domingo, 1 de julio de 2012

Nostalgia de Vázquez de Mella, frente al conservadurismo pseudocatólico

La doctrina política de Vázquez de Mella resulta así la única-óigase bien: la única- que podrá conducirnos a un auténtico y definitivo orden social, porque es también la única que brota de la gran raíz de la teología tomista al calor del clima cristiano. De aquí arranca su actualidad inapreciable en medio de la pavorosa desorientación que está sufriendo el mundo contemporáneo. De aquí arranca también la necesidad apremiante que nos urge a todos los católicos de darla a conocer y de difundirla por todos los medios que se ofrezcan a nuestro alcance, porque siempre será la verdad el aforismo clásico de que ignota nulla cupido.

Existe además otra razón poderosa, aun cuando sólo sea de índole circunstancial más bien que absoluta, que nos ha movido a elegir el pensamiento político de Vázquez de Mella como tema central y motivación de este trabajo: la ignorancia  crasa y supina verdaderamente épica que reina entre la mayoría de los católicos y de los que se autotitulan hombres de orden acerca del concepto mismo de la política así como acerca de su objetivo primordial que es el bien común de la colectividad. Porque los absurdos que estamos oyendo brotar a cada paso de labios de los ya mencionados hombres de orden resultan realmente increíbles. Las nociones fundamentales de bien común, de orden, de libertad, de justicia social y otras similares andan  entre ellos completamente deformadas por el cristal de un egoísmo subconsciente  a cuyo trasluz  las consideran. De esta suerte identifican sin rubor el bien común con la propia prosperidad financiera de una seudoaristocracia ensoberbecida y prepotente; la libertad, con el privilegio  que creen tener las clases económicamente pudientes de enriquecerse a discreción; la democracia, con el régimen  liberal y parlamentario, la justicia en fin, con cierta inconfesable sumisión frente a la aristocracia dirigente. Y todo ello sin asomo de mala fe, pero en todo caso con una ignorancia respecto a los principios de la política católica, de esas que León Bloy creía capaz de hacer vomitar a las estrellas. Lo más trágico del asunto es que la aristocracia -y hablamos, en especial de la chilena- ha cometido el tremendo error de autocreerse intelectual, de tal suerte  que se ha cerrado por completo a la aceptación de cualquier verdad que se manifieste demasiado hostil a las vaciedades con que hasta la fecha  se ha venido alimentando. De esta suerte el hecho de predicar hoy en día la verdad casi equivale a predicar en el desierto, si no en la tranquilidad que ello procura, por lo menos en lo que se refiere a los frutos conseguidos.

Por todas las reflexiones que anteceden se nos hace extremadamente urgente dar a conocer y difundir los principios políticos de Vázquez de Mella(...). Por ello podemos sostener que la doctrina de Vázquez de Mella no constituye tan sólo una política entre muchas, sino la política por antonomasia, aquella política a que deberá adherirse quienquiera desee contemplar realizados en la vida colectiva los principios fundamentales de la ética cristiana y del pensamiento de Santo Tomás.

Padre Osvaldo Lira Pérez, S.S.C.C. Prólogo, Nostalgia de Vázquez de Mella

viernes, 22 de junio de 2012

La esencia del liberalismo

Buscar la esencia de una cosa es hacer su definición; yo hice tres definiciones europeas del liberalismo, cada una más exacta; y al final puse una sencilla definición argentina. La pimera definición breve sería: “el liberalismo es el movimiento económico, político y religioso que se propone a la Libertad como su ideal, y como el ideal absoluto de la Humanidad (…); es por tanto el Ideal absoluto de hombres y naciones. Bien se ve que esta definición no sirve, porque pivota sobre la palabra libertad, que es una palabra ambigua, pues la palabra “libertad” si no se le añade para qué, es una palabra sin contenido; y hoy día, por obra del Liberalismo la más asquerosamente ambigua que existe. Un jefe socialista del siglo pasado, el judío alemán Berstein, dijo: “Poco importa hacia dónde vamos, lo que importa es el movimiento, porque la libertad es un movimiento...”.

Es una bobada filosófica: la libertad no es propiamente un movimiento sino un “poder moverse” solamente; y en el moverse lo que importa es el Hacia Dónde: lo que determina el movimiento (dicen los filósofos) y lo hace chico-grande, bueno-malo, tal o cual, es el término DONDE; pues todo movimiento tiene dos términos que lo determinan DESDE y DONDE (…)

De modo que la primera razón de esa paradoja que nos tocó a nosotros ver, de que el Liberalismo proclamando LIBERTAD destruyó en el mundo la Libertad y trajo lo que ellos llaman Totalitarismo, es la ambigüedad filosófica de ese estandarte enarbolado el siglo pasado con Libertad, Libertad, Libertad; pero esa ambigüedad era sólo del estandarte, no de los que lo llevaban. Los que lo llevaban sabían bien lo que querían; querían la libertad de comercio, o sea la libertad para el Gran Dinero a fin de llegar al poder del Gran Dinero o sea al actual Capitalismo; y para eso querían gobiernos débiles o sea parlamentarismo, división de poderes, sufragio universal y todo lo demás; y para eso querían una religión débil, el deísmo, y después el cristianismo liberal y hoy día del modernismo.

La primera definición, breve y ambigua; la segunda definición más exacta, pero más larga y solamente descriptiva e histórica: liberalismo ES un gran movimiento de rebelión anti tradicionalista y reformista de la sociedad, que parte de los libros de los Empiristas y Deístas ingleses, se formula en Rousseau, es divulgado por la Ilustración o el enciclopedismo francés, informa a la Revolución Francesa a poco de comenzada; es inseminado por las armas napoleónicas, se impone más o menos en Europa (y aquí) a mitad del siglo pasado, preside la llamada “Organización” de las naciones hispano americanas, origina por un lado la Democracia-Mito y por otro el Comunismo-Realidad; y quiere sobrevivir hoy día en el llamado Neoliberalismo y Neocapitalismo, del cual GOZAMOS una violenta erupción actualmente los argentinos.

(P.Leonardo Castellani. Esencia del liberalismo)

sábado, 16 de junio de 2012

Sin Rey no hay esperanza

Don Sixto Enrique de Borbón en homenaje voluntarios rusos. (información: pulsa aquí)

          Príncipes Borbón Parma, Dios, Altezas Reales,
      ama de Vuestros hijos al más reaccionario
          como el que elige entre sus hojas espirituales
       la oración más urgente de su devocionario.
          Altezas de los lises, Dios, sagrados Borbones,
       Dios, que os alzó diez siglos los áureos corazones,
          hoy en día en que ve su honor más agraviado
       más áurea ira os pide que en el tiempo dorado:
          os pide abominar el bajamar oscuro
       que sepulta las almas en sus lavas triunfales
          porque flamas pretéritas llaman iras actuales
        y a quien más reverbere le dará más futuro.
          Y florece el futuro, con los lises de ayer
        en su frente consagrada, Sixto Enrique de Borbón,
           el Infante, Duque y Príncipe, el hijo del Rey Javier.
           Y en el alba la melena se estremece del león.
(José Pancorvo. Boinas Rojas a Jerusalén)

"Mientras quede un brazo que mueva una honda,
Mientras queden piedras en los pedregales,
Mientras tenga ramas esta vieja fronda
Donde cortar picas para tus zagales,
Mientras en tu pro se mueva una lanza
Rey, para tu gloria hay una esperanza."
(Ramón María del Valle Inclán)

«No es oro todo lo que reluce
ni toda la gente errante anda perdida;
a las raíces profundas no llega la escarcha
el viejo vigoroso no se marchita.
De las cenizas subirá un Fuego
y una Luz asomará en las sombras;
el descoronado será de nuevo Rey,
forjarán otra vez la Espada rota».
(J.R.R Tolkien)

jueves, 14 de junio de 2012

Campamentos del Padre Alba. Campamento "Nuestra Señora del Olivar"

                                                        (Pulsa en la imagen)

Nuestro amigo, el Padre Juan Mª Sellas Vila,mCR nos remite la siguiente información sobre el campamento que está organizando para principios de agosto. Los interesados no duden en llamar al teléfono 937153408.

PREPÁRATE PARA COMBATIR LOS NOBLES COMBATES DE LA FE (1 Tim 6,12) CONTRA LA REVOLUCIÓN ANTICRISTIANA!

NO LO PIENSES MÁS Y... ¡VEN AL CAMPAMENTO!

ORGANIZA: Asociación de la Inmaculada y San Luis Gonzaga (Unión Seglar de San Antonio Mª Claret)
Colegio Corazón Inmaculado de María (Sentmenat-Barcelona)

sábado, 2 de junio de 2012

Tecnocracia, totalitarismo y masificación

1-Nuestro análisis de la tecnocracia, efectuado en la comunicación anterior, nos permite resumir que la tecnocracia, ceñida  a su propia función, se caracteriza porque parte de una concepción ideológica del mundo que admite la mecanización dirigida centralmente por unos cerebros capaces de impulsarla de un modo eficaz, que propugnan y tratan de operar la racionalización cuantitativa de todas las actividades, si bien dando primacía a las económicas y, en general, a las utilitarias.

Presupone la más tajante efectividad de la escisión cartesiana entre la res cogitans, o sea el mundo del pensamiento, y la res extensa, es decir, el mundo inerte de las cosas materiales, entre las que es situado el mismo hombre y las sociedades humanas en cuanto se las hace objeto de experimentación y racionalización. Una tal concepción tiende a centralizar toda la res cogitans en unas pocas mentes de expertos, los tecnócratas, que han de asumir las palancas de mando del mecanismo construido para racionalizar la res extensa, incluyendo en ésta la inmensa masa de los hombres, para cuyo bienestar han de proveer.

La idea y el concepto de sistema expresan esa perspectiva tecnocrática que sustituye al concepto medieval de ordo y al burgués de equilibrio (económico, de poderes, internacional, etc.), tal como explica García Pelayo. Este autor observa el pensamiento tecnocrático en correlación histórica con el factum de los grandes sistemas tecnocráticos organizativos, y deduce que el sistema —dentro del cual caben subsistemas— abarca, en el plano del pensamiento, todo lo existente, sea natural, artificial, material o intelectual; pero, y esto es lo que le caracteriza, «no significa tanto algo dado por la realidad, cuanto un instrumento mental (sistema abstracto) "definido por la inteligencia", para captar y, supuesta la captación, controlar la realidad». Es decir, que resulta un instrumento operativo de dominación.

El mismo autor reconoce, explícitamente, que el General  System Tbeory (G. S. T.) y, «en general, el modo de pensar sistemático son expresión, en el campo del pensamiento: de la configuración de la realidad histórico-social en un conjunto de sistemas, de la posibilidad de construir y manipular sistemas y de la presencia de la legalidad de las cosas, que, al articularse ella misma en sistema, se transforma en Systemawang, en la coerción del sistema».

El predominio de esa concepción tecnológica ha tenido inevitables consecuencias sobre el orden político. García Pelayo  advierte que la profecía de Saint Simón de que, con el desarrollo de la industria, el poder sobre las personas sería sustituido por la administración de las cosas, ha sido rectificado «en el sentido de que la disposición sobre las cosas amplía e intensifica la dominación sobre las personas». Tanto más, por cuanto los mismos que impulsan el cambio tecnológico, incluso políticamente, a la vez insisten, como el mismo autor observa, en «la necesidad, en que se encuentra el marco político institucional, de adaptar su estructura a las estructuras de la sociedad de la época tecnológica, y dado que estas estructuras son constantemente cambiantes, el proceso de adaptación ha de ser permanente, con independencia de que éste se lleve a cabo formal o informalmente, lo único que se exige es que tales adaptaciones sean funcionales, importando muy poco su modalidad.

Digamos que esta alegada necesidad de permanente adaptación a las cambiantes estructuras de la sociedad tecnológica está en íntima relación con el fenómeno denominado de la aceleración de la historia , originada por el carácter artificial, forzado, rígido y monolítico de las estructuras de la sociedad tecnológica que quiere construir modelos pensados e imaginados. Estas estructuras son difíciles de mantener, provocan desequilibrios que requieren nuevas medidas también artificiales, ya sea para sostenerlas o bien para contrarrestar o colmar los desequilibrios producidos por ellas en el entorno. Un cambio fuerza nuevos cambios. No es posible detenerse. Quienes creen cabalgar en la máquina del cambio, no pueden detener su carrera, pues, en ella, huyen hacia adelante, en la única dirección en la cual aún esquivan y difieren la caída catastrófica, ya que el equilibrio resulta cada vez más difícil, con amenaza progresivamente creciente, tanto en proximidad como en extensión e intensidad). El hombre, que ignora las leyes del universo y de su creador, ha desencadenado las fuerzas de aquél, al que no domina, y al no tener una clara conciencia de su designio, resulta que, aquellas fuerzas le arrastran, cabalgando en su «megamáquina». Así, montados en ésta, algunos tenemos, como Yves Lenoir , la impresión de que, sometiéndonos a sus reglas, «evitamos una catástrofe actual preparando otra mucho más terrible para mañana».

2. Estamos en el triángulo tecnocracia-totalitarismo-masificación, ante el que tantas vueltas hemos dado. Existe una recíproca interacción e interdependencia entre los tres fenómenos.

Puede, en un futuro, llegarse a un super-Estado mundial totalitario; pero, hoy, estamos todavía en la fase del totalitarismo estatal. Por ello nos referimos a éste específicamente cuando hablamos de totalitarismo.

Partiendo de ella, recordamos la inquietante afirmación de Bernanos : «El Estado totalitario es menos una causa que un síntoma. No es él quien destruye la libertad, se organiza sobre sus ruinas». Pero esas ruinas tampoco las produce, por sí sola, la inhibición de la sociedad sino que recibe la activa colaboración del Estado intervencionista, que suplanta y desalienta las iniciativas individuales y sociales. Se forma un círculo vicioso, y la tecnocracia se encarga de hacerlo girar. Para que llegue el Estado totalitario —que no es una forma de gobierno sino la omniestatalidad—, y para que se imponga, es necesario que concurran determinadas circunstancias.

Ante todo, una concepción inmanentista, en la que el Estado ocupa el lugar de Dios, al no hacer derivar la sociedad política de la naturaleza social del hombre sino estimarla creación artificial humana —-he ahí la diferencia fundamental entre el contrato social moderno y el pactismo medieval —. Ya nada trasciende al Estado ni le limita desde lo alto: su poder se convierte en absoluto.

— Seguidamente, dada la pretensión de liberar al hombre de sus viejas ataduras, para conseguirlo y a medida que lo produce, el Estado absorbe todas las instituciones, arrebatando el poder a las formas de vida preestatales, imponiendo una concepción social estimativa de «que todos los miembros de la ordenación de la estructura fluyen desde arriba hacia abajo partiendo del centro estatal». Es decir, surge allí «donde desaparezca la construcción desde abajo hacia arriba», como ha expresado Emil Brunner ; con lo cual desaparecen para el Estado las limitaciones que, desde abajo, conforme al orden de la naturaleza, le suponían la autonomía de estos cuerpos sociales con sus libertades y franquicias jurídico-políticas.

— La alienation totale del individuo —que se siente liberado de las «viejas ataduras»— en el Estado —que, apoyado en la volonté genérale— puede modificarlo y configurarle todos los derechos.

Y, finalmente, los nuevos medios técnicos permiten mecanizar el trabajo del mando inferior, lo que facilita la manipulación de las masas, así como el dominio central de la economía, la efectividad de la presión fiscal etc (...)

Juan Vallet de Goytisolo. Revista Verbo.

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martes, 29 de mayo de 2012

El Estado imbécil del liberalismo

El concepto de la libertad ilimitada y arbitraria, y el concepto agnóstico del mundo inasequible al entendimiento humano, donde se relegan las verdades religiosas, han producido como aplicación política un monstruo singular que se llama Estado neutro. ¡La neutralidad del Estado en materia religiosa! En una sociedad dividida en creencias, ya se refieran al orden natural o al sobrenatural, el Estado no puede tener más que tres posiciones y adoptar tres actitudes: puede representar la mayoría de creencias de esa sociedad, puede representar un fragmento, aun cuando sea la minoría de ellas, o puede intentar la representación de aquello en que coincidan todos.

En el primer caso, hará de lo común regla, que tratará de extenderse y convertirse en única. En el segundo, elevará la excepción a regla común, no expresando la opinión de los más, sino imponiendo la de los menos, aunque, por supuesto, invocando la democracia y la voluntad colectiva. En el tercer caso, la representación de lo que es común por encima de lo que es diferente, es la que suele invocarse para disfrazar el segundo, que es el que se practica. ¿Puede existir ese Estado neutral?

Cuando la división entre las creencias es tan honda que del orden sobrenatural trasciende a las primeras verdades del orden natural; cuando los hombres no están conformes ni acerca de su origen, ni de su naturaleza, ni de su destino, ni, por consiguiente, acerca de sus relaciones, ni de las normas de su conducta, entonces la oposición es tan grande, que el Estado que cruce los brazos en presencia de esas diferencias se encontrará colocado en una situación muy extraña: él se declarará indiferente ante las diferencias, y no será raro que los creyentes y los no creyentes le vuelvan la espalda y se declaren también indiferentes, con una indiferencia que haga causa común con el desprecio, hacia una entidad que no toma parte en aquellas cosas que más interesan a los hombres.

¡Estado neutral! Estado que no sabe nada ni afirma nada acerca de las creencias en un mundo sobrenatural y de las relaciones con él, que no sabe nada acerca del origen del hombre, que ignora cuál es la naturaleza humana, cuál es su destino y cuáles son las normas de su vida individual y social, es un Estado tan extraño, que, al no afirmar nada de lo que a los hombres más importa, al elevar a dogma la ignorancia, que por ser de cosas supremas es la suprema ignorancia, viene a declararse inútil e imbécil.

Imbécil, sí, porque el Estado idiota, como le llamaba gráficamente Campoamor, es aquel que no sabe nada de los problemas que el sepulcro plantea y de los problemas que el sepulcro resuelve. Se declara incapaz de gobernar a nadie quien dice, refiriéndose al orden religioso y al orden moral y al fundamentalmente jurídico: ”Yo no puedo afirmar nada de esas cosas, porque no sé nada”. ¿Y cuál es la consecuencia inmediata de ese concepto de Estado neutro? La de no intervenir en esos problemas que él mismo declara que ignora, la de declararse incompetente y dejarlos a los que los conocen, puesto que él se expide a sí mismo patente de incompetencia y hasta de imbecilidad.

Y, sin embargo, hace todo lo contrario. Es el Estado que más interviene. ¿Y por qué interviene? Porque su neutralidad en relación con todas las creencias que luchan y que combaten en la sociedad, no es más que el resultado de un juicio en que las declara dudosas, reduciéndolas a meras opiniones; y al trasladar su parecer a los actos y a las leyes, impone ese juicio, afirmando la negación o la duda, es decir, imponiendo la impiedad, o imponiendo el escepticismo como dogmas negativos de un Estado que, después de ser idiota, viene a declararse Pontífice al revés.

Ese Estado interviene en la enseñanza; y ¡cosa singular, señores! El Estado, que no es agricultor; el Estado, que no es industrial; el Estado, que no es comerciante, aunque tenga la obligación de cooperar y de favorecer al comercio, a la agricultura y a la industria, el Estado se declara a sí mismo, no cooperador ni fomentador de la enseñanza, sino pedagogo supremo y hasta maestro único. ¡Y qué contradicción tan singular! No sabe nada de los problemas más transcendentales, de los que han sido siempre los primeros en todos los momentos de la Historia, y al mismo tiempo no tolera competencias y quiere ser ¡el maestro único! De las generaciones presentes y venideras. Se concibe que un Estado que afirme un orden natural y sobrenatural, que un Estado creyente como el de las edades cristianas, y hasta un Estado budista, o un Estado musulmán, trate, sirviendo como de instrumento a la creencia que profesa, de llevarla a la práctica y de infundirla; pero que un Estado que se declara a sí mismo interconfesional, que declara que no sabe nada de lo que no debe ignorar nadie, ni por obligación, ni por cultura, se declare a sí mismo incompetente, primero, y el más competente, después, para intervenir en la enseñanza, eso es el absurdo. Y, sin embargo, ved cómo interviene. La gradación es la siguiente: primero se declara potestativa en la enseñanza la enseñanza religiosa; después se declara neutra la escuela, y más tarde se suprime la religión hasta en las escuelas privadas, centralizando la enseñanza en las públicas, y dispersando a los maestros religiosos para que detrás de la ignorancia religiosa venga el odio de la escuela francamente atea.

Juan Vázquez de Mella. Examen del nuevo derecho a la ignorancia religiosa

domingo, 27 de mayo de 2012

La Nación y el Estado

Ahora se comprenden fácilmente las diferencias entre Nación y Estado, y se pueden señalar las más visibles. El Estado se caracteriza siempre por una Soberanía política independiente; donde no existe esa independencia no existe verdadero Estado; pero, aun sojuzgada por un poder extraño, puede existir la Nación.

Un Estado puede improvisarse por una revolución, que emancipa una colonia o desgaja una provincia. Una Nación no se improvisa nunca, es siempre obra  de los siglos. Y es que a un Estado le basta la colaboración de las armas y de la fortuna para constituirse, y una Nación necesita la del tiempo para nacer.

Las manifestaciones de la vida de la Nación, la manera especial de ver y expresar la Religión, la ciencia, la literatura y el arte, no dependen de la actividad del Estado, se producen aparte, y muchas veces le son contrarias y accionan sobre él, o son oprimidas por su fuerza.

Por eso una Nación subsiste dividida en varios Estados, y teniendo uno solo que pierde la independencia sojuzgado por otro, subsiste. Por eso pasa de la pluralidad de Estados a la unidad política impuesta por la fuerza o formada por pactos, o por la fuerza y los pactos juntamente, y de un Estado federativo a un Estado centralizador, o al contrario, sin que, en esas mudanzas de soberanía, en esos cambios y trasmutaciones de Estados, deje de persistir el todo moral y la unidad histórica que la forma. Y es esa la causa de que una muchedumbre de náufragos  de diferente creencias, razas, clases y lenguas, arrojados por la tempestad en una isla desierta, pueden, por exigencias de orden y de defensa contra la agresión de los habitantes de las islas cercanas, constituir un poder común, un Estado, pero no formarán una Nación, hasta que una poderosa unidad moral, sobreponiéndose a todas las diferencias y deslizada en la corriente de los siglos, atraviese varias generaciones, y las ate con una tradición común, y las marque con su sello.

Siendo la Nación y el Estado cosas tan diferentes, es fácil deducir cuál es la relación fundamental: El Estado depende de la Nación, no la Nación del Estado.

Los que invocan todavía la soberanía nacional como un residuo de la teoría russoniana de la soberanía colectiva (que no ha cambiado el liberalismo orgánico a pesar de alterar los nombres), no han sabido nunca ni lo que es la soberanía, ni lo que es la Nación. La soberanía nacional considerando a la Nación expresada en un cuerpo electoral que la posee por modo inmanente, aunque lo haga transitiva por representación, es imposible, porque jamás la multitud tendrá capacidad para ejercerla, ni para vigilar ni dirigir a los que la ejercen, que siempre serán los menos. La soberanía es, no la nacional de la muchedumbre de un día que se congrega en las urnas, cuando no la congregan...soberanía efímera, mudable, contradictoria, sino la soberanía permanente de la Nación sobre el Estado, del espíritu nacional sobre las leyes, expresado en la tradición que, como yo he dicho alguna vez, no es el sufragio de una hora, porque es el sufragio universal de los siglos, contra el cual no puede prevalecer el voto inconsciente de una multitud, ni siquiera el de una generación amotinada contra la historia.

El Estado debe subordinarse a la Nación, y no la Nación al Estado. El espíritu nacional debe imperar sobre la voluntad del poder, y no la del poder sobre el espíritu nacional. El Estado no puede cambiar y modelar conforme a planos ideales el carácter de la Nación, es el carácter de la Nación el que tiene derecho a que el Estado lo refleje.

La unidad política del Estado actual, sea en la forma federativa o unitaria, ha pasado por la variedad de Estados de caudillaje militar, y de Estados locales y regionales, y es posterior a la unidad nacional,que precisamente  ha invocado como fundamento para poder constituirse. De aquí el absurdo de que, siendo efecto, quiera subordinar a él su causa, y, alterando hasta el orden cronológico de los hechos, quiera hacer lo posterior, y lo anterior posterior.

Por eso el Estado no es arquitecto que construye y reconstruye la Nación. Es la Nación la que tiene el derecho de modelar a su imagen y semejanza al Estado, que existe para servirla, y no para ser servida por ella.

En suma: el Estado es un rebelde que niega uno de los títulos principales de su soberanía si falta al deber esencial de dependencia que le liga a la Nación y no la expresa y lo cumple en la ley. Y como la Patria, en su mayor amplitud, se identifica objetivamente con la Nación, pues no es más que la Nación en nosotros, en cuanto nos sentimos ligados a ella conociendo su unidad moral e histórica y amándola como algo que es parte de nuestro ser, el Estado tiene el deber imperioso, no sólo de conocer y amar esa unidad, sino de servirla con efecto filial y de mantenerla con la fuerza.

Juan Vázquez de Mella. Obras completas.


martes, 22 de mayo de 2012

La Tradición Astur por S.A.R Don Sixto Enrique: ¡Asturias nunca vencida!

Campaña de adhesivos realizada por las Juventudes Tradicionalistas en Oviedo

Las Libertades. Blog de las Juventudes Tradicionalistas Asturianas