Lo que suponía además un brutal atentado contra un patrimonio arquitectónico del que Albacete no anda sobrado por mor de las diversas desamortizaciones, destruyendo un magnífico edificio de estilo racionalista.

Esa clase política nefasta que destruyó el hospital Virgen de los Llanos, privándonos de una herramienta esencial para evitar que la actual o futuras enfermedades infecciosas se conviertan en pandemias, ha sido incapaz en el año que llevamos desde que se conoció la existencia del coronavirus de arbitrar una asistencia sanitaria ante las nuevas olas infecciosas. Lejos de proveer inversiones en este ámbito, pese a abrasarnos a impuestos, han seguido sus nefastas agendas de ideología de género, memoria histórica y otros gastos superfluos, siendo al final la asistencia sanitaria privada quien evita colapsos asistenciales mayores. Pero aún contando con la iniciativa privada que tanto se ha desarrollado, solución ineficaz actualmente pues sólo atiende a criterios mercantiles, el ratio de camas por habitante en Albacete y en toda España sigue siendo muy inferior a los de la etapa preconstitucional.

Son los mismos políticos que no hicieron nada para impedir que el coronavirus chino cruzase nuestras fronteras. Prefieren encerrar y controlar a todo el mundo, desentenderse de los grupos de riesgo, abocar a quien pueda a contratar seguros privados mientras sigue pagando impuestos inmorales, y que sea una vez más la parte sana de la sociedad quien desinteresadamente haga donaciones a los hospitales y trabajadores sanitarios, cosa mascarillas o improvise EPIs.

Sólo recuperando los principios del derecho público cristiano, con la armonización de las iniciativas de las entidades públicas y de la sociedad civil, alejadas del interés mercantilista y desterrando la demagogia del derecho “a la salud”, se puede asegurar una asistencia sanitaria digna y concreta.

jueves, 18 de abril de 2019

Deben desaparecer los partidos políticos

Deben desaparecer los partidos políticos como instrumentos de gobierno y elementos de representación nacional. Representa a la nación lo que en ella es permanente, y bajo algún aspecto se identifica en su propio interés con el interés nacional. Por eso el Tradicionalismo, al separar el Gobierno de la Representación, hizo aquél función de la Soberanía, y entregó ésta a los Cuerpos de la Nación (Corporaciones), a los del Estado y a las clases sociales. Y de la manera más sencilla resolvió el problema político de la organización del Estado, que coronó con el "Señor que no se nos muera". Pero lo hizo no de modo místicamente revolucionario, sino serenamente racional. España sabe hoy por dolorosa experiencia a dónde conduce la captación revolucionaria de la frase de San Francisco de Borja. Quien la proclamó en el orden político sirvió después a "señor que mató". No; el Tradicionalismo tiene "el Señor que no se puede morir" en la única forma posible en política: en la forma de institución. Y así la adoptó, creando la Monarquía representativa hereditaria.

Víctor Pradera. El Tradicionalismo Español. Su ideario. Su historia. Sus hombres.

martes, 5 de marzo de 2019

El historicismo contra la Historia: Puigcerdá, Cabrinetti, liberales y separatistas.


Monumento a Cabrinetti financiado e inaugurado por el Ayto. separatista de Puigcerdá en 2012

Según el profesor de la Universidad de Barcelona Ricardo García Cárcel, una de las características de la irrupción del catalanismo fue que la estética historicista se apoderó de muchas instituciones y proyectos públicos. Algo que lejos enmarcarse en unos cánones tradicionales tiene, a decir del historiador citado, una carga mitológica y determinista que en lugar de venerar la continuidad de la historia pretende ideologizar el pasado de una presunta Cataluña prístina y pura, en todo superior y diferente a cualquier elemento común con el resto de España.

Por eso resulta muy significativo que pese a cierto relato liberal ni el catalanismo primigenio del postrer siglo XIX, ni el nacionalismo del siglo pasado o el separatismo hodierno hayan usado el carlismo para esa retórica historicista. En cualquier municipio catalán que haya tenido un mínimo de relación verdadera o presunta con la guerra de Sucesión a instancia de sus regidores separatistas y con el apoyo de los constitucionalistas se levantará un monolito o placa que retuerza aquellos hechos históricos, agigantando su importancia y enmarcándolos en esa especie de Volkgeist “catalán”, pese a que a inmensa mayoría de los actores de esa guerra no fueron catalanes. Sin embargo el carlismo fue tan significativamente mayoritario en Cataluña como en otros territorios de Aragón, al igual que también lo fue en Castilla, pero por las peculiaridades del entorno de la montaña catalana pudo controlar y hacerse más fuerte que en otros puntos de España, llegando los Reyes legítimos cuando estuvo asegurado el terreno a gobernar disponiendo la restauración foral. Pese a ello las gestas de los carlistas catalanes no forman, a Dios gracias, parte de ese historicismo burdo, que defendiendo en la actualidad las ideologías más disolventes y contrarias a la historia de Cataluña traza un relato idealizado desde la Cataluña feudal de los condes y el principado medieval -donde se aplicaban los peores abusos y “malos usos” contra los trabajadores de la tierra hasta que los Reyes Católicos pusieron fin a dichos excesos- a la guerra de Sucesión -donde la pérdida de los Fueros es efecto de la traición de las instituciones oligárquicas catalanas al juramento que años antes dieron al legítimo Felipe V- y hasta los recientes hecho de la guerra de 1936 en la que el nacionalismo y el anarquismo arrasaron con el patrimonio artístico e histórico catalán y asesinaron a más de 9.000 catalanes en poco más de dos años.

Así las guerras carlistas, que tuvieron muchísima más importancia militar y sobre todo política y social en el Principado que la Guerra de Sucesión, quedan ignoradas y cuando el separatismo se ha de posicionar lo hace netamente por el bando intruso y liberal. Lo hace el pseudohistoriador Oriol Junqueras en su demencial, como todo lo que escribe o dice, libro “Carlinades. El Far West a la catalana”[1]. Y cuando se ha de erigir algún monumento o recuerdo tan del gusto historicista a quien se rinde homenaje es a los liberales. Uno de los mejores ejemplos puede ser Puigcerdà, municipio a los pies de la estación de esquí de La Molina y destino predilecto de vacaciones invernales de los Pujol y la burguesía separatista de Barcelona. Desde 1983 siempre han ganado las elecciones municipales los nacionalistas y desde hace veinte años sólo hay concejales nacionalistas en el municipio. Sus alrededores combinan mansiones y hoteles de lujo con todas las facilidades para las distracciones deportivas de invierno con un ambiente batasunazi, donde el amarillo y los lemas supremacistas y antiespañoles llenan muros de las carreteras de acceso. En ese ambiente y por esos políticos separatistas se erigen dos monumentos que rinden homenaje a los defensores de la ideología liberal con la excusa de los pequeños asedios a que fue sometida a Villa durante las guerras carlistas. En la céntrica “Plaça dels Herois” se levanta un túmulo de indudable inspiración masónica con la fecha de esos asedios, aunque en puridad sólo hubo uno, el de la tercera guerra, los otros no pasaron de pequeñas escaramuzas. En su base se puede leer en catalán una irreal explicación de aquellos hechos con los peores tópicos de la historiografía liberal. Puigcerdá antes de que los deportes de invierno la pusieran de moda y atrajese a los barceloneses no pasaba de tener unas pocas masías alrededor de un recinto amurallado sobre lo alto de una montaña de 1.200 metros y una importante guarnición militar y de carabineros. Los primeros aseguraban la plaza por su condición fronteriza, los segundos el resguardo fiscal y aduanero. Esas guarniciones otorgaban una relativa prosperidad a los habitantes de la Villa. Depurada la tropa y la oficialidad de simpatías carlistas el bando liberal contaba con un ejército regular y continuas movilizaciones forzosas. 500 soldados del Ejército liberal defendieron Puigcerdá, movilizando obligatoriamente a toda la población, concentrada fundamentalmente en la Font de les Monges, que permitía una buena defensa de la plaza por su escarpada orografía. Si la Villa no terminó de ser liberada en las guerras carlistas se debió al hecho de que Francia impidió siempre a los carlistas apostarse en los flancos de la frontera, impidiendo rodear Puigcerdá, mientras que daba apoyo y cobertura a las tropas liberales. Finalmente la llegada por el collado de Toses del General liberal Cabrinetti decidió el repliegue de las tropas carlistas ante la imposibilidad material de avanzar más sobre la plaza. En cualquier caso fue una opción táctica, no un mérito de Cabrinetti, que a la postre sería derrotado por Savalls en Alpens. Fue finalmente Martínez-Campos quien llevando a cerca de 4.000 hombres y artillería a Puigcerdá, además de fortalecer sus murallas aseguró el dominio de la Villa. Muchos de aquellos soldados llegados de todo el resto de España ya se avecindaban en Puigcerdá una vez licenciados, descendiendo muchos actuales separatistas de aquellos militares[2], lo que no dejaba de desmentir el relato nacionalista que señala de una Cataluña étnicamente pura -el anteriormente aludido Junqueras dijo no hace mucho aquella majadería de que “los catalanes son genéticamente más cercanos a los franceses que a los españoles” (sic)- que tuvo que soportar la inmigración masiva del resto de españoles en el siglo XX.
Túmulo masónico en recuerdo del ejército liberal

En fin, se trató de un episodio no exento de importancia estratégica, pero ni mucho menos definitivo o esencial de las guerras carlistas y cuya defensa ni por asomo se asemeja en un ápice a los grandes sitios de la historia de España o a la resistencia del bando nacional en el Alcázar de Toledo o el Santuario de Santa María de la Cabeza[3]. Sin embargo pronto los liberales se afanaron en su idealización, a lo que con mucho entusiasmo se sumaron los nacionalistas. Para que no quepa duda de quién es heredero de quién el ayuntamiento radicalmente separatista de Puigcerdá recuperó el monolito masónico “a los defensores de la Villa”, lanzando contra los carlistas que pretendían la liberación de la Villa y la restauración foral de Principado las peores difamaciones. Cada 10 de abril el ayuntamiento organiza la conmemoración ante dicho monumento, obligando a los bachilleres del instituto de Puigcerdá a acudir al mismo. Al tiempo que en 2012 el ayuntamiento erigió un nuevo monumento a Cabrinetti, mito involuntario como se ha visto de dicho sitio, pues ni dio un solo tiro para su levantamiento ni a lo sumo vivió más de dos meses de su vida en Puigcerdá.

En todo este episodio además se debería añadir un nuevo hecho histórico. Prácticamente contigua a la llamada Plaça del “herois”, frente al túmulo masónico, está la Plaça de Santa Maria, donde se alza imponente una enorme torre campanario y los restos de lo que parece una notable fortificación. Dicho conjunto se haya ensuciado y contaminado de plásticos amarillos que puntualmente algunas Brigadas de Limpieza en la que participan carlistas de la zona se encargan de limpiar y sobre la torre campanario hay una pancarta gigantesca e inaccesible, puesta por el mismo ayuntamiento del túmulo masónico y el monumento a Cabrinetti en la que jalea a los sediciosos separatistas del pasado 1 de octubre. La torre es de los pocos restos de la antigua Iglesia de Santa María, que era la parroquia de Puigcerdá, que comenzó siendo un templo románico iniciado, se dice pronto, en 1178. Dicho monumento fue destruido a pico y pala por las milicias anarquistas en 1936, quienes se dedicaron al asesinato, robo y destrucción de otros muchos elementos del patrimonio arquitectónico. Sobre estos hechos, encarnados por el tristemente célebre anarquista “Cojo de Málaga”, el ayuntamiento pasa absolutamente de puntillas. En cambio descarga sobre los carlistas unos daños que jamás llegó a producir sobre la Villa, y por más que presumiblemente Savalls hubiese aplicado una severa jurisdicción militar sobre los liberales la misma jamás podría tener comparación posible a los hechos criminales protagonizados por los anarquista en connivencia con los separatistas, pese a que antes de la liberación por las tropas nacionales entre ellos se mataron.
Iglesia de Santa María destruida por los anarquistas en 1936
Estos y no otros son los hechos históricos, con sus aristas y limitaciones innatas a la naturaleza humana. Lo de los separatistas son historicismos sobre falsas dicotomías que desconocen la verdadera historia y la Tradición.



[1] Como anécdota de ese impresentable libro en uno de los capítulos señala que tras la primera guerra carlista los municipios catalanes “pedían la instalación de cuarteles de la Guardia Civil”. Pues ahora que apechugue.
[2] En un fenómeno que también se daba en las tropas liberales que se desplegaron sobre Vascongadas. El abuelo de José Luis Álvarez Emparanza, uno de los fundadores de ETA, fue un oficial de caballería castellano asentado en Oyarzun tras la tercera guerra carlista.
[3] En ambos episodios las fuerzas carlistas coadyuvaron a su defensa y liberación.

martes, 29 de mayo de 2018

El Tradicionalismo español del siglo XIX (II)


4. Las dos dinastías.

A la monarquía liberal española del siglo XIX no debe juzgársele por éste o aquel hecho, ni por un reinado bueno, si este reinado hubiese existido. Se la juzga por la desgraciada ruta que para las instituciones monárquicas y para España se siguió desde Fernando VII hasta Alfonso XIII.
A la realeza carlista se la juzga por la continuidad y pureza de su lucha frente a la revolución liberal, por su afán de guardar la libertad española, no obstante el lamentable momento en que Juan III faltó a sus deberes reales de miembro de la dinastía.
(...) Lo que en un principio era casi un movimiento de hombres de acción, una organización de militares más que de políticos, en una palabra, de leales, fue cuajando por propio peso en la restauración de los genuinos valores políticos. Su labor no ha sido labor de investigación histórica, de laboratorio. Tampoco se trata propiamente de un rebrote romántico. Ha sido una larga y sostenida toma de conciencia, a lo largo de todo un siglo, de las características propias de las instituciones sociales y políticas de la tradición, que recogió lo esencial, lo que es acertado en nuestra alma histórica. Frente a las nuevas modalidades y formas abstractas de gobernar que iban surgiendo, primero en el extranjero y luego en España, mantuvieron un pensamiento concreto. Y el pueblo compartió esta actitud, y con esto volvemos a un principio que ya formulamos anteriormente, no porque eran teóricos quienes la fundamentaban o porque Asambleas y Juntas fijasen programas y trazaran directrices. Había un órgano, un elemento, una institución, un poder eminentemente entrañable que se encargó de guardarla y transmitirla de generación en generación: el Rey. Reyes que no representaban a la ciencia, sino a la autoridad; no a sistemas, sino a realidades concretas, con calor y recuerdos. Esta razón de ser, repetimos, explica no solo la superior madurez política del carlismo sobre el mero tradicionalismo doctrinario, sino, en suma, la suprema madurez política de la ortodoxia monárquica, reconocida por los más egregios pensadores de todos los tiempos, sobre la demo-monarquía, que ya es una cuasi-república. Las inconsecuencias también en política, a la larga, se pagan.

5. El tradicionalismo y la revolución.

Desconocen la historia de España los que no ven el carlismo como una fuerza actuante en nuestra vida política. La revolución que trajo el liberalismo avanza en España y triunfa violentamente cuando se cree que el carlismo está agonizante. Como escribe Melchor Ferrer, el periodo lamentable de Juan III es signo de la revolución de 1868. La creencia de que el carlismo ha terminado desgarrado por discordias intestinas en tiempo de Don Jaime es signo de la revolución de 1931. Sólo los que conocen bien el alma española saben que el cálculo de la revolución fue equivocado, y nunca, en los últimos años, surgió más pujante el carlismo que en 1872 y en 1936. 
De Aparisi y Guijarro son las siguientes palabras: "si muere el carlismo, la España de nuestros padres morirá con él". O, como dijo en otra ocasión: "el partido carlista tiene un encargo providencial, siempre que se muestre digno de ese favor de Dios: salvar a España cuando aparezca a los ojos de los hombres que no hay para ella humano remedio". No en vano ha sido "la carta de la catástrofe", la carta que han jugado con predilección los carlistas hasta 1936. El ilustre tribuno que pronunció estas palabras militó, como muchos españoles, gran parte de su vida política en un partido católico, moderado, y sólo fue carlista en los cuatro últimos años de su vida. Un día se levantó en el Parlamento y dijo lo que claramente veía: "los partidos medios se van; todo esto se va. A la postre debe triunfar el partido carlista, y no sólo porque es el más numeroso, el más sano, el más entero, el de más fe, sino porque tiene, como ahora se dice, una solución cuando los demás partidos no tienen ninguna. Por eso debe triunfar, porque es el único que puede salvar". El carlismo, en la política occidental del siglo XIX, representa en cierto sentido lo que representa en otro terreno en las letras, Kierkegaard, Dostoyevski o incluso Nietzsche, pese a la contradicción que entre ellos existe, y, claro está, también pese a las actitudes frente al mismo catolicismo: una determinación radical que en último término en una cuestión de fe. Entre la afirmación y la negación extrema existe una estrecha relación, y el carlismo es un extremo polar, foco de auténtica atracción, como el comunismo, su más crudo antípoda. Afirmación y negación extremas brindadas desde entonces, a las generaciones desilusionadas que inundarán el siglo venidero.

La España de los Reyes Católicos, de los Habsburgos, archicatólica, archimonárquica, architradicional..., que todavía en el siglo XIX se levantaba con el grito tan castizo de "¡Viva la inquisición y muera la policía!", ¿cómo es posible que de golpe, y como por milagro, se hiciera liberal, demócrata, revolucionaria? Una historia oficial, escrita hasta ahora con inspiración y fuente liberal, nos ha impedido ver en toda su trascendencia cómo el carlismo es una clave para comprender nuestra historia. Los valiosísimos trabajos históricos de uno de nuestros mejores historiadores del siglo XIX, Suárez Verdeguer, han puesto recientemente de manifiesto hasta qué punto es trascendental y necesaria la revisión histórica de este siglo que ha solido presentarse desde miras muy parciales. Por lo que respecta a la significación histórica del carlismo, don Ramón de Nocedal decía: "nuestra bandera es anterior y muy superior al Duque de Madrid y al Conde de Montemolín y Carlos V, que nada pudieron darle ni quitarle, sino que recibieron de ella sus derechos a la cuestión dinástica, ideada y planeada por la revolución en daño de nuestra bandera. Los tradicionalsitas de hoy defendemos la misma bandera que los tradicionalistas de 1833 y 1848, con Carlos V y Carlos VI; la misma bandera que los tradicionalistas de 1822 y 1823 defendieron por Fernando VII y en 1827 contra Fernando VII, con evidente razón, a pesar de su legitimidad indisputada; la misma bandera que los tradicionalistas de 1809 y 1812 defendieron contra los jansenistas en las Cortes de Cádiz y en los campos de batalla contra los ejércitos de Napoleón". Esto último habría que subrayarlo de un modo especial, ya que entre nosotros, como insiste ecuménicamente don Eugenio d´Ors, no han existido entre nosotros guerras nacionales propiamente dichas, y con más sutilidad de lo que pudiera parecer a primera vista, afirmaba que la guerra de la Independencia había sido una guerra de Pérez Galdós. Igualmente lo que se ventiló en los campos de batalla de las guerras carlistas, como decía Menéndez y Pelayo y recordaba justamente en el centenario de estas guerras Eugenio Vegas Latapie en Accción Española, "fue una verdadera guerra de religión, que para desgracia nuestra tomó matiz dinástico". Don Antonio Machado decía "... que los españoles se dejarán matar mejor por Jesucristo, o por la libertad, o por el comunismo, que no por España..." "¡Tan universalistas somos!" exclamaba Maeztu, al comentar esta misma idea.
Por algo la "cuestión carlista -y este es otro pensamiento de Aparisi-, más que una cuestión española es una cuestión europea. Es más, mucho más que una cuestión política: es una cuestión social y religiosa; de suerte que en nuestros aciertos o errores está interesada Europa; y si es lícito usar de una fuente atrevida, no sólo están interesados los hombres, sino que lo está Dios mismo".

sábado, 12 de mayo de 2018

El Tradicionalismo español del siglo XIX (I)

En varias entradas extractaremos parte del prólogo del escritor grancanario Vicente Marrero Suárez a la selección de textos que él mismo hizo en "El Tradicionalismo español del siglo XIX", para la colección de Textos de Doctrina Política de Publicaciones Españolas. Dicho prólogo constituye una  síntesis bastante certera sobre la génesis y desarrollo del carlismo, con conclusiones que llegan hasta el siglo XX.

1. Las dos corrientes del siglo XIX: la liberal y la carlista.

Dos grandes corrientes actúan con toda claridad desde los comienzos del siglo XIX en la Historia de España: la liberal y, frente a ésta, lo que se ha llamado primero realismo y más tarde carlismo y tradicionalismo. En toda Europa, aunque el problema no se plantea de un modo tan radical como en España, sucede otro tanto. Tan es así, que historiadores de la talla de Leopoldo Van Ranke y Schnabel ven en la lucha entre monarquía y democracia el nervio central del siglo XIX. Democracia se entiende tal como fue acuñada en la baja Ilustración.
En España estas dos grandes corrientes suelen considerarse como una pugna entre absolutismo y liberalismo, como una lucha entre nuevos sistemas y viejo régimen, lo que fácilmente puede conducir al error. En y en otro bandos la mayoría de los diputados estaban de acuerdo en que debía hacerse una reforma, distinguiendo entre sí en el modo de proponerla.
Así, por un lado, se fue formando el bando liberal, y por el otro, primero, los realistas, con sus posiciones y manifiestos; después, en 1833, Don Carlos declarando la guerra, hasta que llegamos al año 1868, fecha memorable para el sector carlista, al engrosarse con grandes figuras del campo moderado, al mismo tiempo que toma más cuerpo la doctrina y gran pujanza en todo el país. Desde entonces se perfilaron las líneas y directrices que se han mantenido hasta el presente.

2. Realismo, carlismo, tradicionalismo.

La palabra realismo en las fuentes históricas, como dice Suárez Verdaguer, se emplea para designar a la corriente ideológica que desde las Cortes de Cádiz de 1812 hasta la guerra de los agraviados, en 1827, combate el liberalismo en todos los terrenos. La palabra carlismo se usa para ratificar las mismas ideas y los mismos nombres desde el momento en que Don Carlos se constituye en cabeza de esas ideas. La palabra tradicionalismo en muy tardía, y aparece en la segunda mitad del siglo, alcanzando vigencia en los años anteriores a la Revolución de 1868. A partir de esta fecha, los españoles comenzaron a alarmarse ante el auge de la revolución y el presentimiento de la quiebra de la monarquía de Isabel II.
Estas tres palabras, habitualmente se utilizan para designar el mismo hecho, significando confusamente, en el ánimo de la gente, lo mismo. La denominación de realismo cayó en desuso a partir de 1833. (...)
3, La dinastía y las ideas.

Por encima de un sistema, lo que caracteriza en España al campo carlista, si se le compara con otras tendencias tradicionales, fue su sometimiento leal a una dinastía que se consideró legítima desde su principio, que no claudicó, pese a sus muchas dificultades, en el ostracismo y que combatió sañuda y doctrinalmente todo lo que tuviera sabor liberal. Este es el secreto de la suprema madurez política de los carlistas frente a toda otra clase de tradicionalismo: el tener una dinastía que les unía ante las masas. El carlismo representa en el siglo pasado español [se refiere al siglo XIX, nota del transcriptor] a la ortodoxia monárquica, que reúne a los hombres en masas compactas y activas, y a la más estricta ortodoxia católica. Por el contrario, la monarquía liberal parlamentaria, aunque intente cubrírsele con salmodias religiosas, representa un principio, que hunde sus raíces en la honda intranquilidad social que conoció el mundo desde que el protestantismo hizo su erupción en la historia del espíritu de Occidente. María Cristina, como es sabido, se encontró con el dilema de conservar el régimen tradicional, reconociendo a Don Carlos, o de conservar la corona a cambio a cambio de reconocer el sistema liberal. (...)
La monarquía liberal, como la carlista, comenzaba en el trono, pero si la primera terminaba en la puerta del Palacio, la segunda llegaba al interior de los hogares españoles. La dinastía liberal no tenía pueblo; a lo largo de los siglos XIX y XX salió solitaria varias veces de España. El pueblo, en cambio, fue fiel a la dinastía carlista, batiéndose siempre que fue necesario por sus reyes y emigrando con ellos en grandes núcleos.


domingo, 6 de mayo de 2018

Rafael Gambra: Síntesis del Tradicionalismo

Resumiendo este “contenido esencial” del pensamiento tradicional –y del tradicionalismo político- hemos llegado a estas notas o determinaciones más comunes o generales:

-Concepción de la sociedad como comunidad, con un sobre-ti y una “ortodoxia pública” que en el pasado de nuestra civilización fue el régimen de Cristiandad.

-Fundamento familiar de la sociedad, y sentido de pietas patria que alcanza hasta la concepción del poder.

-Estructura corporativa e institucional de la sociedad y jerarquización teleológica.

-Principio general de “subsidiariedad” en la aplicación  del poder con respeto a la global “soberanía social” y a las foralidades locales, territoriales, profesionales.

-Representación orgánica.

Rafael Gambra Ciudad. Tradición o mimetismo
Rafael Gambra luchó en defensa de la unidad católica y la confesionalidad de España. Su doctrina política era básicamente una renovación de los supuestos de Vázquez de Mella. Gambra concibe la vida humana, no como autorrealización o liberación de trabas, sino como entrega o compromiso e intercambio con algo superior que se asimila espiritualmente. Ligado a esto se encuentra la concepción de la sociedad como una organización en el espacio y en el tiempo. La sociedad es una proyección de las potencialidades humanas, incluida la individualidad; y que tiene igualmente una fundamentación religiosa, ya que sus orígenes se encuentran en unas creencias y en una cosmovisión colectiva. Si el hombre es un compuesto de alma y cuerpo llamado por la gracia al orden sobrenatural y, por otra parte, la sociedad emerge como eclosión de la misma naturaleza humana, también la de un poder en alguna manera santo y sagrado, es decir, elevado sobre el orden puramente natural de las convenciones o de la técnica de los hombres.

A partir de tales planteamientos, Gambra defiende una concepción organicista de la sociedad y el régimen monárquico tradicional y federativo. El principio representativo se encuentra encarnado en la corporación. El proceso federativo consiste en la progresiva superposición y espiritualización de los vínculos unitarios, contrapunto del Estado liberal o de la nación sacralizada de los fascismos y de los separatismos nacionalistas. El federalismo es, según Gambra, algo radicado en la misma historia de España, porque en su seno perviven y coexisten  en su superposición mutua regiones de carácter étnico, como la vasca; geográficas, como la riojana; políticas, como la aragonesa o la Navarra. El vínculo superior que las une es la catolicidad y la Monarquía.