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martes, 23 de agosto de 2016

La corrupción y sus causas

Debate en Lágrimas en la lluvia sobre la Corrupción, con la intervención de don Miguel Ayuso Presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, frente cultural de la Comunión Tradicionalista.

miércoles, 13 de abril de 2016

Meinvielle, Maritain y los nuevos maritainianos

Una excelente conferencia sobre la controversia entre el padre Julio Meinvielle y el filósofo Jacques Maritain, donde emerge la polémica y la lucha entre el tradicionalismo y la democracia cristiana

jueves, 29 de marzo de 2012

El Humanismo Integral, de Jaques Maritain, una aventura que acabó en catástrofe


En 1936 se publica el libro del filósofo francés Jaques Maritain: Humanismo Integral. El filósofo y teólogo argentino Julio Meinvielle iniciará una viva polémica contra las tesis maritenianas. En su libro De Lamennais a Maritain, expuso la siguiente tesis: el humanismo integral de Maritain se asienta en las doctrinas de Lamennais, Marc Sagnier y Le Sillon, el catolicismo liberal, el intento de conciliación entre catolicismo y liberalismo, repetidamente condenado por los papas desde Gregorio XVI. Recomendamos la lectura de los capítulos VI a VIII de El liberalismo es pecado, del P. Sardá y Salvany, para conocer el catolicismo liberal, sus peligros y las condenas de la Iglesia.

Hemos encontrado una buena descripción del Humanismo Integral en palabras de H. Le Caron:

"El humanismo integral de Maritain es una fraternidad de hombres de buena voluntad pertenecientes a distintas religiones o a ninguna, incluyendo hasta a los que rechazan la idea del Creador. Dentro de esta fraternidad la Iglesia debería ejercer una influencia de fermento sin imponerse a sï misma y sin exigir ser reconocida como la única Iglesia verdadera. El cemento de esta fraternidad es la virtud de hacer el bien, y la comprensión basada en el respeto de la dignidad humana. Esta idea de fraternidad universal no es nueva. Fue ya adelantada por los filósofos del siglo XVIII y por los revolucionarios de 1789. Es también la fraternidad querida por la masonería. Lo que distingue el humanismo integral de Maritain es el papel que asigna a la Iglesia. Dentro de esta fraternidad universal la Iglesia deberá ser la "emperatriz", la hermana mayor. No necesitamos explicar que para que la hermana mayor se granjee la simpatía de los "hermanitos" no debe ser ni intransigente ni autoritaria. Debe saber como hacer la religión aceptable. Y para que las verdades de fe y moral sean aceptables el cristianismo debe ser práctico y pastoral más que dogmático."

Maritain creía ver que la fraternidad humana se reconciliaría en el amor, la justicia y la paz, a pesar de sus distintas creencias, encontrándose en una democracia universal y los derechos del hombre.

Mons. Montini, futuro Pablo VI quedó muy impresionado por este libro que llegó a impregnar su pensamiento. Si añadimos a esto el optimismo antropológico de las años 60 nos metemos en una aventura que acabó en catástrofe según los propios protagonistas. En 1966 Maritain publica El campesino del Garona donde describe a la Iglesia como "arrodillada ante el mundo". El cardenal Journet dice a Pablo VI en aquellos años que la situación de la Iglesia es "trágica" y el teólogo Louis Bouyer publica en 1969: La descomposición del catolicismo, un libro demoledor.

Muertos los protagonistas, el humanismo integral se ha instalado de tal forma en las mentalidades que parece no haber nada más, incluso para los conservadores.

Dios quiera que la crisis sistémica actual nos muestre la ingenuidad del optimismo antropológico y volvamos los ojos a las fuentes sanas de la doctrina tradicional.

Fray Jerónimo

sábado, 18 de junio de 2011

Democracia-cristiana (IV): enfangados en la partitocracia

Se puede decir que esta tendencia refleja el racionalismo de la revolución. El racionalismo, como ya hemos visto, tiende a negar realidad efectiva a cualquier institución o estructura que no pueda deducirse de una igualdad matemática. Por lo tanto, los demo-cristianos, así como los liberales no-cristianos, niegan una representación política a la familia. De idéntica forma que la familia pierde su carácter sagrado y sacramental, en el Estado liberal y demo-cristiano pierde a la vez su voz en los asuntos de la patria. La familia es un semillero cuyo papel en la vida social se restringe a producir un número de individuos para el Estado igualitario. Aunque los demo-cristianos nunca expersarían el asunto con esta crudeza radical, su postura política se reduce a la misma cosa. El ataque contra el sacramento del matrimonio concuerda perfectamente con el ataque contra la naturalidad de la representación social y política por parte de aquella sociedad que no solamente es la base de la comunidad y la cuna de todas las virtudes, tanto cívicas como religiosas, sino la entidad social dentro de la cual la inmensa mayoría de todos los hombres viven y mueren.

En resumen: el demo-cristianismo, por haber aceptado la doctrina revolucionaria que se empeña en organizar el Estado alrededor de partidos políticos formados por individuos aislados y desvinculados de cualquier otra sociedad, niega el papel político de la familia.

También niega el papel de la región y de otras instituciones sociales, como, por ejemplo, la Universidad. Pero hagamos hincapié en esto: el demo-cristianismo no niega la existencia de la familia, de la región, de la universidad y del sindicato. Tal negación sería ridícula ya que dichos organismos existen y funcionan dentro de cualquier país occidental, aunque algunos de ellos se encuentran actualmente muy debilitados por la hostilidad y tiranía de un siglo y medio de liberalismo. Tampoco niega el demo-cristianismo un papel privado a estos organismos. Pero lo que sí afirma el demo-cristianismo es que estas instituciones no deben representar políticamente, o, por lo menos, si quisiesen encontrar una representación tendrían que encontrarla a través de los partidos políticos. Por ejemplo, si los miembros de un sindicato tienen una queja, ¡que busquen un remedio a través de un partido, pero que no hablen políticamente como tal sindicato! Si los catedráticos quieren proponer una reforma de la enseñanza, ¡que lo hagan a través de un partido político, pero no como tales profesores! Por lo tanto, todos los organismos normales de la comunidad política- y por “normales” queremos decir los organismos que ya están ahí como componentes necesarios de la comunidad, tiene que buscar una representación política a través de un grupo de partidos que no son componentes naturales de toda comunidad civilizada. Un país puede existir sin partidos políticos, pero no puede existir sin maestros y profesores. El demo-cristianismo ha aceptado lo que es accidental y no-necesario como si fuese necesario, y ha negado una voz política a una serie de organismos y sociedades infrasoberanas que forman parte de la sociedad y que son absolutamente necesarios no solamente para el bienestar, sino, en gran parte para su ser.

Si quisiéramos dejar aparte todos los asuntos secundarios que separan el demo-cristianismo de la Tradición, para concentrarnos sobre lo esencial, sobre el tajo desgarrador que divide los dos pensamientos, lo encontraríamos en los siguiente: la Tradición quiere edificar una política sobre lo que esta ahí, delante del hombre, mientras que el demo-cristianismo quiere imponer lo que no existe, a fin de dejar aparte o de ignorar lo que existe (...) la Tradición reconoce la realidad de lo que existe naturalmente dentro del cuerpo político y, por lo tanto, desea estructurarlo alrededor de esta naturalidad, compuesta de una red de sociedades y organismos con sus propios intereses y su propia contribución para el bien común de todos.




martes, 25 de enero de 2011

Demócrata-cristianos (III): debilidad e ignorancia política.

El "centro político", gran sueño del demo-cristianismo, es una ilusión que puede mantener la sombra de una realidad sólo con tal de que la derecha y la izquierda se neutralizen el uno por el otro. Cuando el radicalismo de la derecha, el nazismo, se apoderó de Alemania en 1932, el partido demo-cristiano, el famoso Zentrum votó en el parlamento alemán, Das Reichstag, en favor de su propia desaparición. Cuando el radicalismo de la izquierda estaba aterrorizando España, las masas de Gil Robles ("¡Estos son mis poderes!") abandonaron la CEDA para incorporarse al Requeté, a la Falange, o al Ejército. Como tales demo-cristianos no lucharon. Los seguidores de Luigi Sturzo, fundador del partido demo-cristiano en Italia, eran incapaces de enfrentarse ni con el marxismo, ni con el fascismo. Como veremos más tarde, hoy en día en Italia, la crisis perpetua del partido demo-cristiano se debe a que una minoría tiende a desaparecer en la derecha liberal, mientras que una mayoría se inclina hacia el socialismo.

Presumiendo de ser un "centro", el demo-cristianismo tiene que darse cuenta de que cualquier "centro" tiene sentido solamente a la luz de sus extremos.Un "centro" político, como tal, carece de personalidad propia. Es un punto medio hecho posible por una oposición dentro de un cuadro aceptado por los dos polos de la oposición; concretamente, el cuadro de la lucha de los partidos. Si aquella lucha desapareciese, también desaparecería el "centro". Por todo esto, se puede ver fácilmente que el demo-cristianismo sólo tiene futuro hasta que la oposición entre derecha e izquierda haya desaparecido. La conclusión es inevitable para cualquier hombre que desee un orden social cristiano. El demo-cristianismo puede seguir existiendo sólo con tal de que un orden cristiano no tenga existencia real, sólo con tal que el caos de las derechas y de las izquierdas siga en pie. Lógicamente, el demo-cristianismo tendrá que desaparecer o en el liberalismo derechista, rechazando así su doctrina social católica, o en el socialismo, negando su catolicismo. Si quieren mantener su énfasis sobre la justicia social, así como su fidelidad a la fe, los demo-cristianos tienen que buscar no solamente una nueva doctrina política, sino un ambiente político igualmente nuevo, un ambiente que deje atrás el círculo vicioso de la lucha de los partidos producido por el liberalismo y su propia respuesta: el marxismo. No queda otra solución. Aunque aquí no queremos detenernos en un analisis de este ambiente nuevo, el lector puede ver claramente que tal ambiente se identificaría con la sociedad predicada por todos los Papas, desde León XIII hasta Juan XXIII, a través de sus encíclicas sociales, la sociedad defendida y afirmada por lo que aquí en España se llama, simplemente, la Tradición o el Carlismo y lo que se llama en todo el occidente la cristiandad clásica de nuestra herencia católica.

Federico D. Wilhelmsen. El problema de occidente y los cristianos

Ignorancia histórica
Ignorancia religiosa

sábado, 22 de enero de 2011

Demócrata-cristianos (II): ignorancia religiosa.

El demo-cristianismo (...) También rechaza la realidad del orden sobrenatural o sacramental en el orden político. Manifiesta una doble personalidad, que admitiría lo sobrenatural en lo religioso y que negaría la presencia de esto en la vida política de la comunidad. Por lo tanto, se contentan con predicar una "cristianización" de la sociedad política que no convertiría a ésta en un orden políticamente católico (...) El demo-cristianismo, entonces, niega una sacramentalización de la sociedad, su conversión en un orden públicamente cristiano y católico. Por lo tanto, rechaza el poder del hombre redimido de sacramentalizar el mundo y elevar a un nivel sobrenatural todas las cosas que Dios ha creado.

Si un padre de familia puede bendecir el pan que comen sus hijos y así levantarlo a un orden nuevo; si un obrero puede ofrecer a Dios su trabajo diario y así hace que aquel trabajo participe en el misterio de la redención, también puede hacerlo el hombre en cuanto a sus instituciones políticas. Aunque los demo-cristianos no lo admitirían, su doctrina corresponde a la luterana, en cuanto a la gracia. Como ya hemos visto, Lutero negó que la gracia pudiera transformar la naturaleza humana. Según él, la gracia funciona como una capa que cubre los pecados del hombre. Ahora bien: los demo-cristianos predican una política capaz de ser cubierta por la fe de los hombres y capaz de ser dirigida por cristianos, pero no capaz de ser transfigurada y, por lo tanto, sacramentalizada. Las instituciones pueden cristianizarse, pero nunca pueden ser cristianas. Sugerimos que esta doctrina sea una contradicción y aun una contradicción ridícula y casí cómoda. ¡Es una contradicción porque una institución cristianizada ya ha llegado a ser cristiana! ¡Es una contradicción ridícula porque supone que un hombre pueda fingir que una institución cristiana no lo sea! ¡Es una comedia porque exige que el hombre no vea lo que ya ha visto, sin negar que lo que ha visto lo ha visto de verdad!

Aquí yace una clave enorme para entender la diferencia entre el demo-cristianismo y la tradición occidental cristiana. Para aquél, la Encarnación se aplica solamente a los hombres y nunca a sus instituciones, como si la estructura humana pudiera arrancarse de las relaciones sociales que le pertenecen íntegramente. Aquí tropezamos con una teología muy defectuosa de la Encarnación: una falta de verla en toda la grandeza de su marcha a través de la historia. La Encarnación- según San Pablo y toda la tradición católica- se aplica a toda la creación y esto incluye a la comunidad política también. Todas las cosas encuentran y participan en la Redención de Nuestro Señor. De una manera análoga, esta doctrina religiosa emparenta con la estructura psicológica del hombre que busca, como ya hemos dicho, una unión, una síntesis de toda la realidad, de todo lo que entra dentro del ritmo de la existencia humana. En conclusión, el demo-cristianismo, simplemente, no encaja dentro de lo que conocemos del hombre cristiano. Nunca diríamos que los demo-cristianos son herejes; tal juicio pertenece solamente a la Iglesia, y la caridad cristiana prohibe que una voz no autorizada acuse a otro católico de ser un hereje. Pero lo que sí decimos es que los demo-cristianos tienen una visión muy restringida y tímida de la economía de la Redención. Son hombres que, simplemente, no han experimentado interiormente la belleza y la gloria de nuestra herencia católica en cuanto al orden político-social. Son pusilánimes.

Federico D. Wilhelmsen. El problema de occidente y los cristianos

Democracia cristiana: Ignorancia política

miércoles, 19 de enero de 2011

Lo que no saben los demócrata-cristianos (I): ignorancia histórica.

(...) Quieren curar las heridas que debilitan nuestra civilización, pero no pueden hacer viable su deseo porque el demo-cristianismo no es ni más ni menos que un acto de ignorancia histórica. La verdad es, simplemente, que los demo-cristianos no saben lo que ha ocurrido en Europa y, sobre todo, aquí en España durante el útlimo siglo y medio.

No saben que el liberalismo nació como un levantamiento de los ricos contra los pobres . No saben que el liberalismo echó raíces en España a costa de un mar de sangre y gracias a las bayonetas y el dinero de potencias extranjeras. No saben que el masón de Mendizábal, con su famosa ley de desamortización, literalmente robó a la Iglesia sus bienes , y así defraudó al pueblo español de lo que desde entonces se conocía como "el patrimonio de los pobres". No saben que se hizo este robo sin consultar al pueblo, que había donado tesoros y tierras de un valor inmenso durante siglos de piedad católica, a la Iglesia; un caudal administrado por la misma Iglesia en beneficio de toda la patria. La venta forzada de las tierras de la Iglesia creó una nueva clase, cuya existencia dependía de la perpetuación de este latrocinio enorme. Una sociedad de nuevos ricos se levantó por encima del cuerpo de España para apoderarse de su destino tan trágico como angustiado. Tampoco saben los demo-cristianos de hoy que esta misma clase despojó a las provincias de sus antiguas constituciones y suprimió las cortes, reduciendo así todo lo que no era Madrid a la esclavitud. Las provincias se marchitaron y se redujeron a unas entidades administrativas, mudas y sin personalidad propia. Ignoran nuestros hermanos, los demo-cristianos, que el liberalismo ni siquiera respetó la universidad, cuya antigua libertad se convirtió en una burocracia más y cuyos catedráticos se redujeron a funcionarios del Estado. No saben que esta misma clase de ricos liberales suprimieron los gremios y así despojaron a los obreros no solamente de todo instrumento de defensa de sus intereses y derechos, sino también de su dignidad personal. Tampoco saben los demo-cristianos que el sistema de partidos fue una máscara detrás de la cual trabajaba un puñado de hombres en la sombra para hacerse dueños de España. No saben que la dinastía de Isabel II, cuyo heredero hoy en día es Don Juan de Borbón, era nada más que un títere, una fila de cifras coronadas, adoradas e incensadas. También ignoran que los levantamientos carlistas tuvieron , como su bandera, las libertades y la religión del pueblo español.

El demo-cristianismo predica la justicia social, y todo el mundo debe aplaudir y ayudar en esta tarea tan noble; pero esta justicia social no puede realizarse a través del mismo mundo y el mismo sistema político y social que la aplastó el siglo pasado y que hizo posible las reacciones socialistas y marxistas (...) Así, el demo-cristianismo contiene dentro de su seno las semillas de su propia destrucción. Por haber aceptado el Estado centralizado establecido por el liberalismo y por haber entrado con gusto en el juego político de los partidos que hacen las veces de una sociedad estructuralmente cristiana...

Federico D. Wilhelmsen. El problema de occidente y los cristianos

sábado, 31 de julio de 2010

¿Intelectuales de la ACdP?

La Asociación Católica de Propagandistas (en adelante ACdP), que en otro tiempo se adornó del calificativo de «nacional», ha organizado en el Seminario diocesano del Monte Corbán, en Santander, un curso de verano bajo el título «Intelectuales en la historia de la ACdP». El título, para empezar, resulta más bien desacertado (por lo de «intelectuales») y equívoco. ¿Son los intelectuales que han pesado en el origen y desenvolvimiento de esa Asociación? ¿Son los que ésta toma como punto de referencia doctrinal y práctico? Como —que sepamos— no se ha explicado, la intención sólo puede ser indagada a partir de hechos exteriores y a través de un proceso lógico de inducción.

Veamos, en primer término, si el programa puede servirnos de algo en el discernimiento. Se dedicaron dos mesas a los «Referentes culturales de la tradición católica española y de la ACdP». Que no es de mucha ayuda, más allá de la cursilería de los «referentes», pues se yuxtaponen la tradición católica española y la ACdP. ¿Es que se quiere sugerir que son lo mismo? ¿O que, por lo menos, son los mismos? Sigamos, a continuación, con esos «intelectuales» que son los «referentes» de la tradición católica española y de la ACdP.

En la primera mesa encontramos a Balmes, Donoso y Vázquez de Mella. Vaya. Parece —extrememos las cautelas— que (los intelectuales) son los mismos y que (la tradición católica española y la ACdP) son lo mismo. Nada tenemos que decir de los gustos y aficiones de los fundadores y sucesores de la Asociación. Otra cosa son las conexiones objetivas de su pensamiento. Balmes, sin duda, debió serles el más cercano. Con Menéndez Pelayo, por cierto significativamente ausente de las mesas de los «referentes», aunque se le asigne en el curso una sesión especial, cuando (para la ACdP) lo fue en mayor medida que los citados. La cercanía de ambos viene precisamente, en cambio, de la actitud «moderada» que alcanzaron en su madurez, esto es, de su alejamiento práctico (y quizá no sólo práctico) de la tradición política española, que es el tradicionalismo político y, singularmente, el Carlismo. Eso es lo que explica, por ejemplo, las graves reservas que Francisco Canals y Francisco Elías de Tejada —ambos maestros de la tradición política española en días no alejados de los nuestros— les levantaron. Donoso y Mella, por el contrario, no pueden ser más distantes a los prohombres de la Asociación. Ambos participan de una teología de la política (excúsesenos de no usar el término «teología política» por sus ambigüedades) que es el orden político católico, frente al modernismo social de la indiferencia religiosa de las formas de gobierno. De nuevo Francisco Canals, ahora también con Rafael Gambra, y seguimos con maestros de la tradición política católica, lo han observado por activa y pasiva, desligándose de todo posibilismo malminorista y de todo colaboracionismo propagandista Recuérdese, a este respecto, que «propagar e influir» es el lema de la ACdP, pues la bondad o malicia de un régimen depende sólo de la actuación moral de sus representantes, por lo que la misión de los católicos no será otra que la de colaborar honradamente con ellos.

La segunda mesa se las ve con Ramiro de Maeztu y Acción Española, con Eugenio d’Ors y con Chesterton y Belloc. La perplejidad crece… Parece que nos hallamos frente a pura confusión o mistificación. La mención de d’Ors roza la extravagancia. Acción Española, junto con el Carlismo, representa durante la II República el signo opuesto al de la ACdP: es bien sabido en lo que a Eugenio Vegas o Víctor Pradera (pese a un librito sin fundamento de cercana data) toca; pero no lo es menos respecto de Maeztu. La inclusión en el elenco de Chesterton y Belloc, finalmente, autores a no dudarlo bien interesantes, y cuya convergencia en algunos puntos con la tradición política española cabe sostener, pese a la diversidad de contexto que dificulta cualquier parangón, sólo puede entenderse como una trasposición ante litteram de la operación hoy en marcha por algunos de los tentáculos culturales de la Asociación y a la que se ha referido Miguel Ayuso en su denuncia de «un chestertonismo muy poco chestertoniano».

En resumen, el curso de verano que origina este apunte exhibe dos errores entrecruzados. En primer lugar, se juega con la ambigüedad de la relación de la ACdP con la tradición política española, que en verdad es de oposición aunque se presente como de cercanía o se sugiera incluso de identidad. Los maestros de aquélla no están en ésta. Que los busquen donde pueden hallarlos, esto es, en los predios del liberalismo católico y la democracia cristiana. También Ayuso ha escrito en su libro sobre La constitución cristiana de los Estados (Scire, Barcelona, 2008) que «los principales influjos doctrinales y prácticos que han marcado la vida del tradicionalismo en la segunda mitad del novecientos, como Eugenio Vegas y su estela de la revista madrileña Verbo, o Francisco Canals con la barcelonesa Cristiandad, o la Comunión Tradicionalista con pensadores como Rafael Gambra o Elías de Tejada, coincidieron siempre no sólo en la defensa de la unidad católica de España sino también en el rechazo de la postura liberal-católica y demócrata-cristiana, ejemplificada en su día en la figura de Ángel Herrera y su asociación de propagandistas, pero andando el tiempo no menos en los “institutos seculares” (cualquiera que sea la forma jurídica en que han fraguado) o en los “movimientos” que han vivido su momento de éxito tras la demolición de las estructuras eclesiásticas de resultas del II Concilio Vaticano». «El correr del tiempo —continúa— ha agravado, es cierto, la situación de lo que queda de la civilización cristiana, de modo que muchos pueden verse por lo mismo tentados de acudir a taponar las brechas que parecieran más urgentes en compañías que se dirían las más aptas para la misión. Sin reparar que esas brechas se han producido precisamente en buena medida por no haber atajado, antes al contrario, por haber secundado, las doctrinas y las políticas opuestas a la Tradición española. Y que ésta no se concibe sin la unidad católica. Álvaro d’Ors lo dijo: “Nuestro pensamiento tradicionalista, si abandonara su propios principios y abundara en esa interpretación absolutista de la libertad religiosa, incurriría en la más grave contradicción, pues la primera exigencia de su ideario —Dios, Patria, Rey— es precisamente el de la unidad católica de España, de la que depende todo lo demás”». En segundo término, y aquí radica la clave, con un proceder como el que está detrás del curso de verano de marras se fagocitan toda suerte de escuelas de pensamiento y de obras venerables que pasan a ser dependientes de la ubre inagotable. La ACdP, que ha pasado por variadas vicisitudes, y que últimamente ha sido colonizada por diversos grupos a quienes interesa dejar en penumbra las fuentes doctrinales y espirituales (por rechazables que sean para quien esto escribe) que pudieron obrar en su origen y evolución, a fin de sustituirlas por las de su preferencia, se han lanzado coherentemente a copar el primer plano de acción cultural y política de los católicos. Son muy libres. Como nosotros de recordar lo penosa que resulta la legión de comparsas (algunos provenientes, o así, del campo de la tradición política católica) que les acompañan.

M. Anaut

domingo, 18 de abril de 2010

30 GIORNI y la democracia cristiana en su intento de apuntalar el "mundo moderno", contra la Tradición Católica.

Gulio Andreotti, otrora lider de la Democracia Cristiana (DC) que pilotó tras la II Guerra Mundial el proceso de secularización de Italia, y edificó un sistema político corrupto, dirige la revista internacional 30 Dias cercana al movimiento eclesial de Comunión y Liberación conocidos en España por pedir oficialmente el voto para el Partido Popular. En el nº 1 de 2010 de esta conocida revista, se publica un artículo bajo el título: El Concilio Vaticano II . La Tradición y las instancias modernas, firmado por el Cardenal Georges Cottier O.P, teólogo emérito de la Casa pontificia. Todo el artículo bebe de las tesis de Jacques Maritain, uno de los padres ideológicos de la "rendición ante el mundo moderno" que pretendió este catolicismo liberal que tanto ha contribuido a la ruina de la Civilización Cristiana.

Encontramos afirmaciones como la que sigue y que merece algún comentario:

"Contradecir apriorísticamente los contextos políticos y culturales dados no pertenece a la Tradición de la Iglesia. Es más bien una connotación repetida en las herejías de raíz gnóstica, que por prejuicios impulsan al cristianismo a una posición dialéctica respecto a los ordenamientos mundanos, e interpretan la Iglesia como un contrapoder respecto a los poderes, a las instituciones y a los contextos culturales constituidos en el mundo. Es una característica común a todas la corrientes de raíz gnóstica la de considerar el mundo como un mal, y por tanto también los Estados y los ordenamientos mundanos como estructuras que hay que subvertir. En las relaciones entre Iglesia y el mundo moderno aflora a veces esta tentación: el impulso de concebir la Iglesia como fuerza antagonista de ese orden político y cultural que después de la Revolución francesa ya no se presenta como un orden cristiano"

La tesis del Cardenal viene a ser que los Papas del XIX se precipitaron al condenar el liberalismo, que lo hicieron "apriori" y influidos por la situación histórica, por lo que toda su doctrina no pertenece a la Tradición por ser coyuntural y que la resistencia católica posterior (el tradicionalismo) no es más que una "ideología" y no la defensa de la misma Tradición. No existiría tampoco una "Tesis política católica". En el fondo subyace una valoración positiva de los principios del mundo moderno con su secularización (que no deja de ser una opción ideológica por su parte) o una completa resignación a los mismos, así como una ceguera total a los efectos de esos principios: el indiferentismo y en última etapa, el nihilismo de esta postmodernidad perversa.

El Card Cottier olvida que ese Orden Cristiano fue destruido violentamente y contruido el nuevo "orden burgués" sobre el dinero, la herejía y la sangre de muchos mártires y con la oposición directa de los Vicarios de Cristo. El único argumento del señor Cardenal, "es que los tiempos han cambiado" que "hay un nuevo contexto",el señor Cardenal sacraliza el "mito del progreso". Pretende que sea el contexto el que configure la doctrina católica y no lo contrario (postura correcta católica) donde son la doctrina, la verdad y el bien los que configuran los tiempos y las realidades. Cristo debe reinar en todo tiempo y lugar.

¿Cabe mayor conformismo, sumisión a los poderes dominantes? ¿cabe mayor intento por mundanizar el cristianismo y a la Iglesia sometiéndola a la mentalidad dominante en cada coyuntura? ¿cabe mayor intento por reducir el cristianismo a la privacidad y a la conciencia individual como prentende el individualismo moderno? ¿cabe mayor intento para que la Iglesia renuncie a su papel histórico?...¿cabe mayor intento de GNOSTICISMO?

Si, porque lo que es verdaderamente gnosticismo es este dualismo que pretende colarnos el Card. Cottiner como fruto del Concilio Vaticano II. Porque lo realmente gnóstico es pretender negar a la Iglesia y a la religión ese derecho de juzgar, criticar y contradecir los contextos políticos y culturales. El gnosticismo con su desprecio y negación del orden de la creación, desconoce la existencia de un orden político natural que se deriva de la correlación: derecho positivo humano, derecho natural, ley natural y ley eterna. El cristianismo no contradice todos los contextos políticos y culturales, sino los revolucionarios, los que destruyen ese Orden natural que la Iglesia esta llamada a fundamentar ¿habrá leído el Cardenal la encíclica "Quas Primas" de Pío XI?. La Iglesia debe ser "antagónica" y "contradecir" a la REVOLUCIÓN que es la destrucción del Orden natural-católico. Orden que es una exigencia de la propia dinámica de la Encarnación, que es una exigencia doctrinal y que ha sido una realidad histórica, destruida por las turbias luces de la Ilustración y las filosofías modernas que surgieron al amparo de la ruptura religiosa del luteranismo.

Lo que pretende hacer el señor Cardenal tiene un nombre: HERMENÉUTICA DE LA RUPTURA, la reiteradamente denunciada por el Santo Padre Benedicto XVI, enmendando la plana a toda la Tradición de la Iglesia por los prejuicios (estos si reales) liberales del Card. Cottier y su sometimiento intelectural al pensamiento débil reinante. Idolatrando el momento presente del proceso histórico.

La opinión al respecto del Cardenal Newman (aquí) que será beatificado el próximo día 19 de septiembre en ceremonia presidida personalmente por el Santo Padre Benedicto XVI, es radicalmente opuesta a la expuesta por el Card Cottier en su desdichado artículo.

Otras entradas relacionadas en El Matiner:
El mito del progreso, rendición ante el mundo moderno: un hombre nefasto Jacques Maritain.
La aceptación del mundo moderno: la utopía de la "laicidad" y la "secularidad"
Los límites de la barbarie y la ficción del catolicismo

miércoles, 17 de febrero de 2010

El mito del progreso; rendición ante el "mundo moderno": Un hombre nefasto, Jacques Maritain.

Frente al secular proceso del mundo moderno, o mejor, de la Revolución Moderna, caben diversas actitudes.

Algunos se contentan con ser meros espectadores de los hechos, pensando que la historia tiene un curso poco menos que ineluctable, y que si se quiere ser «moderno» hay que aceptar el devenir de la historia, o dejarse llevar por lo que De Gaulle diera en llamar «le vent de l’histoire». Cosa evidentemente nefasta, y que pareciera presuponer la idea de que la historia es una especie de engranaje que se mueve por sí mismo, independientemente de los hombres, cuando en realidad la historia es algo humano, la hacemos los hombres, y su curso depende de la libertad humana, presupuesta, claro está, la Providencia de Dios.

Otros piensan que hay que aceptar las grandes ideas del mundo moderno, si bien complementándolas con elementos de la espiritualidad cristiana. Tal sería, en líneas generales, por supuesto, el proyecto de la «Nueva Cristiandad» esbozado por J. Maritain. Resumamos su posición, que ha tenido gran influjo en amplios sectores de la Iglesia.

Para Maritain la civilización cristiana medieval fue una verdadera civilización cristiana, concebida, dice, sobre «el mito de la fuerza al servicio de Dios»; la futura que él imagina, también es verdadera civilización cristiana, pero en base al «mito de la realización de la libertad». La Cristiandad que él sueña no brotará tanto del encuentro armonioso de la autoridad espiritual y del poder temporal, jerárquicamente asociados, sino de un futuro Estado laico o profano, al que la Iglesia hace llegar algunas influencias. Aquella unión, la del Medioevo, es para Maritain algo meramente teórico, irrealizable en la historia, una doctrina que vale como principio especulativo pero no práctico, no factible en la realidad. Ha expuesto tales ideas principalmente en sus obras «Réligion et Culture», «Du Régime Temporel», «Humanisme Intégral», «Primauté du Spirituel».

La tesis propugnada por Maritain se basa en un presupuesto fundamental, a saber, la valoración positiva de la Revolución moderna. Para el filósofo francés, el gran proceso histórico que va del Renacimiento al Marxismo implica un auténtico progreso en una dirección determinada, y si bien dicho progreso no es automático y necesario, en cuanto que puede ser contrariado momentáneamente, lo es en cuanto que hay que creer, si no se quiere virar hacia la barbarie, en la marcha hacia adelante de la Humanidad...

Huelga decir que no podemos compartir la posición de Maritain. A nuestro juicio, el gran proceso de la Revolución Moderna, que más allá de sus distintos jalones constituye una unidad, una sola gran Revolución, en diversas y sucesivas etapas, debe ser considerado en su conjunto como un proceso de decadencia, no de maduración. No se trata de un proceso dialéctico de negaciones sucesivas, sino de un desarrollo progresivo y sustancialmente en la misma dirección.

Desde mediados del siglo XVIII la Iglesia ha venido condenando las sucesivas manifestaciones de la Revolución. Una y otra vez el Magisterio ha reiterado su juicio sobre lo que dio en llamar «el mundo moderno», entendido, como es obvio, no en sentido cronológico –siempre el mundo es moderno– sino axiológico. Podríamos alinear encíclicas, documentos, alocuciones de los Papas en el mismo sentido...

(Padre Alfredo SÁENZ, S. J. La Cristiandad, una realidad histórica)


Para una refutación completa de los errores funestos de Maritain, recomendamos:

-De Lamennais a Maritain

-Crítica de la concepción de Maritain sobre la persona humana

de Julio Meinvielle

jueves, 23 de julio de 2009

El naturalismo fundamento del liberalismo católico

El gran error naturalista que se encuentra en la doctrina modernista de los católicos liberales deriva de las siguientes enunciaciones: "la verdad no se impone, se propone" "la verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de la misma verdad".

Se suscitan tres errores. Se niega, por un lado, que la verdad católica sobrepuja la capacidad de nuestra inteligencia,y no pueden ser creídas sin la ayuda de la Gracia (por ser verdades divinas reveladas). Además se niega de hecho las consecuencias del pecado original sobre la inteligencia y la voluntad heridas y debilitadas por aquél y por tanto propensas al error y fascinadas por el engaño. Y por último se obvia la existencia de poderes e instituciones (el poder nunca es neutro),de tinte ideológico, que actúan como elementos corruptores sociales e individuales. Esta es la razón por la que una sociedad cristiana necesita instituciones cristianas que ayuden a la naturaleza humana a alcanzar su perfección, que ayuden al hombre a alcanzar el bien y la verdad.

Estos errores son el fundamento pseudoteológico de la democracia cristiana y de los católicos liberales. Con estos términos se engloban, más allá de las etiquetas, a los católicos que quieren influir en política, o que la política no sea contraria a la religión, pero renunciando expresamente a un poder católico, y a favor de la libertad religiosa y la democracia. Funesto error que no hace sino cosechar fracaso tras fracaso. Se diluyen tanto los perfiles que cualquier “inspiración”, apelación a “raíces cristianas”, etc. en la práctica acaba por carecer de influencia. Peor todavía cuando se rebajan las exigencias de un poder católico a favor de un teórico aumento de influencia o para realizar componenda con otros grupos políticos, sedicente católicos, pero que rechazan la existencia de la confesionalidad del poder. En este último caso además el objetivo por el que se renuncia a esta exigencia (sacar votos, salir en determinados medios de comunicación, medrar en institutos seculares o en la diócesis, etc.) paradójicamente nunca se consigue.

Pese a la aparente inactualidad de la doctrina católica clásica, su fundamento sigue siendo el mismo, y cualquier tentativa “moderada”, atemperada o renegada está empíricamente demostrado que acaba en el fracaso o en la esterilidad.

Por aquí se accede directamente a la idea de Cristiandad, situada en el centro del debate."No hay cristianismo de masas sin Cristiandad". No caben pueblos cristianos sin instituciones cristianas.