Mostrando entradas con la etiqueta Nuestros héroes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nuestros héroes. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de noviembre de 2016

Sanjurjo: La legitimidad del Alzamiento contra la tiranía

SANJURJO: LA LEGITIMIDAD DEL ALZAMIENTO CONTRA LA TIRANÍA

En una anterior entrada glosábamos cómo con la profanación de los restos de los que descansaban en la cripta del Monumento de Navarra a sus muertos en la Cruzada esconde el acto más ideológicamente totalitario: la obligación de asentir ante cualquier imposición de los poderes constituidos, los cuales no respetan ni a los muertos. Frente a esa pretensión siempre se alzó el concienzudo pensamiento moral de nuestros juristas teólogos. Por el contrario los charlatanes de la libertad abstracta acaban imponiendo las meras potestades de turno, con el único criterio del uso de la fuerza pública como medida de moralidad. Se llenan la boca con la libertad religiosa pero profanan tumbas, destruyen templos y prohíben cultos.
Cripta con los restos del General Sanjurjo

La profanación de los restos del Teniente José General Sanjurjo Sacanell es además una afrenta execrable a la Historia de Navarra. José Sanjurjo Sacanell, nacido en Pamplona en 1872 era descendiente de una ilustre saga de militares carlistas navarros.   

Su madre, Carlota Sacanell Desojo, era hermana de dos oficiales del ejército carlista, Enrique y Joaquín, que habían servido en el Batallón de Guías del Rey. Su abuelo materno, Joaquín de Sacanell, agraciado por Su Santidad con la orden de la Espuela de Oro, preciada dignidad de la Santa Sede que llevaba asociada el título de Conde Palatino, había participado en la Guerra de la Independencia, siendo oficial de la Guardia Real de Infantería durante el reinado de Fernando VII. Posteriormente se distinguió mucho por su bravura y pericia en el campo carlista, en el que llegó a mandar, con el empleo de Coronel, el Batallón 4º de la División de Navarra durante la Primera Guerra Carlista, obteniendo dos cruces de San Fernando. Él y su hermano José Antonio de Sacanell, tío abuelo de Sanjurjo, habían empuñado muy jóvenes las armas para hacer frente a los franceses. En 1820 formaban parte de las fuerzas expedicionarias que se preparaban para acabar con la insurrección de las provincias americanas cuando tuvo lugar la sublevación de Riego, pero tras una azarosa fuga consiguen unirse a los jefes fieles a Fernando VII participando en la defensa de Cádiz. Condenados a muerte por el régimen liberal permanecieron presos en las cuatro torres de la Carraca, sufriendo torturas continuas por los liberales hasta el día de su liberación, con la entrada del ejército de los Cien Mil Hijos de San Luis. Poco tiempo después pasarían a servir como oficiales de la Guardia Real de Infantería. José Antonio será nombrado ayuda de cámara de Don Carlos. Detenido el 26 de diciembre de 1832 bajo la acusación de ser el autor de una carta donde se proclamaba a favor de los derechos del entonces Infante, al año siguiente su nombre volvió a salir otra vez a la palestra en una causa seguida contra un grupo de oficiales que conspiraban a favor de los derechos del hermano del Rey. Condenado de nuevo a muerte, consiguió fugarse a Portugal al lado del reclamante Don Carlos, al que acompañaría en todas las vicisitudes de su vida, tanto en los frentes de guerra como en los consejos políticos, hasta darle sepultura en Trieste.
Su padre era el Coronel Justo Sanjurjo, héroe del Ejército carlista de la Tercera Guerra, vencedor de la batalla de Udave contra la columna del liberal Castañón, en el valle de Basaburua, en Navarra, que afianzó el alzamiento carlista, aunque murió en la batalla. Tenía entonces José dos años.

Empezó José Sanjurjo su carrera militar en la guerra de Cuba, siendo varias veces condecorado y gravemente herido. El abandono de las Españas de Ultramar fue un durísimo golpe para Sanjurjo, que a lo largo de su vida pesará en su ánimo, redoblando su patriotismo y desconfiando de la diplomacia y de la clase política liberal.[1] Con el empleo de comandante de regulares fue premiado por su acción en el combate de Beni Zaiem (Tetuán) el 1 de febrero de 1914. En la reconquista del territorio perdido en Melilla después del desastre de Annual alcanzó el grado de General de División. En 1922, estando al frente de la comandancia militar de Larache, investigó los casos de corrupción en la Intendencia e Intervención militar, acabando tajantemente con ellos. Nombrado jefe de operaciones del desembarco de Alhucemas, el ejército expedicionario bajo su mando consigue una importante victoria en la que es estudiada y alabada en las más importantes academias militares del mundo como la primera operación anfibia de la historia. Antes de acabar el año es nombrado alto comisario de España en Marruecos, convirtiéndose así en la máxima autoridad del Marruecos español. Después los duros años de combates en el África española, donde Sanjurjo se gana el sobrenombre de El León del Rif,  fue nombrado Director General de la Guardia Civil en 1928.

La sociedad navarra sigue con muchísima atención todos los acontecimientos de la guerra de África. Hermilio de Olóriz, que con cierta exageración cantaba las glorias de Navarra y representaba un fuerismo acérrimo (hay quien lo llama “independentista navarro”) junto a Fructuoso Munárriz llenan la prensa local de ardorosas soflamas belicosas y patrióticas. Muchos mozos navarros marchan a aquella guerra, con ciertos tintes de lucha civilización contra el islam. Tuvo destacado protagonismo por ejemplo el pamplonés Genaro Imaz Echeverri, uno de los fundadores de la Legión, padre del Comandante Joaquín Imaz Martínez, asesinado por la banda terrorista ETA el 26 de noviembre de 1977. Para celebrar la pacificación de Marruecos y el África española se lanza la idea de erigir un monumento a Sanjurjo por una asociación creada ad hoc que abre una suscripción popular. Rápidamente se obtienen los fondos para el mismo, siendo inaugurado el 13 de julio de 1929, acto al que no pudo asistir el homenajeado a causa de una enfermedad, acudiendo su hijo en representación del General y una enorme multitud de vecinos. Durante el franquismo el monumento acrecentaría su carácter simbólico, pues la figura de Sanjurjo era para los carlistas, especialmente para los navarros, la del verdadero organizador del Alzamiento, mientras que el franquismo imponía su narración de aquellos acontecimientos históricos limitándose a nombrar a Franco como Caudillo y a engrandecer la figura de José Antonio como el Ausente. El conjunto monumental estaba compuesto por un monolito de piedra en el que se inscriben los relieves alegóricos en mármol de un hombre y una mujer que ofrecen su homenaje al General Sanjurjo, cuyo busto en bronce, actualmente retirado, culminaba la estructura. Su autor, el roncalés Fructuoso Orduna daba buena muestra en él del clasicismo realista que caracteriza la mayor parte de sus retratos y bustos, predominando la sobriedad y contención clásicas, a las que añade sus conocimientos de anatomía y el estudio concienzudo de los modelos.

El 26 de junio de 1972 se celebraba en Pamplona una importante cita cultural, Los Encuentros. Bajo el mecenazgo de la familia Huarte (que sería perseguida y extorsionada por ETA en los años posteriores). Se dieron cita en Pamplona los principales autores españoles e internacionales de las vanguardias artísticas. Los Encuentros fueron inaugurados por el alcalde de Pamplona Javier Rouzaut, que cedió los locales públicos para su desarrollo. También hubo una muestra específica y monográfica de Arte Vasco. Un artefacto explotó la noche de la inauguración de los Encuentros en el monumento a Sanjurjo y otra bomba estalló en el transcurso de los mismos frente al Gobierno Civil. Al día siguiente del estallido de la bomba, en medio de una enorme crispación los carlistas intentaron llevar margaritas y rosas rojas y gualdas hacia el monumento, pero la Policía Armada, que acordonaba la zona lo impidió, viviéndose momentos de tensión entre los agentes y los carlistas que improvisaron marchas de protesta ante la Diputación y Ayuntamiento. Las autoridades intentaron apaciguar los ánimos. 
Revista carlista QUINTILLO, 5 de abril de 1964

El día 10 de agosto de 1932 el General Sanjurjo intenta un primer alzamiento armado contra el régimen republicano. Para Fal Conde significó lo siguiente: «Era necesario un primer intento de sublevación contra el poder constituido y necesitaban también los espíritus templarse en la tribulación. Sin 10 de agosto de 1932 no hubiera habido el Alzamiento del 18 de julio de 1936, ni victoria de 1939. […] Si el 10 de agosto fue la preparación del 18 de julio, la presencia del Carlismo al lado de los perseguidos le había atraído medios de poder concebir sin quimera una sublevación carlista». Durante este alzamiento murieron los estudiantes carlistas Justo San Miguel y José María Triana cuando intentaban tomar el Ministerio de Guerra y el Palacio de Comunicaciones. Fracasada la conspiración, fue condenado a muerte, en medio de una gran movilización a su favor (llegó a interceder ante el gobierno la madre del Capitán Fermín Galán). Su sentencia fue conmutada por la pena de prisión en el Penal del Dueso y luego en el Castillo de Santa Catalina de Cádiz. Finalmente fue desterrado a Portugal..Numerosos carlistas fueron encarcelados: Manuel Fal Conde, Enrique Barrau, Bravo Dunipe, López Hierro, José García, Díaz Domínguez, Eugenio Garrido, Eduardo Benjumea, Antonio Maestre, Jesús Evaristo Casariego, Rincón y Ruiz de Castro. La lealtad de los carlistas fecundó la profunda relación entre Sanjurjo y la Comunión Tradicionalista. Pronto, la amistad entre Fal Conde y Sanjurjo fue más que un hecho: el General Sanjurjo enviaba, en mayo de 1936 por mediación del Infante Don Javier (más tarde Rey Javier I), el testimonio de su devoción y su homenaje al Rey Alfonso Carlos y el 18 de julio España se levantaba contra la República. Sanjurjo fue el jefe indiscutible del Alzamiento Nacional del 18 de julio, preparándolo desde el primer momento frente a la duda de muchos militares; acertó a unir al Ejército y al Requeté para ir juntos a la contienda. Él mismo intercedió personalmente con Manuel Fal Conde y Don Javier de Borbón para el cumplimiento de los mínimos exigidos por la Comunión Tradicionalista (única organización política que participó en los preparativos de la Cruzada) para el Alzamiento, a saber: restauración de la bandera de España, roja y gualda; confesionalidad católica y proscripción del parlamentarismo frente a las tendencias democráticas, laicas y republicanas de muchos militares.

El 20 de julio de 1936, cuando Sanjurjo despegaba desde Estoril para ponerse al frente de la sublevación para la liberación de España de la amenaza comunista la avioneta en sufrió un accidente en el despegue y falleció. Desde el 17 de julio de 1961 sus restos descansaban en el Monumento de Navarra a sus Muertos en la Cruzada, inaugurado nuevamente en medio de un gran entusiasmo popular. Don Marcelino Olaechea se encontraba entre los primeros promotores de dicho conjunto para honrar la memoria de los navarros que ofrecieron su vida en todos los frentes de España por la libertad de la Iglesia. En entonces Arzobispo, Don Enrique Delgado Gómez, insistía sobre el carácter fundacional. Desde el principio el monumento mostraba sus singularidades frente a la institucionalización del culto “a los caídos” de inspiración falangista que había acogido el franquismo. Lo que costó no pocos enfrentamientos con los gobernadores civiles de turno. Pero finalmente se hicieron valer unos estatutos canónicos que impidieron toda intromisión del poder político de turno… hasta la actualidad, en que un arzobispo que, para mayor vergüenza fue castrense, se ha rendido a las pretensiones de un alcalducho proetarra. Y es que ETA desde muy pronto lanzó su intención asesina y criminal contra dicho Monumento y ya en 1963 puso dos bombas contra el mismo.
La figura del Teniente General Sanjurjo, junto a sus glorias militares, representa la personificación de un deber moral de resistencia frente a los poderes ilegítimos y el sacrificio personal por la libertad de la Iglesia y de la Patria. Sin su decisión, y tras mucho derramamiento de sangre, la Iglesia no fue exterminada en España y sobre nuestra Patria no se instaló una dictadura soviética. Su prematura muerte determinó que el alzamiento derivase puntualmente por otros derroteros distintos a su espíritu inicial. Pero en eso no tuvo responsabilidad alguna la egregia figura del Teniente General José Sanjurjo Sacanell, que siempre será gloria y honor de la historia de Navarra.



[1] S.M.C. Carlos VII escribiría a su ayudante el General Sacanell (tío abuelo de Sanjurjo) a propósito del hundimiento de la flota en Cavite unas palabras que reflejaban muy bien la opinión del propio Sanjurjo: “Las llamas que consumían nuestros barcos, irrisoriamente protegidos en aquella bahía indefensa que tan a poca costa podía haberse hecho inexpugnable, han iluminado con siniestros resplandores la criminal imprevisión de los Gobiernos de la regencia, enseñando al mundo entero la ineptitud de los que explotan a España más que la gobiernan. ¡Qué cadena de crímenes de leso patriotismo es la cuestión colonial!”.

viernes, 1 de abril de 2016

Una mujer carlista: María Rosa Urraca Pastor (II)

María Rosa ingresó en las margaritas y aceptó liderar la Agrupación de Tradicionalistas Vascas, comenzando una carrera como propagandista que la haría famosa durante el primer bienio republicano. El 11 de mayo, al asistir a una reunión de ACM en la bilbaína parroquia de San Vicente, fue detenida por la policía, junto al resto de sus compañeras, acusada de promover una reunión clandestina contra la República. Ella argumentó que habían sido convocadas mediante un engaño, pero el gobernador le impuso una multa de 500 pesetas, abriéndose una suscripción popular de 10 céntimos por persona, en la prensa carlista para abonarla. Finalmente, la multa fue retirada y el dinero recogido se ingresó en la beneficencia; María Rosa, desde ese momento, se vio «colocada en una plataforma frente a la República». En sus discursos afirmó que muchos votos que habían convergido en las candidaturas republicanas habían esperado otro tipo de régimen, ya que el presente se alejaba de la esencia y del ser de España, al atacar a la Patria, la Religión y la Familia.

El carlismo comenzó a resucitar de sus cenizas a partir de esos años, comenzando un proceso de reunificación, entre sus escisiones mellistas e integristas. Tras la muerte del Marqués de Villores, el Rey Alfonso Carlos I nombró una Junta Suprema Nacional, cuyo presidente fue el Conde de Rodezno, partidario de la participación parlamentaria y de la unión electoral con otros grupos afines, como los monárquicos no legitimistas. La Comunión Tradicionalista Carlista relanzó sus agrupaciones femeninas convirtiéndolas de asociaciones católicas caritativas en secciones de un enorme activismo político y militante. El origen de las margaritas debe retrotraerse al periodo cronológico (1872-1876) en el que tuvo lugar la Tercera Guerra Carlista, y a una figura específica que sirvió como referente, tanto como símbolo como en la adopción del nombre con el que fueron denominadas: Margarita de Borbón, primera esposa de Carlos VII, quien desempeñó labores de asistencia sanitaria a los heridos en los hospitales de campaña y organizó centros de beneficencia por lo que fue tildada como Ángel de la Caridad. Las mujeres de destacados carlistas habían creado en esa época Juntas de Damas Católico-Monárquicas, pero sin el carácter popular y llano que tendrían las asociaciones de margaritas.

No solo las circunstancias exteriores favorecieron el papel de las tradicionalistas —como la concesión del voto a la mujer, apoyado por los diputados tradicionalistas y combatido por los izquierdistas— sino que surgió un importante número de mujeres católicas que se distinguieron como propagandistas por la Causa, beneficiando el crecimiento de la Comunión de tal manera que los líderes carlistas reconocieron e impulsaron su trabajo. Entre ellas —Mercedes Quintanilla, Carmen Villanueva, Clinia Cabañas, las hermanas Balaztena— destacó María Rosa Urraca Pastor. Pronto se unió a la Agrupación de Defensa Femenina que, en la zona vasconavarra, asoció a margaritas, mujeres de Renovación Española como su gran amiga Pilar Careaga –que sería la primera mujer que obtiene el título universitario de ingeniería en España y de patrón náutico; tras la transición sufrirá un atentado de ETA que le dejó severas secuelas, fruto de las cuales moriría al poco tiempo- y, durante un tiempo, a las emakumes del Partido Nacionalista Vasco. Esta asociación de mujeres católicas fue creada en Bilbao y en su primer acto público, celebrado en noviembre de 1931, se encargó a María Rosa la explicación de su programa inicial. El verdadero peso, tanto cuantitativo como cualitativo de la organización lo llevarían las margaritas.
María Rosa Urraca Pastor oradora en el mitin carlista de Guernica 

La dirigente católica pronto incidió en la vida política nacional por su enorme capacidad de trabajo y su labor como propagandista, llegando a realizar 50 mítines en cuatro meses. Participó en grandes concentraciones organizadas por la Comunión Tradicionalista, como la realizada en el Frontón Euskalduna de Bilbao, el 17 de enero de 1932, ante más de 10.000 carlistas, junto a Marcelino Oreja y Joaquín Beunza. Militantes socialistas provocan a los asistentes al mismo, produciéndose incidentes, saldándose la jornada con tres socialistas muertos por heridas de bala. Más de treinta carlistas son detenidos y las izquierdas convocan una huelga general en Vizcaya donde son incendiadas varias iglesias y se llama a la violencia contra los carlistas. La propia María Rosa sufre un tiroteo. Asimismo, fue invitada por Círculos locales y regionales, cuya organización y difusión animó a intensificar, hablando ante mujeres, obreras y jóvenes, en conferencias diferentes. Entre marzo y junio de ese año, Acción Católica de la Mujer en Andalucía organizó diversos actos públicos en protesta por la política antirreligiosa del Gobierno republicano-socialista, a los que invitaron a actuar como oradoras a Pilar Careaga y a María Rosa. También fue invitada a hablar en locales de Acción Nacional, hasta que se produjo la ruptura con los seguidores de Ángel Herrera Oria, a los que los carlistas acusaron de accidentalistas, cuando directamente de republicanos o vendidos.

Su manifiesto antirrepublicanismo y su importancia como oradora motivaron que las izquierdas la tuvieran en su punto de mira político. Indalecio Prieto, en un artículo publicado en El Liberal, anunció que «los cavernícolas ya han encontrado su miss». Las multas gubernativas a asistentes a sus mítines, por motivos de altercado público ocasionado por las luchas entre sus detractores y sus defensores —con muchos enfrentamientos armados de por medio— fueron continuas durante el quinquenio republicano. Los insultos en la prensa, tildándola de urraca, carcunda y retrógrada, también abundaron. En una ocasión, con motivo de una de sus conferencias, hubo un altercado entre margaritas y un grupo de mujeres liderado por la diputada Clara Campoamor, que finalizó con la detención de dos carlistas. Los requetés la recibían con gritos de «¡Viva Miss Cavernícola!» en sus actos públicos, tomando son sana guasa las invectivas de la izquierda, afirmando que la caverna era la decencia, la honradez, la virtud, la vida ejemplar y la defensa de la religión y la tradición. Ella afirmó su convicción monárquica continuamente, llegando a visitar a los reyes legítimos en varias ocasiones, manteniendo sobre todo con la reina María de las Nieves, cierta correspondencia. Precisamente por ello, en varias ocasiones sus mítines fueron prohibidos por las autoridades republicanas, bajo la excusa de que no se podía ceder locales municipales a enemigos del régimen. Ella no se amilanó, y en Sanlúcar la Mayor proclamó públicamente el convencimiento general de numerosos españoles de que Azaña y su gobierno eran moralmente —si no legalmente— responsables de Casas Viejas, lo que le valió una fuerte multa.
Urraca Pastor en el centro con la boina blanca de las margaritas carlistas

Su preocupación por las mujeres, además de la necesidad de aclarar su postura ante la nueva coyuntura que a las mismas se les ofrecía, hizo que en numerosas conferencias aludiera a la posición que debían tener ante la República. En Gijón afirmó que las españolas no estaban representadas en las Cortes y resultaba evidente que hacía falta que estuvieran. Las tres diputadas existentes entonces no tenían «alma española», por lo que no contaban, resultando evidente que las futuras candidatas tradicionalistas, al poseerla, eran las que debían ser llevadas por las mujeres al Parlamento. Las españolas auténticas eran católicas, por lo que, ante la política antirreligiosa republicana, debían asumir su papel y votar en conciencia. En Santander afirmó que había llegado el momento de que las mujeres descendieran de las gradas del templo y salieran a la lucha política. Por ello, resultaba necesario que las mujeres se unieran a los hombres para levantar y hacer resurgir España, pueblo bueno y honrado envenenado por propagandas malsanas . No querían puestos ni mandos, pero estaban dispuestas a amparar y proteger a sus hijos. Y en esa marcha emprendida, ya nadie las había de contener. En Santander no dudó en animar a sus oyentes a dejarlo todo —el hogar, las comodidades— como sacrificio necesario, para proclamar la verdad entre las mujeres del pueblo sobre las infamias republicanas que, a la larga, las convertirían en esclavas de todos los apetitos masculinos. En Madrid afirmó que varias coronas ceñían la frente de la mujer: la de profeta —su intuición— que preveía el porvenir, al ver más allá que los hombres, ya que su corazón les anticipaba los acontecimientos; la del ángel tutelar, al ser madre de familia y madre de la sociedad. En ese mismo discurso, defendió el voto femenino en las futuras Cortes tradicionalistas, que debían elaborar una legislación adecuada para la mujer.
No solo recorrió España participando en mítines y conferencias, sino que escribió numerosos artículos en El Pensamiento Navarro, El Pensamiento Alavés, La Voz de España de San Sebastián, El Norte de Castilla, La Unión de Sevilla y el Boletín de Orientación Tradicionalista, entre otras publicaciones tradicionalistas y católicas. Ya en el verano de 1932, la destacada labor política de Urraca Pastor fue reconocida por los más importantes líderes carlistas del momento, como Lamamié de Clairac, Víctor Pradera y Salaberry que elogiaron su figura en el banquete-homenaje que organizó el Centro Femenino Tradicionalista de Madrid, el 12 de julio. Asistieron, no solo la cúpula de las margaritas madrileñas, sino también el Conde de Rodezno, Torre Letieri, Chicharro, Senante, Ansaldo, Arauz de Robles, entre otros. Era el «símbolo de las mujeres españolas que salen a la lucha política cuando hacen falta». Días más tarde, la prensa tradicionalista continuaba adhiriéndose al homenaje, calificándola de «don providencial de la España genuina», semejante a Agustina de Aragón, síntesis de la «belleza moral inmarcesible de la mujer española, corazón vivo de la fe y la tradición de la patria». Desde la Reina Margarita, no había habido una mujer que fuera halagada y encumbrada por los tradicionalistas de esta manera. La revista femenina y monárquica Ellas —unión de damas alfonsinas y carlistas— se unió, igualmente, al homenaje a la oradora.

Al igual que otras figuras del carlismo, Urraca Pastor no olvidó referirse al problema social en sus conferencias, muchas de las cuales se dirigieron exclusivamente a obreros. Criticó al liberalismo, por haber convertido al trabajador en una máquina y a su trabajo en mercancía, defendiendo la vuelta a la tradición como solución para sus males, aplicando la doctrina social cristiana. En ese sentido, al igual que otros oradores, insistió siempre en animar a los empresarios a cumplir con sus deberes cristianos, y a los más ricos a emplear su dinero socialmente. Criticó la nueva legislación laboral, al ser incompleta para las obreras, pues, a pesar de la conquista de 8 horas de trabajo, cuyo primer precedente en la historia venía en la legislación social de los Reyes Católicos, extendida al Nuevo Mundo a través de las Leyes de Indias, resultaba falsa la pretendida igualdad con el hombre, ya que este, tras la jornada laboral, pasaba a la de ocio, mientras la mujer continuaba trabajando en el hogar y la familia. Manifestó a los trabajadores que el tradicionalismo era enemigo de la lucha de clases y, de esta manera, se unió a los esfuerzos de otros dirigentes, como el diputado ferroviario Ginés Martínez, por impulsar las secciones obreras carlistas.

En el primer trimestre de 1933, las actividades de la Comunión Tradicionalista aumentaron al calor del debate de la ley de Confesiones y la proximidad de elecciones municipales. Se organizaron grandes conferencias, que se transformaron en auténticas concentraciones masivas, como la del diputado Lamamié de Clairac en el Monumental Cinema de Madrid, el 29 de febrero, y la de María Rosa Urraca en el cine Ópera de la capital el 5 de marzo. En la misma volvió a insistir en la identificación de la República con la antiEspaña —pues había destruido el patriotismo—, con el engaño—los republicanos habían mentido a los obreros y ahora estos reclamaban las promesas incumplidas— y, en consecuencia, con el desorden social y moral, pues estaban intentando destruir los pilares de la nación: la religión, la familia y la propiedad, fomentando la revolución social. Atacó igualmente a los católicos posibilistas, accidentalistas y moderados, confiando en el Gobierno de minorías selectas, en la doctrina tradicionalista y exhortando al cumplimiento de la doctrina social católica.
Escarapela de las Margaritas carlistas

En los meses siguientes, el Gobierno perdió las elecciones municipales y las del Tribunal Constitucional. Ante las elecciones a Cortes, María Rosa fue propuesta e incluida inicialmente en la candidatura Católico-Agraria de La Rioja, con el objetivo de atraer el voto femenino, pero el intento quedó cortado por el veto del cacique Tomás Ortiz de Solórzano. Finalmente, María Rosa se integró en la candidatura Unión Regionalista Guipuzcoana, junto a Ramiro de Maeztu, Antonio Paguaga Paguagua y Agustín Tellería. El diario republicano La Voz de Guipúzcoa bautizó a la misma, el 20 de noviembre de 1933, con el mote de «candidatura de la Edad Media, típicamente troglodita» por incluirse a don Ramiro y doña Urraca. Las elecciones otorgaron la victoria a los candidatos del Partido Nacionalista Vasco que obtuvieron 5 escaños, siendo el sexto y último para Ramiro de Maeztu. En séptimo lugar se situó Urraca Pastor, la cual obtuvo 31.618 votos, a solo 1.702 de su compañero de candidatura. Su reflexión personal sobre el resultado fue comunicada a la reina María de las Nieves de Braganza, a los pocos días, en carta particular:

«Yo no quería ir a las elecciones. Creo que nuestra postura más gallarda y más consecuente hubiera sido la abstención. Pero se dispuso lo contario. Y yo, aunque pensaba que a la Comunión no le convenía en modo alguno que a mí me derrotasen, y que de presentarme debían hacerlo con todos los respetos y con todos los honores, por disciplina, como siempre, me puse sin condiciones a disposición del Secretariado. Mientras todo el mundo, censurando el egoísmo de los hombres, afirmaba que yo debía ir en la candidatura de Navarra o en otra de absoluta seguridad, mi nombre rodaba como el de una bailarina por todas las candidaturas de España, oponiéndose el veto de los amigos de Gil Robles y sin que los tradicionalistas tuvieran el valor de mantener mi derecho… Por fin, me incluyeron en la candidatura de Guipúzcoa.

Íbamos cuatro en la seguridad de que, a lo sumo, podríamos salir dos y habiendo garantizado previamente los tradicionalistas a Renovación Española que saldría su candidato Ramiro de Maeztu porque ellos traían el dinero. Así ha sido; yo he ido en la candidatura (colocada en último lugar) de comparsa y de reclamo. Con nuestro trabajo, con nuestra propaganda —ha sido agotadora— y con los votos de los carlistas, ha salido el Sr. Maeztu, gracias, naturalmente, a determinadas combinaciones que han hecho posible que un intelectual, al que nuestros ideales (el grueso de la votación) no querían oír hablar porque le consideran liberal, tuviera más votos que yo. Es decir —Señora— que la Comunión Tradicionalista me ha vendido por unas miserables pesetas. Y mientras al Parlamento irán una porción de señores desconocidos (…) la única mujer que les convenía haber mandado se queda sin ir».

En esa misma misiva, María Rosa ya solicitó abiertamente a la Reina que influyera en Alfonso Carlos I para reorganizar, cuanto antes, la Comunión. El peligro de que se consolidara la República con el triunfo de los accidentalistas católicos de la CEDA resultaba evidente, y en caso contrario la nación caminaría hacia el fascismo, sobre todo su juventud. Acusó del desastre a los jefes carlistas, a los que tildó de indolentes y pesimistas; resultaba necesario hablar a los jóvenes de corporativismo y todavía no se había organizado la gran asamblea de Juventudes Tradicionalistas en Madrid. Basaba sus críticas en la experiencia directa con las masas carlistas de los dos últimos años.
 Doña María Rosa en otro acto carlista

En los siguientes meses continuó su labor propagandística, visitando Cuenca —abandonada a la Causa desde la Tercera Guerra Carlista— donde logró organizar un núcleo de requetés y margaritas; continuó en la primavera por el Levante, confirmando el resurgimiento de centros legitimistas en Castellón, Valencia, Alicante y Murcia, asombrándose de la cantidad de afiliados en localidades como Orihuela. A sus conferencias a los obreros solicitaron asistir incluso algunos comunistas, sindicalistas y anarquistas locales, ante el asombro de María Rosa. En Valencia fue enorme la masa trabajadora que la recibía en la Casa de los Obreros San Vicente Ferrer. En sus cartas a María de las Nieves, volvió a insistir en la necesidad de buscar nuevos dirigentes y anular puentes políticos con los cedistas y agrarios:

«La región levantina, en general, está bien para nuestra Causa. Derecha Regional Valenciana es un partido político más, al servicio de la soberbia de Lucia que, a su vez, sirve a Cambó y domina a Gil Robles. Yo estoy convencida de que de ellos, como de todos los afiliados a la CEDA, tenemos que prescindir. Están todos de la manía de la accidentalidad de las formas de gobierno y terminan todos, indefectiblemente, en republicanos, si la República da enchufes… Son vulgares conservaduros. Nosotros atravesamos allí —sobre todo en Castellón— como en toda España, por una crisis de cabezas, y, como consecuencia, desorganización. Pero confiemos en que Dios, que nos da la masa, inspirará también a los dirigentes».

A partir de esos momentos, la dirigente de las margaritas se unió a quienes ya, desde hacía tiempo, dentro de la élite carlista solicitaban un cambio en la dirección del movimiento, atacando directamente la política pactista, parlamentaria y lenta del Conde de Rodezno y de viejos dirigentes locales. A esas alturas y tras la expansión lograda en los dos últimos años, los críticos —a la cabeza el diputado Lamamié de Clairac— alzaron sus voces definitivamente, pues la estructura organizativa semejaba una confederación de jerarquías locales, escasamente controladas desde un poder central, por lo que resultaba inoperante para un movimiento político de implantación nacional. Los líderes legitimistas del sur comenzaron a criticar el monopolio político de los del norte, presionando directamente ante el Rey, al que mostraron la fortaleza de sus juventudes, a las que se unieron los jóvenes legitimistas navarros, los cuales se declararon saciados de legalidad y de una dirección de ancianos junteros. Precisamente, por esos meses habían comenzado las primeras actividades conspirativas, enviando a Roma una delegación de carlistas y alfonsinos que recibieron instrucción militar en las academias militares fascistas, pero el movimiento crítico exigió la destitución del Conde de Rodezno como líder político, especialmente por haberse doblegado, a su entender, ante los partidarios de Alfonso (XIII). El Rey Alfonso Carlos aceptó el cambio generacional y estratégico, nombrando a Manuel Fal Conde como secretario general de la Comunión Tradicionalista el 3 de mayo de 1934.

Fal Conde, en abierta sintonía con Urraca Pastor, intentó fomentar especialmente la participación de las margaritas en la Comunión, frente a la labor de las ramas femeninas de Acción Católica, más ligadas, en su opinión, a la CEDA y al proyecto posibilista de Herrera Oria. Se les encomendó la captación de mujeres católicas pero también su formación como féminas tradicionalistas, por lo que debían ser monárquicas y fervientes propagandistas. María Rosa continuó su infatigable periplo por España, participando en las inauguraciones de Secciones Femeninas de los Círculos Tradicionalistas. Las actividades de las margaritas, de una práctica católica innegable, debían ayudar a evitar la condena de la Comunión por parte de Roma, a semejanza de la de Acción Francesa, uno de los temores de algunos dirigentes de la organización a partir de esos momentos. Más allá del oportunismo electoral de un primer momento, la mujer llegó a ser presentada, en manos de la jerarquía de la Comunión, como la única capaz de salvar la Patria amenazada y la Religión perseguida. De ahí que se ansiara buscar en ella a la perfecta propagandista —a imitación de Urraca Pastor—, que en la prensa, tribunas públicas, trabajos de organización y actos de propaganda defendiera los altos intereses morales y materiales, contribuyendo en la medida de sus fuerzas a la salvación de España, contra la ola secularizadora y revolucionaria. Precisamente, Fal Conde había declarado, tras las elecciones de 1933, que no habían sido las derechas sino las mujeres quienes habían triunfado en las urnas, llegando a decir a los tradicionalistas que debían votar como las mujeres, si querían comportarse como hombres.
En estas Secciones Femeninas se mantuvo el espíritu de continuidad en el fomento y defensa de los principios esenciales que sirvieron de pilares de la Comunión, al igual que los padres transmitían a sus hijos varones. Su nuevo reglamento, surgido a finales de 1935, reconoció como jerarquía política a la de la Comunión, encargada del nombramiento de todos los cargos directivos.

En el mismo, se estipuló como fin la promoción de la formación femenina, bajo los principios de la Tradición, prestando apoyo moral y material a todos los afiliados, preparando su organización en forma que pudiera contribuir en cualquier momento a su lema Dios, Patria y Rey. De esa manera, según el Boletín Oficial de la Comunión Tradicionalista, a las mujeres carlistas se les confió una Gran Cruzada Espiritual: educar a los hijos, difundir propaganda de los santos ideales, formar grupos de estudio en los círculos, dirigir escuelas nocturnas para los obreros, organizar actividades caritativas entre los pobres y los desempleados, regentar el Socorro Blanco para consuelo de los carlistas perseguidos o encarcelados y a sus familias.

La misión educativa fue reconocida como el deber más importante de las margaritas, ya que uno de los campos de batalla entre el comunismo y la civili-zación cristiana más importante era la escuela. Se debían encargar, por lo tanto, de la educación de los hijos de los carlistas, por lo que se recomendó que ejercieran actividades como la visita a la familia donde naciera un futuro requeté o margarita, regalándoles una boina o una margarita. Con ello el pequeño quedaba dado de alta como aspirante en la asociación correspondiente. Todos los años debían felicitarle por su cumpleaños y, cuando la edad lo permitiera, se debía fomentar su reunión diaria o periódica con otros hijos de socios y amigos, organizando juegos diversos, orfeones, cuadros artísticos, grupos de baile... Pretendiendo, de esta manera, mantener vivo el culto a la Tradición, conservando lo típico y castizo de cada región. En octubre de 1934, María Rosa animó a las margaritas a adoptar a los huérfanos que había dejado la Revolución asturiana, comprometiéndose a educarlos en una familia católica que les proporcionara carrera, profesión u oficio conveniente.

Conforme la situación política comenzó a radicalizarse, la actuación del Socorro Blanco fue más importante, la cual fue fomentada en escritos y discursos por Urraca Pastor. Fue una institución creada para la asistencia material y espiritual a los carlistas perseguidos o presos, y a sus familias, con visitas a las cárceles, tarjetas y cartas de adhesión a los atropellos por venganzas políticas.

La institución fue encomendada a las Juntas Locales Femeninas, cada una de las cuales debía tener su sección de Socorro, dependiente todas ellas del Secretario Central Femenino. Para lograr una dotación económica especial para sus gastos, se ordenó que —además de cuestaciones y donativos— se divulgaran los «sellos de cotización», obligatorios en la correspondencia oficial, y que todos los carlistas debían utilizar en sus cartas. Durante la Guerra Civil, esa estructura les serviría tanto para organizar la participación de la mujer tradicionalista en la España nacional, como para facilitar redes de apoyo clandestinas en la zona del Frente Popular, respondiendo, en la medida de sus posibilidades, a los efectos de la represión política. Paralelamente, ejercieron, como ejemplo de católicas, la caridad cristiana, materializada en roperos, cocinas económicas, oficinas de colocación, reparto de juguetes para niños pobres, visitas domiciliarias… en muchas de las cuales participó Urraca Pastor. Organizaron veladas de oración a la Virgen y los Santos, rosario en los salones de las Asociaciones, recogida y distribución de limosnas.

Paralelamente a esta labor social, las margaritas protagonizaron una Cruzada Espiritual de oración, sacrificio y penitencia, impulsada desde la prensa por Urraca Pastor. En abril de 1936, se aconsejó a las damas tradicionalistas que intensificaran de manera especial los actos de culto y piedad a raíz de la gravedad de las circunstancias por las que atravesaba la patria. El Vía Crucis fue el acto público más organizado, además de los rosarios y novenarios, a los que se sumaron los ayunos, penitencias y visitas al Santísimo de carácter particular.

Al mes siguiente, la respuesta de la Juventud Femenina de Acción Católica fue la preparación de una Gran Semana del Evangelio, en donde se implicaría a la mayor parte de la población posible, pero las autoridades prohibieron tal acontecimiento, así como la celebración de su III Asamblea Nacional.

Finalmente, la formación de una mujer tradicionalista como educadora, orante ferviente y generosa samaritana se completó con la faceta de propagandista de los santos ideales. Las margaritas organizaron actos públicos, fomentaron los círculos de estudios y la divulgación del ideario en impresos, desplegando la palabra oral o escrita como arma de combate en la lucha política y social declarada, con el fin de que sus ideales fueran siempre Cruz, Bandera y Corona.
Carta al director de La Vanguardía de Barcelona, de Urraca Pastor, del 5 de noviembre de 1982, reafirmando su inquebrantable carlismo

A comienzos de 1936, se realizó un recuento de las asociaciones de margaritas, saldándose con la cifra de 23.238 integrantes, aunque debe subrayarse la ausencia de datos de muchos centros, por lo que el número de margaritas total pudo ser un poco mayor. Se apreció tres grandes grupos de provincias: aquellas con un gran número de militantes y de agrupaciones, con la excepción de Alicante, que a pesar de contar con tan solo 3 agrupaciones tenía 913 afiliadas. Un segundo grupo lo formaban aquellas provincias en las que existía cierta implantación de las agrupaciones femeninas carlistas, aunque raramente superaban las 10 agrupaciones. Y, por último, aquellas provincias sin apenas afiliadas y con menos de 5 agrupaciones, añadiéndose la circunstancia de que muchas de ellas aparecieron señaladas como «en periodo de formación»: caso de Gerona con 4 agrupaciones en toda la provincia y 3 de ellas (Olot, La Sellera y Bañolas) en formación. Las provincias con mayor militancia y número de asociaciones de margaritas fueron Navarra —4.923 mujeres y 33 agrupaciones—, Vizcaya y Guipúzcoa —4.350 asociadas y 50 agrupaciones—, la región valenciana —6.555 militantes y 60 agrupaciones— y Barcelona, con 1.647 mujeres y 28 agrupaciones. Reiteradamente la geografía tradicional del carlismo se impuso a la hora de calibrar la militancia femenina, aunque en algunas regiones los datos todavía no están debidamente estudiados, pues en Andalucía se calcularon 590 afiliadas sin contar, por desconocidas, las cifras de Almería y Cádiz.

En mayo de 1934, apareció en algunos periódicos tradicionalistas una circular animando a abrir una suscripción —con cuota única de una peseta— de todos los carlistas y simpatizantes, para costear los gastos que ocasionara la candidatura de Urraca Pastor en las siguientes elecciones generales, publicándose la lista de donantes en cada provincia. La iniciativa partió de Elisa Hidalgo, presidenta de las margaritas de Huesca, la cual reclamó reciprocidad, después del triunfo electoral que habían proporcionado las mujeres a los hombres, enviando una de sus representantes al «desacreditado Parlamento». La revista Tradición, órgano del Consejo de Cultura Tradicionalista, apoyó la iniciativa, encargando a todas las secciones femeninas la organización de la suscripción:

«Todo lo que se haga por María Rosa nos parecerá poco: se lo debemos en justicia y en devoción. Y hasta en galantería».

En febrero de 1936, la oradora fue elegida candidata única por los tradicionalistas de Teruel, iniciando un intenso periplo por los pueblos de la provincia para lograr el voto. Sin embargo, nuevamente, no logró obtener el ansiado escaño, por lo que Fal Condele encomendó directamente la organización del Socorro Blanco. Ella manifestó que si bien habían perdido un acta habían ganado una provincia . Al comenzar la Guerra Civil, María Rosa trabajó como enfermera en las trincheras y hospitales de vanguardia, simultaneando la labor asistencial con la propagandística, pues no dejó de ser la principal líder de las margaritas. Tras el decreto de Unificación —19 de abril de 1937— fue nombrada delegada nacional de asistencia de Frentes y Hospitales, consejera nacional en el primer Consejo Nacional de Burgos y, con la victoria, fue condecorada con la cruz roja del mérito militar, por los servicios prestados en el frente de Somosierra como enfermera «y atendiendo a las necesidades de los combatientes con gran espíritu de sacrificio y desprecio del peligro, habiendo sufrido los efectos de preparaciones artilleras y bombardeos de la aviación enemiga». Alfonso Carlos I le había concedido la cruz de dama de la Legitimidad Proscripta. Su experiencia durante el conflicto le llevó a escribir Así empezamos. Memorias de una enfermera, recopilación de artículos, discursos y crónicas que fue publicado en 1940.
Memorias de María Rosa Urraca Pastor

En la posguerra eligió Barcelona como residencia, ejerciendo como profesora de expresión oral y dicción, dedicándose a tareas culturales y de apostolado religioso. Tras los años de vertiginosa acción política y social de la II República y la guerra atendió su desempeño profesional, entendiendo que se había salvado lo fundamental, que era Dios y la Patria, pese a que se mostró muy crítica con los esquemas totalitarios, entre ellos el encuadramiento en la Sección Femenina, en la que siempre rechazó participar pese a las generosas invitaciones en ese sentido. Leal a la Dinastía Legítima recibió en Barcelona a las hijas de Don Javier, y solía mandar correspondencia a Doña Magdalena. También colaboró con María Teresa Angulo, la Catedrática de Madrid preceptora de Don Sixto. Con Don Javier y Doña Magdalena coincidió en las simpatías con la obra apostólica del arzobispo Mons. Lefebvre, por cuya postura tomó partido, organizando las visitas del mismo a Barcelona. También en los años de la transición fue reclamada por destacados intelectuales catalanes para unirse a la firma de manifiestos contra la proscripción de la lengua castellana en Cataluña, nociva política lingüística ampara por los partidos políticos cuyos efectos se padecen hasta la actualidad. Asimismo, en plena crisis del carlismo por la escisión ideológica de Carlos Hugo se adhirió al manifiesto que en 1973 los requetés elaboraron denunciando la escisión ideológica del mismo. Colaboró activamente en la revista Fuerza Nueva y en el partido posteriormente fundado, así como en las coaliciones de Alianza Nacional del 18 de julio y Unión Nacional, en cuyas campañas electorales, presentándose como carlista, realizó sus últimas intervenciones públicas como oradora. Y como carlista se siguió manifestando hasta el final de sus vidas, en todos sus intervenciones públicas y privadas.

Varias décadas más tarde, escribió sus memorias y un libro de tema mariológico, que quiso ser la obra de mayor entrega de su vida, pero ambos manuscritos no fueron finalmente publicados. Tras un largo proceso postoperatorio de una doble intervención quirúrgica a causa de una peritonitis, María Rosa Urraca Pastor falleció en la Ciudad Condal el 19 de marzo de 1984. 

jueves, 31 de marzo de 2016

Una mujer carlista: María Rosa Urraca Pastor (I)

El papel preponderante que la mujer ha tenido siempre dentro del carlismo no es más que una extensión de ese mismo protagonismo en la historia de España. La irrupción del carlismo en defensa de una legalidad que era legítima, la sucesión semisálica agnada (tradicional en la Corona de Aragón), no suponía relegar a la mujer a un papel subalterno. Por el contrario la niña Isabel y María Cristina siempre fueron marionetas en manos de poderes sinárquicos y oscuros, manejados totalmente por varones. Y ese fue el sino del liberalismo, que en su subversión del orden natural en el ámbito político, económico y social (y posteriormente en su secuencia religiosa) también desnaturalizaba, empequeñeciendo moral y materialmente a la mujer, hasta la actual secuencia de postmodernidad líquida con su absoluto embrutecimiento y encanallamiento.

Son muchas las mujeres que jalonan la historia del carlismo. Algunas como Agustina de Aragón se confunden con la historia grande de España. Otras, como la Princesa de Beira, asumieron las más altas cotas de responsabilidad institucional, salvando la dignidad de la Corona, como también hiciese Isabel de Castilla, la Católica, al afirmar su legitimismo cuando le correspondieron los Derechos al Trono de San Fernando. En el mundo de la cultura y las letras, se puede citar a la novelista gallega Emilia Pardo Bazán, carlista en su juventud.
Emilia Pardo Bazán,  la gran escritora gallega, fue carlista gran parte de su vida

Más cercana en el tiempo tenemos un ejemplo de mujer militante y activista en María Rosa Urraca Pastor. Nacida en Madrid el primer día del siglo XX, 1 de enero de 1900, en el seno de una familia militar su vida marcaría toda una época de activismo tradicionalista femenino. Por los destinos de su padre a los pocos años se trasladó a Burgos y, más tarde, a Bilbao, donde estudió la carrera de Magisterio en la Escuela Normal, graduándose en 1923, año en el que participó en la Semana Pedagógica de Bilbao. También, según propia confesión, realizó estudios de Filosofía y Letras, siendo alumna de Unamuno y Besteiro. Destacó desde muy joven por su sensibilidad ante los problemas sociales, comenzando a escribir sobre los mismos en diversos periódicos provinciales como El Nervión, La Gaceta del Norte, El Pueblo Vasco, así como en el madrileño La Nación. Esta preocupación social llegará a ser usada por sus adversarios conservadores, que la llegarán a calificar de socialista por denunciar los excesos y males el capitalismo liberal. Como ella misma reconocería, «desde los catorce años estaba convencida de que la mujer podía servir al país fuera de casa y era ferviente admiradora de Concepción Arenal»  De esta manera surge una primera referencia intelectual de la labor social de Urraca Pastor, lugar común al de otras militantes católicas. 
 La escritora Concepción Arenal

La trascendencia de las formulaciones de Concepción Arenal fue tal que todo el debate sobre la mujer que se realizó durante el primer tercio del siglo XX tuvo la obra de esta mujer como telón de fondo. Tanto escritoras como algunos sacerdotes católicos la tuvieron como referente en sus reflexiones sobre el papel de la mujer. Arenal denunció que la desigualdad reinante entre sexos estaba relacionada con la desigualdad de oportunidades; afirmó las diferentes naturalezas de los dos sexos y, por lo tanto, la distinción entre deberes y responsabilidades en función del género. Consideró a la mujer superior moralmente y defendió la notable influencia que estas, desde el ámbito doméstico y como madres, hijas y esposas, debían ejercer en la sociedad. A la mujer, por lo tanto, le resultaba necesario ejercitar virtudes sociales tanto por su propio bien como por el de la sociedad; por ello —rechazando el modelo decimonónico de «ángel del hogar»— se le debía reconocer su derecho a la educación y su derecho al trabajo.

Las principales líderes femeninas católicas realizaron una lectura cristiana de toda la obra de esta escritora, defendiendo la igualdad de sexos inherente en principios religiosos como la paridad ante el matrimonio («compañera te doy que no sierva») y su origen divino, ya que —al igual que el hombre— la mujer había sido creada por Dios y dotada de alma.
El padre Graciano Martínez

Una segunda referencia del pensamiento de Urraca Pastor fue la obra del padre Graciano Martínez (1868-1925), autor de El libro de la mujer española. Hacia un feminismo casi dogmático, publicado en 1921. Su pensamiento sobre la mujer se basó en el reconocimiento de su categoría como persona y su compaginación con la función de madre. La reflexión de este agustino fue un intento por debatir todos los pormenores de la cuestión femenina y por actualizar el pensamiento de la Iglesia española respecto al valor del feminismo y de la necesidad de asumir y dirigir acciones de defensa de los derechos de las mujeres. 

El 24 de marzo de 1919, en sesión celebrada en el palacio episcopal de Madrid, se creó la Acción Católica de la Mujer, con alcance nacional. En aquel momento, la asociación contaba con 300 socias, pero su crecimiento durante las décadas siguientes fue constante. Se constituyó con carácter nacional pero también federativo, buscando la adhesión de todas las asociaciones católicas femeninas existentes o que en adelante se fundasen, sin merma de sus particulares autonomías, pero con la obligación de contribuir a la obra común con medios adecuados a las necesidades de los tiempos, la primera de las cuales era el conocimiento del problema social y de las relaciones de los diversos elementos de la producción en los que intervenía la mujer, unas veces encargando el trabajo y otras realizándolo como obrera. Acción Católica de la Mujer tuvo por objetivo claro la defensa de los intereses femeninos en toda su amplitud y el ejercicio de la acción social de la mujer en toda su extensión. Meta excesivamente amplia que, sin embargo, fue recortada al separarse, más adelante, la acción propiamente social de la acción apostólica.

Urraca Pastor ingresó en ACM de Vizcaya, donde pronto se destacó como una enérgica y entregada propagandista. Era maestra, y fue profesora ayudante de la Escuela Normal de Bilbao, considerada la «Universidad femenina» de la ciudad, la alternativa más legitimada socialmente y más prestigiosa para una mujer joven y de clase media . De esta manera, frente al antiguo arquetipo de activista católica —madre, viuda y rica—, Urraca Pastor fue, junto a otras compañeras, bandera de un nuevo modelo: soltera, culta y joven, consciente de sus deberes naturales respecto a la Iglesia, la Familia y la Patria, pero también de su autonomía personal y de sus derechos. Siguiendo las indicaciones de la I Asamblea, denunció la inexistencia en Bilbao de sindicatos de obreras católicas, semejantes a los que había en Madrid, Cataluña, Asturias, Valencia, Andalucía y otras regiones. Abogó por la mejora de las condiciones de las obreras, especialmente de aquellas ligadas al sector textil, y por la igualdad de salarios . Directora, desde su fundación en 1925, del Boletín de la ACM de Vizcaya, escribió en el mismo diversos artículos al respecto:

«Y este trabajo que en oficinas, aulas, y toda clase de profesiones liberales, es nuevo, pues ha nacido en nuestro siglo, y constituye el mayor avance feminista, no puede calificarse de tal en la obrera que, en fábricas, talleres, almacenes, trabaja en iguales condiciones que el hombre, en cuanto a esfuerzo que se le exige, pero muy inferiores en cuanto al salario que se le paga».
La joven María Rosa Urraca Pastor

Como otras impulsoras de un feminismo social católico, Urraca Pastor potenció el trabajo asalariado y la profesionalización de las mujeres, no porque compartiera el ideal de liberación individual a partir de la independencia económica para la mujer, sino porque el trabajo era el bien que garantizaba el acceso a los medios de vida. La condición asalariada, entonces, era la única que permitía a la mayoría de las mujeres llevar una vida digna y honrada y, en muchas ocasiones, sacar adelante a sus familias. En 1922 se celebró en la capital de España la II Asamblea de ACM, donde se exigió la semana inglesa para las mujeres, así como la posibilidad de abandonar el trabajo una hora y media antes que los hombres, para poder atender con eficacia el hogar. También se acordó solicitar el establecimiento de un seguro de maternidad, el cual se haría realidad ocho años más tarde. María de Echarri presentó una ponencia sobre los problemas de las trabajadoras a domicilio; problema sangrante porque las mujeres eran explotadas sin ninguna protección legal. Cada día resultaba más urgente la mejora laboral bajo el amparo de la legislación, pero sin olvidar su singularidad. Como escribió Urraca Pastor, había que considerar a la obrera, ante todo y sobre todo, como mujer y en tal sentido debían estar inspiradas las leyes protectoras de su trabajo.

Siguiendo la estela de Concepción Arenal o del padre Graciano Martínez, Urraca Pastor defendió el establecimiento de leyes protectoras del trabajo femenino y la división del trabajo de hombres y mujeres en Vizcaya. Los tiempos en que se cuestionaba la incorporación de la mujer al trabajo asalariado habían sido superados. De esta manera, escribió en su artículo «Feminismo»:

«Mujer que gusta de los quehaceres domésticos sin hacerse esclava de ellos…Mujer que habiendo sido preparada para una de las más altas misiones, como es la maternidad, lo está también para aquella otra que a mi ver la iguala pero que es más personal y más altruista: la humanidad» .

En Acción Católica, María Rosa también conoció a numerosas tradicionalistas —lo cual sería importante en su futuro— como María Ortega de Pradera, esposa de Víctor Pradera, presidenta de la Junta Diocesana de ACM de San Sebastián. Debe tenerse en cuenta que a estas organizaciones católicas femeninas confluyeron numerosas esposas e hijas de familias carlistas, al tener las nacionalistas vascas sus propias organizaciones separadamente, no integradas en la ACM. Las asociaciones católicas femeninas vascas y catalanas, no vinculadas a posiciones políticas nacionalistas, se integraron en ACM, pero conservaron su identidad y carácter propio, lo que permitió—durante la II República— establecer sobre su base las secciones femeninas de la Lliga y de la Comunión Tradicionalista .
La Acción Católica de la Mujer

Los años veinte también fueron los de la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Precisamente, el general reclamó el apoyo del movimiento católico para—a través de su apostolado social— conseguir la regeneración de España y la salvación de la Patria. El boletín de la ACM saludó con entusiasmo la llegada del régimen, en el convencimiento de que iba a ser favorable a las propuestas del catolicismo social, aunque posteriormente se quejó de que en los comités paritarios y en la organización corporativa, la dictadura favoreciera la presencia de sindicalistas socialistas en detrimento de los sindicatos católicos, de tal forma que en algunos casos aquellos ocuparon todos los puestos. Primo de Rivera intentó redefinir el papel de la mujer en la vida política y realizó un llamamiento para que participaran en los cauces que le ofrecía el nuevo régimen. Numerosas activistas católicas y feministas se mostraron muy receptivas a su discurso que redefinía el apostolado social desde una perspectiva nacional. María Rosa Urraca Pastor promovió campañas reformistas de la condición obrera, dirigió las escuelas bilbaínas del Ave María  y desempeñó, entre 1929 y 1932, el cargo de inspectora de trabajo en Vizcaya. Su misión, desarrollada con estricto celo y autoridad, consistió fundamentalmente en comprobar el cumplimiento de las leyes en los espacios laborales femeninos. Según afirmaría años más tarde, cuando enviaba un informe negativo a sus superiores se sentía escuchada como un varón, de tal manera que no sintió discriminación alguna al denunciar la indigna situación de numerosas obreras, las cuales ganaban un tercio de los sueldos masculinos y no tenían oportunidad de ascenso ni de promoción alguna. Por ello:

«…el general Primo de Rivera pulsó muchos intentos de avance, que nunca se han elogiado lo suficiente. Quiso imponer los descansos pagados para las embarazadas, las cajas de compensación familiar, parecidas a lo de los puntos de hoy. Todo ello estuvo ya en estudio y ensayo, y se hicieron muchos informes en los que tomé parte, pero cuando vino la República, todo quedó en suspenso».

Formó parte del Patronato de Previsión Social de Vizcaya y del Nacional de Recuperación de Inválidos para el Trabajo. Acudió como comisionada a Barcelona para estudiar las instituciones sociales y benéficas de la Caja de Pensiones para la Vejez que fundó Rafael Moragas. Pudo comprobar personalmente que los salarios femeninos eran mejores y, al regresar a Bilbao, publicó varios artículos en El Nervión, comparando la situación de las obreras catalanas y vascas. Urraca Pastor participó en el Congreso Femenino Hispanoamerican de Sevilla, que ACM organizó con ocasión de la celebración de la Exposición Internacional, en mayo de 1929. Por esas fechas, la ACM contaba con 118.000 socias activas y 235.000 adheridas y ascendía a 654 el número de juntas locales y delegaciones. Ella, al ser joven, maestra y activista, reunió las características para formar parte, junto a otras muchas como ella, del grupo de militantes más preciadas para intentar restaurar la hegemonía cultural del catolicismo, objetivo que, según Rebeca Arce, también se plantearon las organizaciones femeninas —durante esos años aparentemente triunfales— de Acción Católica .
María Rosa Urraca Pastor participando en un mitin de Comunión Tradicionalista en el Frontón Vitoriano. 16 de abril de 1933 

Su ingreso en el carlismo

La llegada de la Segunda República motivó un gran cambio en la vida de Urraca Pastor: su participación en ACM descendió ante el alcance insospechado de su salto a la escena política, iniciando una carrera en ese campo que fue ciertamente breve, pues persistió el tiempo de vida del régimen republicano, pero fue tan intensa como el tiempo que vivió. Antes de la llegada de la República, para los dirigentes masculinos de Acción Católica, la participación de las mujeres en la esfera pública debía ser solo una salida temporal. Un deber, no un derecho; consejo que siguieron muchas militantes de ACM. Sin embargo, la llegada del nuevo régimen hizo que las antiguas reticencias desaparecieran, los obstáculos se allanaran para que cumplieran con su deber y se favoreciese la movilización femenina ante las extraordinarias circunstancias que se vivían. Ante las elecciones del 12 de abril de 1931, Urraca Pastor participó en varios mítines y actos a favor de las candidaturas monárquicas alfonsinas en Vizcaya. Sin embargo, como a numerosas militantes católicas, los incendios de mayo, la expulsión del obispo de Vitoria y del cardenal Segura, los artículos anticlericales de la Constitución y la nueva política antirreligiosa de los aliados del 14 de abril, motivaron su salto al carlismo activo. Ella no provenía de familia legitimista, pero su padre —según confesión propia— la educó en el amor a la religión, a la institución monárquica y a la patria. Y sólo en el carlismo pudo encontrar la integridad de esos principios. Los tradicionalistas la atrajeron por su valentía y decisión, por su carácter social, «después, vi que mis ideales estaban allí. Me encontré allí. Hay mucha solera en el carlismo».