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domingo, 29 de octubre de 2017
lunes, 21 de noviembre de 2016
La Doctrina Social de la Iglesia en el corazón del Carlismo
Pulsa en la imagen
"Tened presente, señores, que el
orden económico actual no es obra de los principios católicos, no corresponde
al ideal de la Economía cristiana, sino más bien a la Economía individualista
liberal triunfante en la Revolución francesa, a la inaugurada en parte por la
Escuela fisiocrática y desarrollada por la inglesa de Smith y de Ricardo y la
francesa de Bastiat.
Nosotros creemos que deben
coexistir las dos formas de la propiedad: la individual y la corporativa, y
creemos que una red de Sindicatos agrícolas y obreros, formando Federaciones y
extendiéndose por los valles y montañas, puede, no sólo emancipar los municipios,
sino mejorar la condición de los trabajadores".
Juan Vázquez de Mella
"En la nueva lucha, los
liberalismos individualistas y eclécticos serán apartados por los combatientes
con desprecio, para que ambos adversarios puedan dirimir sin estorbos enojosos
la suprema cuestión. Y es preciso estar ciegos para no ver que los nuevos y
únicos contendientes serán el verdadero socialismo católico de la Iglesia, que
proclama la esclavitud voluntaria de la caridad y el sacrificio, y el
socialismo ateo de la Revolución, que afirma la esclavitud por la fuerza y la
tiranía del dios Estado”.
Juan Vázquez de Mella
Programa completo de Lágrimas en la LLuvia, sobre la Doctrina Social de la Iglesia, con la intervención de don Miguel Ayuso Presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, frente cultural de la Comunión Tradicionalista
lunes, 29 de febrero de 2016
La nueva "esclavitud blanca" del liberalismo burgués
Este
26 de febrero se cumplía 88 años del fallecimiento del Verbo de la Tradición,
don Juan Vázquez de Mella y Fanjul; voz
profética, que desde el carlismo ya denunció la nueva esclavitud social que
producía el liberalismo y la imposición de la plutocracia, que hoy seguimos
padeciendo.
LA IGLESIA Y EL PROBLEMA SOCIAL.
Juan Vázquez de Mella y Fanjul. (9 de noviembre de 1889)
... la economía individualista,
con tanto calor defendida y propagada por los doctores del liberalismo como la
panacea universal de los males sociales, ha venido de consecuencia en
consecuencia a entronizar de nuevo la esclavitud en los talleres y en las fábricas.
Incapaz de conocer el fin, y, por
lo tanto, la misión del Estado y la esfera de su acción, se alarma a la menor
tentativa encaminada a reglamentar el trabajo y a impedir la explotación
capitalista, como si viese aparecer el socialismo; y pide a los poderes
públicos que se crucen de brazos conforme lo establece la famosa fórmula
fisiocrática, y que dejen a las no menos famosas leyes naturales económicas el
encargo de hacer brotar las armonías.
Y esas armonías, engalanadas con
los ingeniosos sofismas de Bastiat, ya hemos visto de qué manera se convertían
en una guerra sorda y despiadada, cuando no estallaban en colisiones
sangrientas.
La economía liberal comenzó por
romper todo vínculo moral entre patronos y obreros, y, en vez de depurar y
perfeccionar las antiguas instituciones gremiales, las pulverizó, entregando a
los trabajadores el cetro de una libertad que ha concluido por convertirlos,
según la frase de Lasalle, en unos “esclavos blancos”.
Y así tenía que suceder; porque,
desde el momento en que las relaciones entre patronos y obreros se fijan
únicamente por la ley de la oferta y la demanda, el trabajo queda reducido a
una mercancía y la persona humana que le realiza a una máquina de producción;
es decir, a una cosa, lo mismo que en la sociedad pagana.
Así se cumple la regla de Cobden:
Si dos obreros van detrás de un patrono, el salario baja; si dos patronos van
detrás de un obrero, el salario sube. El contrato de trabajo se reduce a una
compraventa, y el obrero no es más que una cosa que se adjudica, en el mercado
de la libre concurrencia, al mejor postor. ¿Y en qué se diferencia esto de la
esclavitud? Esencialmente, en nada.
Nostalgia de Vázquez de Mella, frente al conservadurismo pseudocatólico
jueves, 30 de agosto de 2012
La Monarquía social; única solución frente a la crisis "sistémica" actual
(Don Sixto Enrique de Borbón con su pueblo. Pasto-Nueva Granada-Las Españas)
"España fue una federación de repúblicas democráticas en
los municipios y aristocrática, con aristocracia social, en las regiones;
levantada sobre la monarquía natural de la familia y dirigida por la monarquía
política del Estado"
(Juan Vázquez de Mella)
"Y aquí como en tantos momentos surge la diferencia
esencial entre la Monarquía tradicional y todos los demás regímenes de sello
revolucionario, que son de opinión o de partido. La Monarquía, precisamente por
estar vinculada al tiempo y a las generaciones, por situarse sobre los grupos e
intereses y no deberles nada, procura apoyarse en las más viejas y estables
instituciones y en las más nobles autonomías que, como ella misma, hunden su
prestigio en la Historia. Sólo la Monarquía no entra en rivalidad con la
sociedad, porque es, cabalmente, el único régimen social en el puro y profundo
sentido de la palabra"
(Rafael Gambra Ciudad. La monarquía social y representativa en el pensamiento tradicional)
jueves, 9 de agosto de 2012
El genocidio de la Vendée en película: la verdad contra las mentiras del mundo moderno
Navis Pictures
"La obra política de la Revolución francesa consistió principalmente en destruir toda aquella serie de organismos intermedios- patrimonios familiares, gremios, universidades autónomas, municipios con bienes propios, administraciones regionales, el mismo patrimonio de la Iglesia-que como corporaciones protectoras se extendían entre el inividuo y el Estado (...) si hay un poder que asume toda la soberanía...¿que cosa es esto, variando los nombres, más que un bárbaro absolutismo".
Juan Vázquez de Mella
viernes, 3 de agosto de 2012
Juan Vázquez de Mella: El Verbo de la tradición (II)
Patria
Sin el sentimiento común en el presente y en el pasado que junte en una unidad corazones y conciencias, no hay Patria. Unidad de creencias y autoridad inmutable que las custodien; sólo eso constituye naciones y enciende patriotismos.
Patriotismo
Aquella España gloriosísima realizó empresas tales, que ellas solas, bastarían para hacer la gloria de muchos pueblos...¡Ah! Si nos fijáramos en todos aquellos hombres, reyes, guerreros, descubridores, sabios, artistas..., parece que forman selvas, para abarcarlos es necesario mirarlos desde el cielo.
Ningún pueblo se ha levantado de su postración maldiciendo los días lejanos y grandes de su historia.
Tradición y progreso
El primer invento ha sido el primer progreso y el primer progreso, al trasmitirse a los demás, ha sido la primera tradición que empezaba.
El progreso individual no llega a ser social si la tradición no le recoge en sus brazos. Es la antorcha que se apaga tristemente al lanzar el primer resplandor, si la tradición no la recoge y la levanta para que pase de generación en generación, renovando en nuevos ambientes el resplandor de la llama.
Revolución
La historia del Pontificado no es, políticamente, otra cosa que un porfiado combate contra el cesarismo y una continua cruzada en favor de la libertad.
La Revolución hace astillas los tronos que tratan de salvarse, ofreciéndole, a cambio de su benevolencia, fragmentos de altar.
Cesarismo
Si es estable acaba siempre en feminismo y éste en una laguna de fango, primero, y en una laguna de sangre después.
La batalla
La verdad es que desde el Calvario acá, a pesar de todos los nombres, una sola batalla se riñe en el mundo: la que libran incesantemente el naturalismo pagano, de una parte, y el sobrenaturalismo cristiano de otra.
La tendencia que resume todos los esfuerzos de la ciencia atea de hoy puede formularse así: rebajar el hombre al nivel de la bestia y elevar la bestia al nivel del hombre.
La tendencia que resume todos los esfuerzos de la ciencia atea de hoy puede formularse así: rebajar el hombre al nivel de la bestia y elevar la bestia al nivel del hombre.
Monarquía liberal
Las Monarquías parlamentarias son un puente para la República, y como sabemos que este género de Gobierno no evita la Revolución fiera; por que ellas comienzan por ser la personificación de la Revolución mansa, lo único que a lo más consiguen es aplazarla.
Partidos liberales
Los partidos doctrinarios y radicales de la Revolución no han tenido más que un programa: demoler, desde los cimientos a las bóvedas, todo el edificio que con sublimes y seculares esfuerzos habían ido levantando generaciones católicas y monárquicas sobre un suelo amasado con su sangre; oponer a cada empresa histórica una catástrofe, a cada gloria una ignominia, a cada derecho una licencia, a cada virtud cívica una corrupción, y, finalmente, a la comunidad de creencias, de sentimientos, de instituciones fundamentales, de tradiciones, de recuerdos y de aspiraciones comunes que constituían el espíritu nacional, un solo principio: el de negar ese espíritu, y una sola libertad: la de romper esas unidades y de disolver la Patria.
Eliminar los partidos parlamentarios no es cercenar el ser de la Patria; es aliviarla de un peso que la oprime, es remediar a un cautivo y levantar del suelo a una reina desfallecida y humillada.
Parlamento
Los Parlamentos no sirven para gobernar. Los Parlamentos no sirven para legislar. Los Parlamentos no sirven para evitar despilfarros. Los Parlamentos son impotentes para evitar las revoluciones. ¿Para que sirven, pues los Parlamentos?. Para nada. Y cuando una institución no presta utilidad alguna, suprimirla es, sencillamente, responder a las preposiciones más rudimentarias del sentido común.
Liberalismo
No esperéis solución positiva de los problemas vitales que aquejan a nuestra sociedad; el liberalismo no las tiene; no tiene más que un programa negativo: el de vejar y perseguir a la Iglesia. Hay una fortaleza: la Iglesia; hay otra que ha nacido debajo de ella, y a su sombra, la España tradicional. El liberalismo niega a la Iglesia, niega la España tradicional, punto por punto, y ése es su programa; no tiene ni ha tenido nunca otro.
¿Que hacer?
Cuando no se puede gobernar desde el Estado con el deber, se gobierna desde fuera, desde la sociedad con el derecho. ¿Y cuando no se puede gobernar con el derecho solo porque el Poder no le reconoce? Se apela a la fuerza para mantener el derecho y para imponerlo. ¿Y cuando no existe la fuerza? Nunca falta en las naciones que no han abandonado a Cristo y menos en España; pero si llegara a faltar por la desorganización, ¿qué se hace? ¿Transigir y ceder? No, no. Entonces se va a recibirla a las Catacumbas y al Circo, pero no se cae de rodillas, porque estén los ídolos en el Capitolio.
miércoles, 25 de julio de 2012
Juan Vázquez de Mella : El Verbo de la tradición
Jurídicamente la tradición es el vínculo establecido por el derecho a la inmortalidad de los antepasados y el deber de respetarla de los descendientes, que a su vez tienen el derecho al respeto de sus sucesores. Pero esta relación jurídica se funda, como todas, sobre la ley moral; y por eso toda tradición no subordinada a ella no puede ser respetada, porque las relaciones con Dios y la naturaleza humana que ordenan son las más antiguas y respetables de todas las tradiciones.
La tradición ridiculamente desdeñada por los que ni siquiera han penetrado su concepto, no sólo es elemento necesario del progreso, sino una ley social importantísima, la que expresa la continuidad histórica de un pueblo, aunque no se hayan parado a pensar sobre ello ciertos sociólogos que, por detenerse demasiado a admirar la naturaleza animal, no han tenido tiempo de estudiar la humana en que radica. La tradición es como el mayorazgo espiritual de un pueblo, y los fundadores quieren que se trasmita a las generaciones venideras. No hay derecho a malversar ese patrimonio, pero sí a acrecentarlo, sí a aumentarlo. ¿Por qué? Porque los venideros tienen derecho a esa obra, y no es lícito que entre ellos y los antepasados se interpongan algunos para privarlos de la herencia y abrir en la Historia una sima para el progreso, que no puede muchas veces salvarla.
Nación
Una nación es una unidad histórica que sólo puede ser destruída o cambiada por otra unidad histórica opuesta, y ésta supone, además de las opiniones y actos libres, factores naturales que no se pueden fabricar con pactos, ni convenciones.
Región
La región es una sociedad pública o una nación incipiente que, sorprendida en un momento de su desarrollo por una necesidad poderosa que ella no puede satisfacer, se asocia con otra u otras naciones completas o incipientes como ella y les comunica algo de su vida y se hace participe de la suya, pero sin confundirlas, antes bien, marcando las lineas de su personalidad y manteniendo íntegros, dentro de su unidad, todos los atributos que la constituyen.
Irreligión
En el fondo de toda civilización moderna late la barbarie, porque es barbarie todo lo que sea sublevación contra los principios morales y religiosos.
Liberalismo
El liberalismo no es más que una anarquía moderada, que se detiene, por medio de la inconsecuencia, en la mitad del camino.
El vulgo no lo entiende así, pero las cosas no dependen del entendimiento del vulgo; él es el que depende, como todas las inteligencias, plebeyas o distinguidas, de la realidad.
Escepticismo
El escepticismo es una interrogación que pone una pregunta sobre todas las cosas y la respuesta sobre ninguna.
Absolutismo (totalitarismo)
El absolutismo consiste en la ilimitación jurídica del Poder, y consiste en la invasión de la soberanía superior política en la soberanía social; y aun se puede dar en los órganos de ésta si penetran los principales en los subalternos.
Tiranía
Es una planta que sólo arraiga en el estiercol de la corrupción. Es una ley histórica que no ha tropezado con una excepción. En un pueblo moral, la atmósfera de virtud seca esa planta al brotar. Ningún pueblo moral ha tenido tiranos y ninguno corrompido ha dejado de tenerlos.
Decálogo
El Decálogo es el código de la libertad. No se le puede derogar, ni siquiera en parte, ni en un solo individuo, sin que surja un tirano, armado con una pasión o alimentado con un vicio.
Juan Vázquez de Mella. Tomado de Vázquez de Mella y la educación nacional
jueves, 5 de julio de 2012
Separación y armonía entre la soberanía social y la política
Toda persona tiene como atributo jurídico lo que se llama autarquía; es decir, tiene el derecho de
realizar su fin, y para realizarlo tiene que emplear su actividad, y por lo
tanto, tiene derecho a que otra persona no se interponga con su acción entre el
sujeto de ese derecho y el fin que ha de alcanzar y realizar. Eso sucede en
toda persona. Y como para cumplir ese fin, que se va extendiendo y
dilatando, no basta la órbita de la
familia, porque es demasiado restringida, y el deber de perfección que el
hombre tiene le induce a extender en nuevas sociedades lo que no cabe en la
familia, y por sus necesidades individuales y familiares y para satisfacerlas,
viene una más amplia esfera y surge el Municipio como Senado de las familias. Y
como en los Municipios existe esa misma necesidad de perfección y protección y
es demasiado restringida su órbita para que toda la grandeza y perfección
humana estén contenidas en ella surge una esfera más grande, se va dilatando
por las comarcas y las clases hasta constituir la región. De este modo, desde
la familia, cimiento y base de la sociedad, nace una serie ascendente de
personas colectivas que constituye lo que yo he llamado la soberanía social, a la que varias veces me he referido y cuya
relación fundamental voy a señalar esta tarde.
Así, desde el cimiento de la familia, fundada en ella como
en un pilar, nace una doble jerarquía de sociedades complementarias, como el Municipio, como la comarca, como la
región; de sociedades derivativas,
como la escuela, como la Universidad, como la Corporación. Estas dos escalas
ascendentes, esta jerarquía de poderes surge de la familia y termina en las
regiones, que tienen cierta igualdad entre sí, aunque interiormente se
diferencian por sus atributos y propiedades. Los intereses y las necesidades
comunes a esta variedad, en que termina la jerarquía, exigen dos cosas: las
CLASES que la atraviesan paralelamente distribuyendo las funciones sociales y
una necesidad de orden y una
necesidad de dirección. Puesto que ni
las regiones ni las clases no pueden dirimir sus contiendas y sus conflictos,
necesitan un Poder neutral que los pueda
dirimir y que pueda llenar ese vacío que ellas por sí mismas no pueden llenar.
Y como tienen entre sí vínculos y necesidades comunes que expresan las clases, necesitan un alto Poder directivo
y por eso existe el Estado, o sea la soberanía política propiamente dicha, como
un Poder, como una unidad que corona a esa variedad, y que va a satisfacer dos
momentos del orden: el de proteger, el de amparar, que es lo que pudiéramos
llamar el momento estático, y el de
la dirección, que pudiéramos llamar el momento
dinámico.
Las dos exigencias de
la soberanía social, son las que hacen que exista, y no tiene otra razón de ser
la soberanía política y esas
exigencias producen estos dos deberes correspondientes para satisfacerlas, los
únicos deberes del Estado: el de protección
y el de cooperación. De la ecuación,
de la conformidad entre esa soberanía social y esa soberanía política, nace
entonces el orden, el progreso, que no es más que el orden marchando, y su ruptura es el desorden y el retroceso. Entre esas dos soberanías había que
colocar la cuestión de los límites del
Poder, y no entre las partes de uno, como lo hizo el constitucionalismo.
Y cosa notable, señores; durante todo el siglo XIX una antinomia
irreductible ha pasado por todos los entendimientos liberales, sin que apenas
se advirtiese la contradicción entre el derecho político y la economía
individualista. La economía individualista era optimista; suponía que la libertad se bastaba a sí misma; que
dejados libremente todos los intereses, iban a volar por el horizonte como las
palomas y se iban a confundir en un arrullo de amor; pero el derecho político
informado por Montesquieu, era pesimista,
suponía que el Poder propende siempre al abuso y que había que contrarrestarle
con otro Poder, y como no alcanzó la profunda y necesaria distinción entre la
soberanía social y la política, unificó
la soberanía; creyó que no había más que una sola, la política, y le dio un solo sujeto, aunque por delegación y
representación parezca que existen varios, y vino a dividirla en fragmentos
para oponerlos unos a otros, y buscó así dentro
el límite que debiera buscar fuera.
Tenía razón al decir que el Poder tiende al abuso, y que es
necesario, por lo tanto, que otro Poder le contrarreste; pero para eso no era
necesario dividir la soberanía política en fragmentos y oponerlos unos a otros;
para eso era necesario, y esa es su primera función: reconocer la soberanía
social, que es la que debe limitar la soberanía política.
La soberanía social es la que debe servir de contrarresto; y
cuando esa armonía se rompe entre las dos, cuando no cumple sus deberes la
soberanía política e invade la soberanía social y cuando la soberanía social
invade la política, entonces nacen las enfermedades y las grandes
perturbaciones del Estado.
En un momento de verdadero equilibrio, cumplen todos sus
deberes, y a las exigencias de la soberanía social corresponden los deberes de
la soberanía política; pero cuando la soberanía política invade la soberanía
social, entonces nace el absolutismo, y desde la arbitrariedad y el despotismo,
el poder se desborda hasta la más terrible tiranía.
[Discurso de Vázquez de Mella en la sesión del parlamento, 18 de junio de 1907]
domingo, 1 de julio de 2012
Nostalgia de Vázquez de Mella, frente al conservadurismo pseudocatólico
La doctrina política de Vázquez de Mella resulta así la única-óigase bien: la única- que podrá conducirnos a un auténtico y definitivo orden social, porque es también la única que brota de la gran raíz de la teología tomista al calor del clima cristiano. De aquí arranca su actualidad inapreciable en medio de la pavorosa desorientación que está sufriendo el mundo contemporáneo. De aquí arranca también la necesidad apremiante que nos urge a todos los católicos de darla a conocer y de difundirla por todos los medios que se ofrezcan a nuestro alcance, porque siempre será la verdad el aforismo clásico de que ignota nulla cupido.
Existe además otra razón poderosa, aun cuando sólo sea de índole circunstancial más bien que absoluta, que nos ha movido a elegir el pensamiento político de Vázquez de Mella como tema central y motivación de este trabajo: la ignorancia crasa y supina verdaderamente épica que reina entre la mayoría de los católicos y de los que se autotitulan hombres de orden acerca del concepto mismo de la política así como acerca de su objetivo primordial que es el bien común de la colectividad. Porque los absurdos que estamos oyendo brotar a cada paso de labios de los ya mencionados hombres de orden resultan realmente increíbles. Las nociones fundamentales de bien común, de orden, de libertad, de justicia social y otras similares andan entre ellos completamente deformadas por el cristal de un egoísmo subconsciente a cuyo trasluz las consideran. De esta suerte identifican sin rubor el bien común con la propia prosperidad financiera de una seudoaristocracia ensoberbecida y prepotente; la libertad, con el privilegio que creen tener las clases económicamente pudientes de enriquecerse a discreción; la democracia, con el régimen liberal y parlamentario, la justicia en fin, con cierta inconfesable sumisión frente a la aristocracia dirigente. Y todo ello sin asomo de mala fe, pero en todo caso con una ignorancia respecto a los principios de la política católica, de esas que León Bloy creía capaz de hacer vomitar a las estrellas. Lo más trágico del asunto es que la aristocracia -y hablamos, en especial de la chilena- ha cometido el tremendo error de autocreerse intelectual, de tal suerte que se ha cerrado por completo a la aceptación de cualquier verdad que se manifieste demasiado hostil a las vaciedades con que hasta la fecha se ha venido alimentando. De esta suerte el hecho de predicar hoy en día la verdad casi equivale a predicar en el desierto, si no en la tranquilidad que ello procura, por lo menos en lo que se refiere a los frutos conseguidos.
Por todas las reflexiones que anteceden se nos hace extremadamente urgente dar a conocer y difundir los principios políticos de Vázquez de Mella(...). Por ello podemos sostener que la doctrina de Vázquez de Mella no constituye tan sólo una política entre muchas, sino la política por antonomasia, aquella política a que deberá adherirse quienquiera desee contemplar realizados en la vida colectiva los principios fundamentales de la ética cristiana y del pensamiento de Santo Tomás.
Padre Osvaldo Lira Pérez, S.S.C.C. Prólogo, Nostalgia de Vázquez de Mella
martes, 29 de mayo de 2012
El Estado imbécil del liberalismo
El concepto de la libertad ilimitada y arbitraria, y el
concepto agnóstico del mundo inasequible al entendimiento humano, donde se
relegan las verdades religiosas, han producido como aplicación política un
monstruo singular que se llama Estado neutro. ¡La neutralidad del Estado en
materia religiosa! En una sociedad dividida en creencias, ya se refieran al
orden natural o al sobrenatural, el Estado no puede tener más que tres
posiciones y adoptar tres actitudes: puede representar la mayoría de creencias
de esa sociedad, puede representar un fragmento, aun cuando sea la minoría de
ellas, o puede intentar la representación de aquello en que coincidan todos.
En el primer caso, hará de lo común regla, que tratará de
extenderse y convertirse en única. En el segundo, elevará la excepción a regla
común, no expresando la opinión de los más, sino imponiendo la de los menos,
aunque, por supuesto, invocando la democracia y la voluntad colectiva. En el tercer caso, la representación de lo que es común por
encima de lo que es diferente, es la que suele invocarse para disfrazar el
segundo, que es el que se practica. ¿Puede existir ese Estado neutral?
Cuando la división entre las creencias es tan honda que del
orden sobrenatural trasciende a las primeras verdades del orden natural; cuando
los hombres no están conformes ni acerca de su origen, ni de su naturaleza, ni
de su destino, ni, por consiguiente, acerca de sus relaciones, ni de las normas
de su conducta, entonces la oposición es tan grande, que el Estado que cruce los
brazos en presencia de esas diferencias se encontrará colocado en una situación
muy extraña: él se declarará indiferente ante las diferencias, y no será raro
que los creyentes y los no creyentes le vuelvan la espalda y se declaren
también indiferentes, con una indiferencia que haga causa común con el
desprecio, hacia una entidad que no toma parte en aquellas cosas que más
interesan a los hombres.
¡Estado neutral! Estado que no sabe nada ni afirma nada
acerca de las creencias en un mundo sobrenatural y de las relaciones con él,
que no sabe nada acerca del origen del hombre, que ignora cuál es la naturaleza
humana, cuál es su destino y cuáles son las normas de su vida individual y
social, es un Estado tan extraño, que, al no afirmar nada de lo que a los hombres
más importa, al elevar a dogma la ignorancia, que por ser de cosas supremas es
la suprema ignorancia, viene a declararse inútil e imbécil.
Imbécil, sí, porque el Estado idiota, como le llamaba
gráficamente Campoamor, es aquel que no sabe nada de los problemas que el
sepulcro plantea y de los problemas que el sepulcro resuelve. Se declara
incapaz de gobernar a nadie quien dice, refiriéndose al orden religioso y al
orden moral y al fundamentalmente jurídico: ”Yo no puedo afirmar nada de esas
cosas, porque no sé nada”. ¿Y cuál es la consecuencia inmediata de ese concepto
de Estado neutro? La de no intervenir en esos problemas que él mismo declara
que ignora, la de declararse incompetente y dejarlos a los que los conocen,
puesto que él se expide a sí mismo patente de incompetencia y hasta de
imbecilidad.
Y, sin embargo, hace todo lo contrario. Es el Estado que más
interviene. ¿Y por qué interviene? Porque su neutralidad en relación con todas
las creencias que luchan y que combaten en la sociedad, no es más que el
resultado de un juicio en que las declara dudosas, reduciéndolas a meras
opiniones; y al trasladar su parecer a los actos y a las leyes, impone ese
juicio, afirmando la negación o la duda, es decir, imponiendo la impiedad, o
imponiendo el escepticismo como dogmas negativos de un Estado que, después de
ser idiota, viene a declararse Pontífice al revés.
Ese Estado interviene en la enseñanza; y ¡cosa singular,
señores! El Estado, que no es agricultor; el Estado, que no es industrial; el
Estado, que no es comerciante, aunque tenga la obligación de cooperar y de
favorecer al comercio, a la agricultura y a la industria, el Estado se declara
a sí mismo, no cooperador ni fomentador de la enseñanza, sino pedagogo supremo
y hasta maestro único. ¡Y qué contradicción tan singular! No sabe nada de los
problemas más transcendentales, de los que han sido siempre los primeros en
todos los momentos de la Historia, y al mismo tiempo no tolera competencias y
quiere ser ¡el maestro único! De las generaciones presentes y venideras. Se
concibe que un Estado que afirme un orden natural y sobrenatural, que un Estado
creyente como el de las edades cristianas, y hasta un Estado budista, o un
Estado musulmán, trate, sirviendo como de instrumento a la creencia que
profesa, de llevarla a la práctica y de infundirla; pero que un Estado que se
declara a sí mismo interconfesional, que declara que no sabe nada de lo que no
debe ignorar nadie, ni por obligación, ni por cultura, se declare a sí mismo
incompetente, primero, y el más competente, después, para intervenir en la
enseñanza, eso es el absurdo. Y, sin embargo, ved cómo interviene. La gradación
es la siguiente: primero se declara potestativa en la enseñanza la enseñanza
religiosa; después se declara neutra la escuela, y más tarde se suprime la
religión hasta en las escuelas privadas, centralizando la enseñanza en las
públicas, y dispersando a los maestros religiosos para que detrás de la
ignorancia religiosa venga el odio de la escuela francamente atea.
Juan Vázquez de Mella. Examen del nuevo derecho a la ignorancia religiosa
domingo, 27 de mayo de 2012
La Nación y el Estado
Ahora se comprenden fácilmente las diferencias entre Nación y Estado, y se pueden señalar las más visibles. El Estado se caracteriza siempre por una Soberanía política independiente; donde no existe esa independencia no existe verdadero Estado; pero, aun sojuzgada por un poder extraño, puede existir la Nación.
Un Estado puede improvisarse por una revolución, que emancipa una colonia o desgaja una provincia. Una Nación no se improvisa nunca, es siempre obra de los siglos. Y es que a un Estado le basta la colaboración de las armas y de la fortuna para constituirse, y una Nación necesita la del tiempo para nacer.
Las manifestaciones de la vida de la Nación, la manera especial de ver y expresar la Religión, la ciencia, la literatura y el arte, no dependen de la actividad del Estado, se producen aparte, y muchas veces le son contrarias y accionan sobre él, o son oprimidas por su fuerza.
Por eso una Nación subsiste dividida en varios Estados, y teniendo uno solo que pierde la independencia sojuzgado por otro, subsiste. Por eso pasa de la pluralidad de Estados a la unidad política impuesta por la fuerza o formada por pactos, o por la fuerza y los pactos juntamente, y de un Estado federativo a un Estado centralizador, o al contrario, sin que, en esas mudanzas de soberanía, en esos cambios y trasmutaciones de Estados, deje de persistir el todo moral y la unidad histórica que la forma. Y es esa la causa de que una muchedumbre de náufragos de diferente creencias, razas, clases y lenguas, arrojados por la tempestad en una isla desierta, pueden, por exigencias de orden y de defensa contra la agresión de los habitantes de las islas cercanas, constituir un poder común, un Estado, pero no formarán una Nación, hasta que una poderosa unidad moral, sobreponiéndose a todas las diferencias y deslizada en la corriente de los siglos, atraviese varias generaciones, y las ate con una tradición común, y las marque con su sello.
Siendo la Nación y el Estado cosas tan diferentes, es fácil deducir cuál es la relación fundamental: El Estado depende de la Nación, no la Nación del Estado.
Los que invocan todavía la soberanía nacional como un residuo de la teoría russoniana de la soberanía colectiva (que no ha cambiado el liberalismo orgánico a pesar de alterar los nombres), no han sabido nunca ni lo que es la soberanía, ni lo que es la Nación. La soberanía nacional considerando a la Nación expresada en un cuerpo electoral que la posee por modo inmanente, aunque lo haga transitiva por representación, es imposible, porque jamás la multitud tendrá capacidad para ejercerla, ni para vigilar ni dirigir a los que la ejercen, que siempre serán los menos. La soberanía es, no la nacional de la muchedumbre de un día que se congrega en las urnas, cuando no la congregan...soberanía efímera, mudable, contradictoria, sino la soberanía permanente de la Nación sobre el Estado, del espíritu nacional sobre las leyes, expresado en la tradición que, como yo he dicho alguna vez, no es el sufragio de una hora, porque es el sufragio universal de los siglos, contra el cual no puede prevalecer el voto inconsciente de una multitud, ni siquiera el de una generación amotinada contra la historia.
El Estado debe subordinarse a la Nación, y no la Nación al Estado. El espíritu nacional debe imperar sobre la voluntad del poder, y no la del poder sobre el espíritu nacional. El Estado no puede cambiar y modelar conforme a planos ideales el carácter de la Nación, es el carácter de la Nación el que tiene derecho a que el Estado lo refleje.
La unidad política del Estado actual, sea en la forma federativa o unitaria, ha pasado por la variedad de Estados de caudillaje militar, y de Estados locales y regionales, y es posterior a la unidad nacional,que precisamente ha invocado como fundamento para poder constituirse. De aquí el absurdo de que, siendo efecto, quiera subordinar a él su causa, y, alterando hasta el orden cronológico de los hechos, quiera hacer lo posterior, y lo anterior posterior.
Por eso el Estado no es arquitecto que construye y reconstruye la Nación. Es la Nación la que tiene el derecho de modelar a su imagen y semejanza al Estado, que existe para servirla, y no para ser servida por ella.
En suma: el Estado es un rebelde que niega uno de los títulos principales de su soberanía si falta al deber esencial de dependencia que le liga a la Nación y no la expresa y lo cumple en la ley. Y como la Patria, en su mayor amplitud, se identifica objetivamente con la Nación, pues no es más que la Nación en nosotros, en cuanto nos sentimos ligados a ella conociendo su unidad moral e histórica y amándola como algo que es parte de nuestro ser, el Estado tiene el deber imperioso, no sólo de conocer y amar esa unidad, sino de servirla con efecto filial y de mantenerla con la fuerza.
Juan Vázquez de Mella. Obras completas.
sábado, 17 de marzo de 2012
El Carlismo y la Latinidad (III)

Afirmemos, pues, en toda su plenitud, íntegramente, las libertades regionales, y hagamos más. Llamemos a todas las demás regiones para que se levanten y anden a la voz de esta gloriosa Cataluña, que debe ser el eco de una voz más alta que las llama de nuevo a la vida; que rompan el sudario en que las ha envuelto el caciquismo; que recuerden las iniciativas de Cataluña, que representa hoy más que nunca la causa de todas las regiones de la Península española, el regionalismo, que pronto será la causa de los pueblos latinos, y, por lo tanto, la causa de Europa y del mundo.
Si, señores, la causa latina; que ya en Languedoc y en Provenza los poetas templan las liras para entonar sus cantos en el lenguaje que brotó del laúd de los trovadores, y en los campos de Bretaña despliega sus flores la planta regionalista, como una protesta contra el absolutismo jacobino; y en Italia el Congreso de Pavía de 1895 pide la autonomía de los grupos geográficos en frente de la opresión de un Estado uniformista y unitario.
El centralismo se ha formado como una nueva vegetación artificial y parasitaria sobre el polvo que ha acumulado la catástrofe; pero ha tropezado con los cimientos de roca viva del antiguo alcázar. Arranquemos esa maléfica planta, aventemos ese polvo, y sobre esa roca que ha permanecido entera reedifiquemos el alcázar en que quepan holgadamente todas las regiones, viviendo como hermanas, sin que el cetro de hierro de los poderes centralistas las mande como a una manada de siervos, porque somos ciudadanos honrados y queremos ser libres bajo una Monarquía tradicional y federativa que enlace a todas las regiones y las mantenga unidas tan sólo por los vínculos necesarios para no romper la nacionalidad común, pero reconociéndoles amplia vida para que crezcan y prosperen, dilatando su historia conforme a su ser. La tiranía es una planta que sólo arraiga en el estiércol de la corrupción social y sólo vive en los pueblos envilecidos, porque la atmósfera pura de la fe y de la virtud la secan y la matan. Que es una ley que demuestra toda la Historia que ningún pueblo moral ha tenido tiranos y que ninguno corrompido ha dejado de tenerlos.
Juan Vázquez de Mella. Llamamiento a las Regiones (en el Discurso pronunciado en el Teatro Principal de Barcelona el 24 de abril de 1903)
miércoles, 2 de noviembre de 2011
El sistema (económico) no tiene fallos, el fallo es el sistema (económico)

Nosotros creemos que deben coexistir las dos formas de la propiedad: la individual y la corporativa, y creemos que una red de Sindicatos agrícolas y obreros, formando Federaciones y extendiéndose por los valles y montañas, puede, no sólo emancipar los municipios, sino mejorar la condición de los trabajadores.
Juan Vázquez de Mella
miércoles, 13 de julio de 2011
Usurpación monárquica: "decoraciones heráldicas de la revolución que usurpan su nombre"

Juan Vázquez de Mella. "La Iglesia independiente del Estado ateo" discurso pronunciado en el Teatro de Santiago. el día 29 de Julio de 1902
La Monarquía representativa tradicional frente a la falsaria "república coronada" actual
jueves, 30 de junio de 2011
El problema social y la alternativa al capitalismo desde la tradición carlista

Esa Economía había dicho que el trabajo era una mercancía que se regulaba, como las demás, por la ley de la oferta y del pedido, y la Economía social católica contesta: No; el trabajo, como ejercicio de la actividad de una persona, no es una simple fuerza mecánica, es una obra humana que, como todas, debe ser regulada por la ley moral y jurídica, que está por encima de todas las reglas económicas.
Esa Economía había dicho que el contrato de trabajo era asunto exclusivamente privado, que sólo interesaba a los contratantes; y la Economía católica contesta: No; el contrato de trabajo es directamente social por sus resultados, que pueden trascender al orden público y social; y la jerarquía de los poderes de la sociedad, y no sólo del Estado, que es el más alto, pero no el único, tienen en ciertos casos el deber de regularlo.
La Economía liberal había dicho que el principal problema era el de la producción de la riqueza, y la Economía católica contesta: No; el principal problema no consiste en producir mucho, sino en repartirlo bien, y por eso la producción es un medio y la repartición equitativa un fin, y es invertir el orden subordinar el fin al medio, en vez del medio al fin.
La Economía liberal decía: Existen leyes económicas naturales, como la de la oferta y la demanda, que, no interviniendo el Estado a alterarlas, producen por sí mismas la armonía de todos los intereses. La Economía social católica contesta: No; existen leyes naturales que imperen en el orden económico a semejanza de las que rigen el mundo material, porque el orden económico, como todo el que se refiere al hombre, está subordinado al moral, que no se cumple fatal, sino libremente, y no se pueden armonizar los intereses si antes no se armonizan las pasiones que los impulsan; y no es tampoco una ley natural la de la oferta y el pedido, porque ni siquiera es ley, ya que es una relación permanentemente variable.
La Economía liberal decía: La libertad económica es la panacea de todos los males, y la libre concurrencia debe ser la ley suprema del orden económico. Y la Economía social católica contesta: No; el circo de la libre concurrencia, donde luchan los atletas con los anémicos, es el combate en donde perecen los débiles aplastados por los fuertes; y para que esa contienda no sea injusta, es necesario que luchen los combatientes con armas proporcionadas, y para eso es preciso que no estén los individuos dispersos y disgregados, sino unidos y agrupados en corporaciones y en la clase, que sean como sus ciudadelas y murallas protectoras, porque, si no, la fuerza de unos y el poder del Estado los aplasta.
La antigua Economía liberal decía, refiriéndose al Estado en sus relaciones con el orden económico: Dejad hacer, dejad pasar. Y la Economía católica contesta: No; esa regla no se ha practicado jamás en la Historia. Los mismos que la proclamaron no la han practicado nunca; y es un error frecuente el creerlo así, en que han incurrido muchos, y entre ellos sabios publicistas católicos, por no haber reparado que la antigua sociedad cristiana estaba organizada espontáneamente y no por el Estado. Aquella sociedad había establecido su orden económico, y no a priori y conforme a un plan idealista, sino según sus necesidades y sus condiciones; y cuando el individualismo se encontró con una sociedad organizada conforme a unos principios contrarios a los suyos fue cuando proclamó la tesis de que no era lícito intervenir en el orden económico. Lo que era precisamente para derribar el que existía, por medio de una intervención negativa, que consistía en romper uno a uno todos los vínculos de la jerarquía de clases y corporaciones que lenta y trabajosamente habían ido levantando las centurias y las generaciones creyentes. Porque ¿qué intervención mayor cabe que romper una a una todas las articulaciones del cuerpo social y disgregarle y reducirle a átomos dispersos, para darle, a pesar suyo, la libertad del polvo, a fin de que se moviese en todas direcciones según los vientos que soplasen en la cumbre del Estado?
La Economía liberal decía... pero ¿a qué continuar, señores, si habría que recorrer todas sus afirmaciones y teorías para demostrar que sólo han dejado tras de sí, al caer sepultadas por la crítica, los escombros sociales entre los cuales corre amenazadora como un río de odio, que será después de lágrimas y de sangre, al través de todas las sociedades modernas, la que se llama por antonomasia la cuestión social, engendrada principalmente por la Economía liberal, que fue la pesadilla del siglo XIX y que es la premisa de las catástrofes el siglo XX?
OBRAS COMPLETAS DE VÁZQUEZ DE MELLA . Regionalismo. Tomo I.
Algunos enlaces distributistas de interés
Liga Distributista
El distributista
The ChesterBelloc Mandate
OBRAS COMPLETAS DE VÁZQUEZ DE MELLA . Regionalismo. Tomo I.
Algunos enlaces distributistas de interés
Liga Distributista
El distributista
The ChesterBelloc Mandate
martes, 22 de marzo de 2011
Los cinco grados, las cinco conquistas, hacia la ateocracia

El error, invocando, no los derechos de la verdad, sino la benevolencia generosa para una opinión, pidió modestamente un sitio muy subalterno en la Sociedad en que imperaba la unidad de las creencias católicas. Ese fué su primer grado, y su primera conquista, el grado de la tolerancia. Después, una vez adquirido el puesto de la tolerancia, quiso mejorar de suerte, y rebajando las creencias ajenas á la medida de la opinión suya, prescindió de la benevolencia é invocó la justicia para ponerse al nivel de la verdad, que era bajar la verdad a nivel suyo. Ese fué el segundo grado, la segunda conquista, el grado de la igualdad. Alentado con el triunfo, ya no invocó ni la benevolencia, ni la justicia, ni la tolerancia, ni la igualdad, apeló al progreso, y como la verdad había descendido en la ley tanto como él había ascendido en ella, la calificó de reaccionaria y él se llamó progresivo y reclamó que constase en el Estado esa desigualdad en su favor. Ese fué el tercer grado, la tercera conquista, el grado del privilegio. Erguido en las alturas del poder, miró con desdén á la verdad, pero midiendo su fuerza social y las ruínas que él iba sembrando al ascender, queriendo evitar un desquite, trató de encadenarla á su albedrío para subir todavía más. Este fué el cuarto grado y la cuarta conquista, el grado del monopolio. ¿Qué le falta ya? Convertirle de monopolio político en monopolio social por medio del quinto grado, de la última conquista, la del exterminio por medio de la persecución.
Señores: Creo que se necesita estar ciego para no ver que en todos los pueblos latinos la negación anticatólica ha pasado del privilegio al monopolio político, y que se mide cautelosamente las fuerzas de resistencia de la verdad para tratar de convertirle por la persecución, variable según esas resistencias, en monopolio social.
Juan Vázquez de Mella. Leyes históricas que confirman las relaciones de la Iglesia y el Estado. Discursos parlamentarios tomo I
sábado, 12 de marzo de 2011
La Nación, la voluntad nacional y las tradiciones fundamentales

De este concepto de la nación, que es el verdadero y legítimo concepto, como yo podría demostrar aquí refutando todos esos conceptos parciales geográfico, etnográfico , linguístico, etc, etc, que no significan otra cosa más que las teorías que algunos publicistas han defendido como punto de partida para sostener el famoso principio de las nacionalidades, que tantos beneficios ha reportado á algunos políticos ambiciosos, por medio de prácticas irrisorias y de evidentes mixtificaciones; de ese concepto de Nación, como todo armónico que forman la cadena de generaciones asociadas por un mismo espíritu y por una misma unidad de creencias, brota la verdadera voluntad nacional, que no es la voluntad pasajera y mudable de un día, aun cuando fuese entonces expresión del estado de la opinión verdadera del país, sino que es la voluntad de las generaciones que se han sucedido sobre el suelo de la patria y que se expresa, no por actos pasajeros y mudables, como el que nace de una elección parlamentaria, sino por hechos constantes de la historia, que tienen su expresión exacta en las tradiciones fundamentales de un pueblo; y como esas tradiciones en España se resumen en esa trinidad augusta que corresponde hasta á las palabras mismas que sirven de lema á nuestra bandera, tendríais que reconocer que la unidad católica, que es la tradición fundamental en el orden religioso; la Monarquía cristiana, que es la tradición fundamental en el orden político, y la libertad fuerista ó regionalista, que es la tradición democrática de nuestro pueblo, erán las tres fundamentales tradiciones donde estaba como vinculada y representada la voluntad nacional, lo que os llevaría á esta inevitable consecuencia: todo partido, todo hombre de Estado que se levante contra esta trilogía augusta en que se compendia y se resume la constitución interna de España, estará en contradicción con la voluntad nacional, renegará de aquello que constituye propiamente la patria, y pondrá su voluntad en contra de la patria misma.
Juan Vázquez de Mella. El programa tradicionalista. Discurso pronunciado en el congreso los días 30 y 31 de mayo de 1893.
VÁZQUEZ DE MELLA. RELIGIÓN – CUESTIÓN SOCIAL – PATRIA
miércoles, 9 de febrero de 2011
El enemigo es el SISTEMA, ¡Católico!, tu opción política: el Carlismo.

Los medios legales y pacíficos, la evolución prudente, es lo que preconiza como el mejor método de restauración católica. Y a este procedimiento se le considera de tal modo importante, que, discrepar de la regla de conducta que él señala, es romper abiertamente con la fórmula de unión; por lo cual bien puede decirse que, más que procedimiento, es uno de sus principios capitales.
¿Y cuáles son los fundamentos en que se apoya? Un error de estrategia y una táctica opuesta a todas las que se han conocido en la historia de las luchas políticas y militares. El error de estrategia es precisamente, en lo que se refiere a la conducta, la causa principal del estado de la Iglesia en España y de la situación de los católicos españoles. ¿Y en qué consiste ese error de estrategia? Consiste, señores, en que estamos siempre a la defensiva y no tomamos la ofensiva nunca. Todo se reduce a parar los golpes fuertes, a resistir cuando nos atacan mucho, y mientras tanto a descansar en la inercia, esperando descuidados la nueva acometida. Aun los momentos heroicos de las luchas cruentas, a que debemos todo lo poco que conservamos, tuvieron más su origen en las agresiones de los adversarios que en las iniciativas propias. Y no hay que decir lo que ha sucedido en los largos períodos de paz material y de lucha moral. Esta es la razón, señores, de que nuestra historia contemporánea resulte una serie de treguas y de armisticios que suelen acabar en pactos que llevan aparejada una infamante servidumbre.
(...) Señores: con esta estrategia se puede hacer el recuento de todas las batallas que se han perdido, pero no es posible empezar la lista con una sola que se haya ganado (...)
¡Que se deben emplear los medios legales y pacíficos! ¿Quién lo duda? Pero ¿acaso esos medios son suficientes, no ya para restaurar la tesis católica, sino para mejorar, de un modo estable, de suerte, y poder poner en peligro al adversario? ¿Cuándo se ha hecho una revolución católica, es decir, una restauración de la verdad, dentro de la ley enemiga y contra el poder que la ha establecido y que la mantiene violando los derechos de la Iglesia? (...)
Juan Vázquez de Mella. La persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado Ateo. Obras completas, volumen quinto.
Los Principios no negociables: Dios, Patria y Rey.
sábado, 29 de enero de 2011
Los Principios no negociables: Dios, Patria y Rey.

Y aunque separados por el procedimiento, y haciéndose la guerra como errores opuestos que son, ponen término a sus querellas, y acallan sus odios cuando se trata del enemigo común, y, como si formasen un solo partido y profesasen una misma doctrina, gritan unánimes que ya es hora de acabar con las batallas chicas y de reñir los grandes combates, por lo cual es necesario prescindir de legitimidades y formas de gobierno, que son cosas accidentales y transitorias, y encerrarse en el terreno puramente religioso, teniendo en cuenta que primero se debe buscar el reino de Dios y su justicia, porque todo lo demás se nos dará por añadidura.
Esta hipócrita celada en que han caído no pocos espíritus sencillos cegados por el misticismo y aparente generosidad en que va envuelta, redúcese, bien examinado el asunto, a despreciar, como enojosa impedimenta para el combate, el derecho y las tradiciones de los pueblos en que se pelea. Porque la legitimidad no es sólo el título de los poderes que se fundan en una ley histórica o en una costumbre, sino el sello augusto que les imprime la conformidad con la ley divina y el derecho nacional; y creer, por lo tanto, que la legitimidad es un mero litigio dinástico que únicamente se refiere al origen del mando o que es cosa tan baladí la rectitud de su ejercicio que acciones no intencionales bastan para borrarla, o que pueda ser retirada y concedida en nombre del criterio particular por conciliábulos de periodistas y aun por multitudes unánimes, es sencillamente relegar con jansenístico respeto la potestad de la Iglesia al lugar de las cosas inútiles, y sustituirla con la razón independiente de toda norma y autoridad que no se apoye en ella misma. En suma: que es profesar el principio racionalista, más la hipocresía, para mejor defender la verdad católica que condena ambas cosas.
Añádese a esto que la forma de Gobierno, cuando es secular, como en España, y ha sido, juntamente con la Iglesia, causa de la unidad nacional, y a la vez elemento, y en parte presión del espíritu y voluntad unánime de la cadena de generaciones en que tomó cuerpo la nación, es principio esencial de la constitución interna y cosa inherente a la patria, de la cual es tradición política fundamental. Querer, pues, que se prescinda de ella para mejor defender a la Iglesia, es pedir en buenos términos que se reniegue de la patria y se rechace su constitución secular, y hasta se reniegue de la historia y de la nación, que sin la Monarquía ni se comprende ni se explica.
Pero nótese que las tradiciones, como los derechos, están unidos por el vínculo común, y que, quien conculca o viola uno, indirectamente los hiere todos. Primero caería el Trono, después el Altar, y sólo quedaría en pie el orgullo racionalista convertido en ariete de la obra de los siglos.
¡El Derecho, la Monarquía y la Tradición nacional, cosas secundarias y accidentales! ¡Y que esto lo digan gentes que presumen de purísima fe religiosa! (...)
A esta extraña aberración ha conducido en algunos el afán de sincerar su conducta desatentada con la única comunión social y política de España sometida incondicionalmente al servicio de la Iglesia. ¡Como si a la Revolución se la combatiese mejor cediéndole parte del campo y oponiendo a sus negaciones rotundas afirmaciones incompletas!
Tal es, en suma, uno de los sofismas fundamentales con que las banderías separadas de la comunión tradicionalista fingen defender a la Iglesia haciendo guerra a aquellos de sus hijos que no creen que, para defender a sus madre, necesiten renunciar a los deberes que ella inculca y a las intituciones nacidas bajo su influencia y amamantadas en su seno (...)
Juan Vázquez de Mella. La persecución religiosa y la Iglesia independiente del Estado Ateo. Obras completas, volumen quinto.
lunes, 23 de agosto de 2010
La Monarquía representativa tradicional frente a la falsaria "república coronada" actual.

La Monarquía tradicional, nacida al amparo de la Iglesia y arraigada en la historia, es magistratura tan magnífica y se presenta de tal manera rodeada de majestad y grandeza a la mente del filósofo y al corazón del poeta, que ninguno que se llame monárquico, aunque sea de las monarquías falsificadas que ahora se estilan, si poseen alguna ilustración y entendimiento, puede dejar de rendirse ante ella y cantar sus glorias y ponderar sus maravillas, si forzado por las circunstancias, tiene que luchar contra los secuaces de la forma republicana.
Porque defender el parlamentarismo monárquico contra el parlamentarismo republicano sin apelar para nada a la Momarquía representativa tradicional es tarea imposible, como lo demuestran evidentemente los doctores constitucionales cuando, por medio de un vulgar sofisma, procuaran hacer de la Monarquía histórica y la revolucionaria una misma institución, con el propósito de atribuir a la segunda las glorias y prestigios de la primera.
Pueden conseguir así efectos de momento entre la indocta masa liberal; pero la verdad no tarda en abrirse paso a través de las argucias y sutilezas, y concluye por ser objeto de mofa o desprecio el sofisma si lleva su temeridad hasta el punto de confundir en uno, según lo exigen y lo piden las necesidades de la polémica, el principio y el ser de la Monarquía cristiana y de la parlamentaria liberal. Un abismo las separa. Porque, mientras una reconoce y expresa de la manera más adecuada todos los atributos de la soberanía, la otra los mutila y divide, dándoles sujetos diferentes y sustituyendo la unidad, que los reduce al orden, con equilibrios y combinaciones que la convierten en máquina artificiosa y complicada, incapaz de excitar afectos ni de engendrar convicciones.
Porque defender el parlamentarismo monárquico contra el parlamentarismo republicano sin apelar para nada a la Momarquía representativa tradicional es tarea imposible, como lo demuestran evidentemente los doctores constitucionales cuando, por medio de un vulgar sofisma, procuaran hacer de la Monarquía histórica y la revolucionaria una misma institución, con el propósito de atribuir a la segunda las glorias y prestigios de la primera.
Pueden conseguir así efectos de momento entre la indocta masa liberal; pero la verdad no tarda en abrirse paso a través de las argucias y sutilezas, y concluye por ser objeto de mofa o desprecio el sofisma si lleva su temeridad hasta el punto de confundir en uno, según lo exigen y lo piden las necesidades de la polémica, el principio y el ser de la Monarquía cristiana y de la parlamentaria liberal. Un abismo las separa. Porque, mientras una reconoce y expresa de la manera más adecuada todos los atributos de la soberanía, la otra los mutila y divide, dándoles sujetos diferentes y sustituyendo la unidad, que los reduce al orden, con equilibrios y combinaciones que la convierten en máquina artificiosa y complicada, incapaz de excitar afectos ni de engendrar convicciones.
En el suelo feraz del derecho cristiano brotó el árbol de la Monarquía representativa e histórica; y cuando se desarrollo fecundando por la savía popular, bajo sus ramas frondosas comenzó a levantarse la nación, que de él recibió el ser; y de tal manera se confundieron en una de sus vidas, que la robustez y lozanía de la institución monárquica coincidió siempre con la grandeza nacional, y la ventura y prosperidad de la Patria fueron siempre en España florecimiento de la Monarquía y acrecentamiento del amor a la realeza.
Por eso la Monarquía española es sinónimo de Nación española. Y por modo tan maravilloso se identifican en un mismo ser social, que no se puede suprimir la Monarquía sin suprimir la historia nacional, y, por lo tanto, a la nación misma. Elemento esencial de la Patria son las tradiciones fundamentales; y siendo la Monarquía la primera tradición política, claramente se deduce que es parte esencial de la Patria, y que, por la fuerza de la lógica, los que se levantan contra la primera tienen que aborrecer la segunda.
(Juan Vázquez de Mella)
Artículo recomendado: Lignières, Eriador
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