miércoles, 28 de diciembre de 2011

José Pancorvo: Boinas Rojas a Jerusalén, 2ª Edición

ANTE DIOS NUNCA SERÁS
UN HÉROE ANÓNIMO

Adoremos a Dios heroicamente,
adoremos a Dios sempiterno,
adoremos a Dios Creador, Redentor y Juez,

adoremos a Dios en sus obras supremas,
adoremos a Dios en su obra maestra la Madre de Dios,
adoremos a Dios en la Iglesia y sus Jerarquías legítimas,

adoremos a Dios en la Cristiandad y sus Dinastías legítimas,
adoremos al Dios de los Boinas Rojas en su Jerusalén celeste,
adoremos al Dios de los Ejércitos en sus ejércitos,

adoremos a Dios con adoración cada vez más heroica,
adoremos a Dios hasta el Santo Sepulcro,
adoremos a Dios hasta aterrorizar al infierno.

ENCIÉNDETE O ESCÓNDETE

Enciéndete, España santa,
del entusiasmo carlista
en olas de juventudes
inmensas e intempestivas.
Enciéndete, España joven,
que el milenio te ilumina
con un sol de mil claveles
que te da vino de vida.

Enciéndete, España Judit, los claveles;
Escóndete, España Holofernes, si puedes.

Escóndete, España vieja,
moribunda apodrecida,
y por loca y rebelada
bebe el vino de la ira.
Escóndete, España bruta,
vieja bruja confundida,
huye si puedes, no a Francia,
que no serás recibida.

Escóndete, España Holofernes, si puedes
enciéndete, España Judit, los claveles.

COELESTIS URBS IERUSALEM

El Cielo es una Católica Jerusalén.
Sea la Tierra una Jerusalén Católica.

Sea una Jerusalén la Tierra.
Siete veces trompetas reproducen el día
de las nueve salidas a la paz más divina.
Son las trompetas de los carlistas.
La Tierra sea Jerusalén.
El orbe se atormenta pero saetas vuelan
de voces en florestas bajo fuertes banderas.
Son boinas rojas que recién llegan.
Sea la Tierra Jerusalén.
Ni el fuego nos detiene bajo el trueno de Dios,
nuestras banderas vuelan en la centella atroz.
Somos carlistas, ya Dios triunfó.
La Tierra sea Jerusalén.

El Cielo es una Católica Jerusalén.
Sea la Tierra una Jerusalén Católica.

ASPIRACIONES PARA DESPUÉS DE LA COMUNIÓN
( Mt XXIV; Apoc XIX y XX)


Majestad Divina de Cristo, arróbanos
Espada de Cristo, alúmbranos
Capa roja de Cristo, guíanos
Vara de hierro de Cristo, comándanos
Vino de la Santísima ira de Cristo, aliméntanos
Oh Jesús Dios Fuerte, llámanos
entre tus filas, alístanos
no permitas que nos separemos de Ti
al enemigo malo, abísmalo
de toda superficialidad y flojedad, cúranos
y a toda hora, únenos
a tus ejércitos del cielo y de la tierra
por los siglos de los siglos, aménJosé Pancorvo. Boinas Rojas a Jerusalén, Poesía carlista del siglo XXI. Itinerarios, Madrid 2011, 21x14 cm. 80 páginas. ISBN 978-84-936787-8-4 (2ª edición-1ª edición Lima 2008)

domingo, 25 de diciembre de 2011

La tentación del "comunitarismo" ante el caos social

El giro postmoderno también ha tenido su impacto en el pensamiento clásico. Y al mismo responde lo que se ha dado llamar, con expresión procedente de los Estados Unidos, el "comunitarismo" . No es de estrañar, para empezar, que se haya producido precisamente allí el alumbramiento de tal movimiento de ideas y acciones. Pues, como acabamos de ver, es en su seno donde se ha fraguado la particular relación entre sociedad civil y política que ha conducido a la "hegemonía liberal". Esto se explica, desde luego, por el contexto particular en que nacieron los Estados Unidos, casi como encarnación histórica de un "contrato social" que mientras en el viejo mundo no podía por definición sino resultar ahistórico, allí por lo contrario, precedido por un singular "pluralismo", iba a ser funcional a la creación de un cuerpo político, originando un "federalismo" bien distinto de la práctica del "principio federativo" medieval, pero también del luego exportado a Europa, que luego se perpetuaría. Pero también, desde otro ángulo, por el también contexto particular de la tradición intelectual anglosajona, empirista y pragmática. En cierto sentido, pues, puede decirse que los Estados Unidos nacen ya desembarazados de la existencia de la "Cristiandad", así como que no ha dejado de gravitar en ellos la tensión entre la Ilustración a la francesa o a la alemana (les Lumières o Aufklärung) y la inglesa (Enlightment).

Ambos aspectos están presentes, a no dudarlo, en la toma de posición comunitarista, que si critica el liberalismo lo hace desde dentro: en puridad el primero es una suerte de relativismo teñido de historicismo y sociologísmo, pero -a diferencia del segundo- no individual sino colectivo. Su antropología, deudora de una metafísica, o más bien de una ausencia de ella, por lo menos en su significado para el realismo clásico, rechaza cualquier universalidad, y resulta incompatible por lo mismo con la razón y la ley naturales. Y no en el sentido de distinguir entre una racionalidad o un derecho natural racionalistas (dogmáticos) frente a otros clásicos (problemáticos), aquellos idealistas mientras que éstos radicados en la historia, sino directamente en el de disolución de la racionalidad y la justicia como realidades con una dimensión universal.

Sin embargo, de un lado, la batalla sostenida contra el liberalismo individualista, así -de otro- la disgregación progresiva y acelerada de las sociedades occidentales, ha conducido a muchos que se reclaman fieles al pensamiento clásico a caer en la tentación. Una tentación que se concreta en la renuncia a la verdadera comunidad política, plenaria o -según otra terminología no exenta tampoco de riesgos- "perfecta", y que se contenta con la yuxtaposición de comunidades, irreductibles, que simplemente aspiran a ser reconocidas. Ya no es, siquiera, la sociedad civil autorregulada e independiente de la política, sino la disolución de la idea de la comunidad de los hombres, con sus eternas tensiones entre identidad y comunicación, consensus y sobre-ti, sustituida por el repliegue sobre una identidad hipertrofiada y en que las opciones dejan de ser humanas para ser ideológicas, y por lo mismo, en el fondo irracionales. Es no sólo la deserción de la política, sino también de la sociedad. Y de la nación. Al tiempo que es la clausura sobre el yo y los que le son iguales, cuando la radicalidad de la convivencia, que brota de todos los estrados de la personalidad, procede precisamente de las diferencias entre los hombres.

Claro que puede entenderse la reacción comunitarista dentro de la dinámica de la modernidad tardía, decadente y reactiva al mismo tiempo respecto del paradigma moderno, hipermoderna finalmente. Más aún, como hemos dicho, en el universo mental "americano". Las citas de Aristóteles y su acogida por cierto catolicismo, en general llamado "tradicionalista", no deben sin embargo engañarnos. El comunitarismo ensambla confusamente materiales en parte contradictorios entre sí, pero que convergen en una suerte de fideísmo gnóstico.

Estamos, pues, bien lejos del pensamiento clásico y católico.

Miguel Ayuso. El Estado en su laberinto. Las transformaciones de la política contemporánea

lunes, 12 de diciembre de 2011

El Carlismo y la Latinidad.

Frédéric Mistral. Poeta provenzal, defensor del catolicismo y la tradición contra el liberalismo y la modernidad. Difusor de la latinidad.

La desvirtuación hasta lo obsceno del concepto de Latinidad, especialmente por su clara connotación antihispánica en el término Latinoamérica, ha hecho que los orígenes estrictos del término y de la corriente cultural que lo animó hayan quedado absolutamente ensombrecidos. Sin embargo la idea de la latinidad representó una respuesta tradicional al orden anglosajón y al pangermanismo, un último pálpito de la vanguardia de la romanidad frente al barbarismo europeo y como tal fue acogida por el Carlismo.

Fue Frédréric Mistral, poeta provenzal en lengua occitana, quien propuso el término y ánimo las reuniones latinas de Montpellier. Tiene en su origen un fundamento puramente cultural, el acercamiento de las diversas lenguas y culturas latinas de la que nació la propuesta de confederación política. Sin embargo los impulsores originales (los felibres) se mantuvieron muy al margen de esa pretensión de hacer de la latinidad una ideología política(1). A Mistral se le debe el renacimiento de la cultura occitana, fuertemente influenciado por los escritores catalanes de la Renaixença, a los que muy pronto empezó a tratar. Muchos huían del régimen liberal isabelino que en ocasiones aplicó una incipiente represión contra el uso de la lengua catalana y se instalaron en la Provenza. Mistral visita Cataluña, participa en los Jocs Florals y se empapa del ambiente tradicional y católico que inspiraba sin fisura alguna de esas primeras reuniones. El provenzalismo de Mistral no se inscribía en un nacionalismo cainita (en que no obstante acabaría degenerando con el tiempo cierto sector del catalanismo) sino en la profunda concepción orgánica de la civilización, análoga postura a la de los primeros catalanistas. Pese la génesis jacobina de la Francia de su tiempo Mistral se comprometió con el gobierno de facto (como también hicieron los carlistas cuando la política internacional española estaba en juego, como en los casos de las guerras de Marruecos, Cuba y Filipinas) durante la guerra franco-prusiana, en la que veía el gran enfrentamiento entre la latinidad y el pangermanismo. Por eso su concepto iba más allá de lo estrictamente estatal y apelaba a la unidad de la latinidad, nunca con vistas a formar un único Estado, sino como ámbito cultural, histórico y civilización de las lenguas y culturas romances, sin perjuicio de los otros importantes y diversos aportes culturales que acabarían conformando esos pueblos. Mistral se inscribió dentro de las ideas políticas de otro provenzal ilustre: Charles Maurras, que en su Action Française defendía una Francia tradicional, muy apartada del nacionalismo jacobino y liberal que de hecho suponía la liquidación de la verdadera Francia(2). Precisamente en la AF existía un importante componente contrario al pangermanismo que redundó en la afirmación de la Latinidad como contraposición al expansionismo alemán.

Estos antecedentes resultan de por si suficientemente valiosos para enjuiciar la ortodoxia original del concepto de Latinidad como la unión de los pueblos de “raza” (entendida no como pura biología sino en un sentido de estirpes históricas) y cultura latina. Enunciación que en España fue acogida casi en solitario por el Carlismo. Así queda de manifiesto en el Testamento Político de SMC Carlos, el más castizo de nuestros Reyes:

Aunque España ha sido el culto de mi vida, no quise ni pude olvidar que mi nacimiento me imponía deberes hacia Francia, cuna de mi familia. Por eso allí mantuve intactos los derechos que como Jefe y Primogénito de mi Casa me corresponden. Encargo a mis sucesores que no los abandonen, como protesta del derecho y en interés de aquella extraviada cuanto noble nación, al mismo tiempo que de la idea latina, que espero llamada a retoñar en siglos posteriores.

Con el tiempo el término acabó cayendo en desuso, pues las fronteras estrictas del paradigma estatalista separó y alejó a pueblos de una misma raza y estirpe. Los antagonismos estatales se terminarían convirtiendo en antagonismos nacionales y la latinidad quedaría oscurecida. En España se produce la afirmación de la Hispanidad, concepto nacido en Argentina con otra dimensión pero perfectamente compatible con la Latinidad. Sin embargo, en lo que toca a la proyección americana de la cultura es unánime el reconocimiento de que el término correcto es el de Hispanidad e Hispanoamérica, por ser una obra restringida a España y Portugal y no a toda la Latinidad. El término Iberoamérica tampoco es correcto ni siquiera por la pretensión de referirse a los pueblos americanos de lengua portuguesa. En primer lugar los pueblos portugueses son más celtas que íberos. Si se pretende usar con el ánimo de referirse al origen peninsular tampoco es correcto, pues ni la conquista española ni la portuguesa estuvo limitada a los contornos peninsulares de España o de Portugal, teniendo un carácter esencial y decisivo el concurso de los territorios extrapeninsulares en esta gesta, Canarias en el caso español, Azores y Madeira y los territorios africanos en el caso portugués. Sigue siendo preferible usar el término hispano, tal y como razonó Ramiro de Maeztu al inicio de su Defensa de la Hispanidad.

El término Latinidad, usado por tradicionalistas de raza y cultura latina durante el siglo XIX y los primeros años del XX fue manipulado a posteriori con el uso del término Latinoamérica por los enemigos de la América Hispánica y de la propia Latinidad con la intención de desprestigiar y escamotear el verdadero significado de la obra del descubrimiento, conquista y evangelización de América.

(1) Así lo hace constar el poeta y periodista valenciano Teodoro Llorente, animador de un cierto regionalismo valenciano de índole burguesa que intentó expandir en España el proyecto político de La Alondra: (…) Los felibres no quieren hacer política, como ahora se dice, pero como se inspiran principalmente en la tradición, los republicanos, los demócratas, todos los que obedecen á ideas revolucionarias, recelan de sus propósitos y los tachan de reaccionarios. Para contrarrestar esa tendencia, han fundado La Lauseta, cuya presidencia ha aceptado Victor Hugo y su órgano L’Alliance Latine, cuyo primer número acaba de aparecer, expresa claramente sus aspiraciones políticas.

(2) No obstante no resulta del todo unánime esta visión de la AF. Para una inteligente visión crítica de la misma como corolario de toda una tesis politológica Jean de Viguerie, Les deux patries. Essai historique sur l´idée de patrie en France, Grez-en-Bourie, 1998. Tesis recientemente tratada por Miguel Ayuso en su magnífico ensayo El Estado en su laberinto. Las transformaciones de la política contemporánea. Colección De Regno nº 8. Ediciones Scire, Barcelona 2011.

sábado, 19 de noviembre de 2011

¿Democracia o tecnocracia al servicio de los mercados financieros?

Las trasformaciones de la democracia debe, pues, examinarse necesariamente es ese cuadro. Si en la fase denominada "liberal" el protagonismo lo tuvieron los gentlement, las grandes personalidades políticas, en un horizonte marcado por el sufragio censitario y la creación de una clase burguesa al servicio de la revolución liberal, la sucesiva fase democrática -con la introducción del sufragio universal- vino caracterizada por la emergencia de los partidos políticos, nuevas feudalidades que indujeron una nueva y creciente oligarquización en la fase más cercana de nuestros días, caracterizada propiamente como "partitocrática". A la larga se abriría la posterior crisis de los partidos, de las instituciones representativas (los parlamentos) y, en definitiva, de la propia democracia, sustituida por la tecnocracia. Si este proceso tuvo importantes reflejos en el nivel estatal, ha sido el ámbito "europeo" (recte, de la Unión Europea) donde ha adquirido carta de naturaleza a cuenta del famoso "défecit democrático", que si desde algún punto de vista puede convertirse en sinónimo de las exigencias del "buen gobierno", desde otro no deja de ahondar una opacidad creciente que desnuda progresivamente el vínculo entre poder y sociedad en que consiste la representación política.

Miguel Ayuso Torres. El Estado en su laberinto. Las transformaciones de la política contemporánea.

¿Qué es una política popular? Aquella en que se gobierna CON el pueblo

La tecnocracia y el hombre masa, camino al totalitarismo moderno


jueves, 17 de noviembre de 2011

Actualidad del cuatrilema (I): Dios

Pensemos primero en la unidad católica. Allí donde se mantenía la unidad de fe, era un deber sagrado preservarla; atacarla, una impiedad. Abrir el pluralismo religioso donde había unidad católica, sencillamente suicida. La propia Iglesia católica, humanamente hablando, ha contribuido a este suicidio, desde luego con sus praxis, y quizás también con su giro doctrinal. Pues la comunidad de los hombres no es pura coexistencia. Hoy el llamado multiculturalismo, en sus múltiples formas, sostiene que de una manera o otra todas las culturas y las religiones son igualmente valiosas, por lo que hay que crear simplemente un marco neutro de coexistencia. Eso son los juegos, presididos por reglas formales; o las sociedades mercantiles, regidas por la voluntad de los socios.

La vida de los hombres en sociedad, en cambio, tiene algo de comunitario. Quizá no pueda ser una comunidad perfecta, como los griegos todavía creían, porque eso la aproximaría a la Iglesia. Los hombres conviven con cosas que los diferencian y otras que los ocomunan. Pero lo que no es posible es que haya una verdadera convivencia sin algo de comunidad, sin un principio comunitario, sin algo que trascienda la utilidad o los lazos formales para insertarse en la carne y en la sangre. La unidad católica, la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, reducida a su núcleo de inteligibilidad puede traducirse así: más allá de las exigencias de orden sobrenatural de dar públicamente el culto debido al verdadero Dios, desde el ángulo humano no supone otra cosa que la exigencia de la comunidad de los hombres.

La situación presente, evidencia, precisamente, todo lo contrario: la disolución de lo que quedaba de comunitario. Y, por tanto, la progresiva selvatización de nuestras sociedades. Subsisten por el momento mediaciones culturales, económicas, educacionales, que impiden que se produzcan todos los efectos realmente implicados en el proceso y que lo ralentizan. Si se actualizaran las consecuencias contenidas en los (pseudo) principios del liberalismo, estaríamos desde hace tiempo en guerra civil. Es la paradoja del contractualismo liberal, que buscaba en el artefacto estatal la huída de un "estado de naturaleza" imaginario, pero que ha terminado produciéndolo en verdad.

Radicar la hispanidad en la Cristiandad es, pues, atender a este requerimiento insobornable. El verdadero carlismo no puede, por lo mismo, sino permanecer fiel a tal exigencia. Como el carlismo descaecido cuando lo niega lo maquilla. Álvaro d´Ors, lo decía explícitamente con referencia al tradicionalismo: "Si esté abandonara sus propios principios y abundara en esa interpretación absolutista de la libertad religiosa, incurriría en la más grave contradicción, pues la primera exigencia de su ideario -Dios, Patria, Rey- es precisamente la de la unidad católica de España,de la que depende todo lo demás.

Miguel Ayuso Torres. Una visión contemporánea del carlismo; en A los 175 años del carlismo. Una revisión de la tradición política hispánica

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Apuntes para una economía tradicionalista en un Orden social, foral y católico

Socialización
En la ordenación de los bienes materiales, el Carlismo niega, de una parte el capitalismo liberal, que traslada a la economía las pugnas de los egoísmos infrahumanos y que termina en la esclavitud de los asalariados por parte de los propietarios de los medios de producción. Y, de otra parte, niega el Carlismo también la estatificación de esos medios de producción que agrava el mal al entregar a los asalariados indefensos en manos de un propietario único, monopolista absoluto, el Estado totalitario, señor de poderes plenos, irresistibles y exclusivos. Esto significa que el Carlismo defiende la propiedad privada frente al socialismo y la propiedad colectiva frente al individualismo. Y por eso el foralismo significa la simultánea defensa de la propiedad individual y de la propiedad estatal, dentro de un sistema de propiedad social. Así es como el Carlismo se suma a las corrientes socializadoras de la época; postulando que la propiedad no sea exclusiva de los individuos o del Estado, sino de los individuos como tales, de los cuerpos sociales como tales y del Estado como tal, en las proporciones variables que cada momento aconsejen.

Propiedad social
Al requerir como de máxima urgencia la constitución de economías sociales, el Carlismo rehuye tanto el individualismo burgués como el estatismo marxista. Porque es cierto que el individuo necesita la propiedad de algunas cosas para su normal desenvolvimiento, y que el Estado necesita también de propiedad para cumplir sus objetivos debidamente. Pero la forma normal de la propiedad es la de la libre participación de los individuos en los bienes de los organismos sociales, desde la familia al municipio o al gremio, forma que asegura la libertad individual, al par que garantiza a cada hombre un puesto activo dentro de la vida colectiva.
Disminuyendo al máximo la propiedad individual y la estatal, el Carlismo conoce primordialmente las formas de propiedad social, cuyos sujetos sean la familia, el municipio, las agrupaciones profesionales y las sociedades básicas restantes. Y de acuerdo con ello, el Carlismo condena expresamente la desamortización de los bienes de las comunidades en el expolio con que la dinastía usurpadora fraguó artificialmente una clase burguesa de enriquecidos por méritos de favor político, a fin de sostenerse en el trono usurpado, exigiendo la reconstrucción inmediata de los patrimonios sociales, especialmente de los municipales, previa indemnización a los poseedores de buena fe.

Reforma agraria
El Carlismo sostiene que el proletariado campesino surgió en España a resultas de la desamortización. Por eso postula la realización de una reforma agraria, que reconstruya la propiedad social de las comunidades territoriales. Para llevar a cabo esta reforma agraria de un modo inmediato postula la autorización del pago de indemnizaciones a poseedores de buena fe con títulos de deuda local, en el marco de un régimen financiero especial y transitorio. Por aquí habrá de buscarse también la creación de patrimonios familiares indivisible en arriendos de noventa y nueve años, haciendo realidad la reforma agraria inaplazable. El resto de las propiedades agrarias será sujeto al cauce de propiedades empresariales, estableciéndose la participación proporcionada de los ahora asalariados en los beneficios de tales empresas.

Reforma de la empresa
La economía industrial o mercantil adoptará la forma patrimonial de las propiedades familiares o empresariales, con proporcionada participación en los beneficios de cuantos intervienen en el proceso de la producción o en el ciclo comercial. Una legislación especial canalizar el ahorro con miras a dar al accionariado popular influjo decisivo en la vida de las grandes sociedades anónimas. Pero, en lugar de ellas, que llevan el estigma de la explotación capitalista, el Carlismo sostiene con la doctrina social católica la conveniencia de fomentar por todos los medios las cooperativas de producción y de consumo.

Banca
El Carlismo considera a la banca como servicio público, regulado por ley adecuada que ordene sus actividades al servicio de la comunidad nacional, tanto en la canalización del ahorro privado, como en el uso del numerario. En todo caso, fomentar la actividad bancaria de los organismos sociales capacitados para ella, sustituyendo el ordenamiento bancario estatal o individualista, por instituciones bancarias profesionales o gremiales, municipales y regionales.

Intervencionismo
El Carlismo preconiza la intervención del poder público - regional o estatal Según los casos fijados por la ley - en la economía a fin de garantizar el bien común y que el desarrollo económico sea también un desarrollo social. Por lo tanto sostiene el deber en que está el mismo de lograr algunos fines como los siguientes:
a) Encauzar las economías privadas al servicio del bien común en función de los planes generales de desarrollo económico.
b) Fiscalizar la rentabilidad de las empresas y censurar su administración en los aspectos técnico-jurídicos.
c) Garantizar la libertad de asociación profesional y encauzarla a la defensa de los intereses económicos de quienes legalmente puedan asociarse para tales fines.
d) Impedir el "lock-out" siempre, y la huelga cuando se trate de huelgas "subversivas" o "salvajes".
e) Garantizar un salario mínimo vital personal y familiar, complementado siempre por la parte de los beneficios empresariales, en las cuantías fijadas por el Consejo Social Regional respectivo, dentro de los límites fijados anualmente por el Consejo Social Real.

Política social carlista
Baste con los anteriores ejemplos para el fin que se perseguía. El Carlismo es consciente de que una sociedad auténticamente cristiana exige que todo hombre sea propietario de bienes bastantes para atender sus necesidades, Según el tipo de vida medio del ambiente en que viva. Por eso, la meta de la política social carlista es acabar con las injustas desigualdades en la posesión de las riquezas, propiciar una justa redistribución de los medios económicos y proporcionar sin excepción a todos los españoles una parte conveniente en forma de propiedad familiar o por participación en las propiedades sociales. No puede sentir la grandeza de la patria, ni se puede sentir llamado a cumplir la misión de las Españas, quien no esté integrado plenamente en ellas por no pertenecer a las instituciones políticas y económicas que las constituyen. Esto es justamente lo que pasa cuando la propiedad es individualista - concentrándose en una sola -. Y esto es justamente lo que pasa, asimismo, cuando la representación es inorgánica o cuando no hay representación política ninguna, como ocurre respectivamente en el liberalismo y en el socialismo. Por eso propugna el Carlismo una propiedad social y una representación corporativa, que considera los precisos instrumentos forales capaces de eliminar para siempre al mero asalariado, vendedor de trabajo propio y de votos electorales prestados, sin arraigo social efectivo, y vergüenza de una comunidad que quiera merecer el calificativo de cristiana.

¿QUE ES EL CARLISMO? 1971 (Edición cuidada por Francisco Elías de Tejada y Spínola, Rafael Gambra Ciudad y Francisco Puy Muñoz. Capitulo 10 Fueros (puntos 154 a 160)

lunes, 14 de noviembre de 2011

Don Sixto Enrique de Borbón preside en Madrid la Cena de Cristo Rey 2011

Crónica de la estancia de Don Sixto Enrique en Madrid: Pincha Aquí

Más fotos en la Agencia Faro: Pincha Aquí

viernes, 11 de noviembre de 2011

Don Sixto Enrique de Borbón sobre la tragedia de Libia: «El león ha muerto y las hienas chillan»

La Agencia Faro ha tenido la oportunidad de conversar con S.A.R. Don Sixto Enrique de Borbón sobre los trágicos acontecimientos en Libia, adonde el propio Abanderado de la Tradición viajó en dos ocasiones durante la guerra de devastación que ha sufrido dicho país norteafricano. Resumimos las palabras del Duque de Aranjuez

El león ha muerto y las hienas chillan

La agresión contra Libia ha supuesto un montaje vergonzoso y criminal, que va a estimular muchas más reacciones del lado musulmán. Ha sido además una indecente exhibición de hipocresía, con el propio gobierno estadounidense ayudando y financiando a grupos idénticos a los supuestos autores del atentado de las Torres Gemelas en Nueva York. Tras los llantos oficiales del décimo aniversario de aquello, han respaldado sin la menor vergüenza a los elementos libios de Al Qaeda, que estaban en Bengasi.

Tras esta agresión no sólo se esconden los intereses de las petroleras francesas y estadounidenses, al precio de la sangre de la población libia. Por parte de Nicolás Sarkozy, iniciador de todo ello, pueden adivinarse las siguientes motivaciones, entre otras:

1.La amistad del actual Presidente de la República Francesa con el riquísimo Bernard-Henri Lévy, bien conocido como agente de una potencia determinada.

2.Su propósito de hacerse el interesante ante las futuras elecciones.

3.Facilitarse una posición económica interesante después de abandonar el poder, complaciendo a los Estados Unidos de Norteamérica.

Se ha destruido al único país africano de situación social razonable. Con los recursos del petróleo, el Estado proporcionaba a cada familia el equivalente de entre cuatro y cinco mil euros mensuales. Cualquier iniciativa empresarial de un súbdito libio era sufragada por el Estado. Datos como estos muestran la falsedad de la pretendida desesperación del pueblo libio difundida por casi todos los medios occidentales.

La devastación de Libia es el resultado de un montaje espantoso con pretexto de "evitar" una supuesta matanza, que el Gobierno libio nunca planeó llevar a cabo. Entre otras buenas razones, porque no era necesaria, ya que sólo en el área de Bengasi se localizaba un pequeño grupo contrario a Gadafi, grupo vinculado a Al Qaeda y financiado desde el exterior.

Montaron este artificio hablando de "dictadura", término que en este contexto no tenía significación ninguna, ya que la población de Libia, de no más de seis millones de personas, apoyaba el régimen de Gadafi de forma absolutamente mayoritaria, al contrario de lo que pretende la prensa internacional.

Los criminales bombardeos de la OTAN son tanto más escandalosos si se considera que su excusa era una resolución --tomada después de que se iniciaran los ataques-- del Consejo de Seguridad de la ONU, que sólo autorizaba a emplear la fuerza para impedir volar a los aviones de la Fuerza Aérea libia. Los aviones franceses, primero, y luego los españoles, los británicos, los estadounidenses, los de Qatar... bombardearon a toda la población, precisamente en contra de la misma resolución que sus gobiernos utilizaban como excusa.

Ahora, a pesar de aquel apoyo de la población a Muamar el Gadafi, "el Guía", éste ha sido asesinado de la forma más execrable, y el nuevo "gobierno" salido de la misma minoría de Al Qaeda en Bengasi, instalado por las armas occidentales, se apresura a imponer la "Sharia", anulando las leyes de Gadafi contra la poligamia, etcétera. Otro paso en el suicidio de Occidente, a costa de la devastación de un país y el sufrimiento de un pueblo.

La vocación universal (católica) de la monarquía carlista (hispánica)