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sábado, 12 de mayo de 2018

El Tradicionalismo español del siglo XIX (I)

En varias entradas extractaremos parte del prólogo del escritor grancanario Vicente Marrero Suárez a la selección de textos que él mismo hizo en "El Tradicionalismo español del siglo XIX", para la colección de Textos de Doctrina Política de Publicaciones Españolas. Dicho prólogo constituye una  síntesis bastante certera sobre la génesis y desarrollo del carlismo, con conclusiones que llegan hasta el siglo XX.

1. Las dos corrientes del siglo XIX: la liberal y la carlista.

Dos grandes corrientes actúan con toda claridad desde los comienzos del siglo XIX en la Historia de España: la liberal y, frente a ésta, lo que se ha llamado primero realismo y más tarde carlismo y tradicionalismo. En toda Europa, aunque el problema no se plantea de un modo tan radical como en España, sucede otro tanto. Tan es así, que historiadores de la talla de Leopoldo Van Ranke y Schnabel ven en la lucha entre monarquía y democracia el nervio central del siglo XIX. Democracia se entiende tal como fue acuñada en la baja Ilustración.
En España estas dos grandes corrientes suelen considerarse como una pugna entre absolutismo y liberalismo, como una lucha entre nuevos sistemas y viejo régimen, lo que fácilmente puede conducir al error. En y en otro bandos la mayoría de los diputados estaban de acuerdo en que debía hacerse una reforma, distinguiendo entre sí en el modo de proponerla.
Así, por un lado, se fue formando el bando liberal, y por el otro, primero, los realistas, con sus posiciones y manifiestos; después, en 1833, Don Carlos declarando la guerra, hasta que llegamos al año 1868, fecha memorable para el sector carlista, al engrosarse con grandes figuras del campo moderado, al mismo tiempo que toma más cuerpo la doctrina y gran pujanza en todo el país. Desde entonces se perfilaron las líneas y directrices que se han mantenido hasta el presente.

2. Realismo, carlismo, tradicionalismo.

La palabra realismo en las fuentes históricas, como dice Suárez Verdaguer, se emplea para designar a la corriente ideológica que desde las Cortes de Cádiz de 1812 hasta la guerra de los agraviados, en 1827, combate el liberalismo en todos los terrenos. La palabra carlismo se usa para ratificar las mismas ideas y los mismos nombres desde el momento en que Don Carlos se constituye en cabeza de esas ideas. La palabra tradicionalismo en muy tardía, y aparece en la segunda mitad del siglo, alcanzando vigencia en los años anteriores a la Revolución de 1868. A partir de esta fecha, los españoles comenzaron a alarmarse ante el auge de la revolución y el presentimiento de la quiebra de la monarquía de Isabel II.
Estas tres palabras, habitualmente se utilizan para designar el mismo hecho, significando confusamente, en el ánimo de la gente, lo mismo. La denominación de realismo cayó en desuso a partir de 1833. (...)
3, La dinastía y las ideas.

Por encima de un sistema, lo que caracteriza en España al campo carlista, si se le compara con otras tendencias tradicionales, fue su sometimiento leal a una dinastía que se consideró legítima desde su principio, que no claudicó, pese a sus muchas dificultades, en el ostracismo y que combatió sañuda y doctrinalmente todo lo que tuviera sabor liberal. Este es el secreto de la suprema madurez política de los carlistas frente a toda otra clase de tradicionalismo: el tener una dinastía que les unía ante las masas. El carlismo representa en el siglo pasado español [se refiere al siglo XIX, nota del transcriptor] a la ortodoxia monárquica, que reúne a los hombres en masas compactas y activas, y a la más estricta ortodoxia católica. Por el contrario, la monarquía liberal parlamentaria, aunque intente cubrírsele con salmodias religiosas, representa un principio, que hunde sus raíces en la honda intranquilidad social que conoció el mundo desde que el protestantismo hizo su erupción en la historia del espíritu de Occidente. María Cristina, como es sabido, se encontró con el dilema de conservar el régimen tradicional, reconociendo a Don Carlos, o de conservar la corona a cambio a cambio de reconocer el sistema liberal. (...)
La monarquía liberal, como la carlista, comenzaba en el trono, pero si la primera terminaba en la puerta del Palacio, la segunda llegaba al interior de los hogares españoles. La dinastía liberal no tenía pueblo; a lo largo de los siglos XIX y XX salió solitaria varias veces de España. El pueblo, en cambio, fue fiel a la dinastía carlista, batiéndose siempre que fue necesario por sus reyes y emigrando con ellos en grandes núcleos.


sábado, 5 de mayo de 2018

António Sardinha: la democracia, camino a la plutocracia

El camino al plutocratismo

"¡Se equivocan los humildes si en las promesas falaces del error democrático suponen encontrar la realización de sus oportunas reivindicaciones!.

Un siglo entero de experiencias dolorosas nos demuestra que nunca la suerte de las clases pobres puede ser tratada y mejorada por los gobiernos salidos del voto que son estructuralmente gobiernos sujetos, por defecto de origen, a la venalidad y a la corrupción.

La propiedad y el trabajo, constituyendo la piedra angular de la familia, son los cimientos inalienables de la nacionalidad. Para el cosmopolita es más fácil eludir sus responsabilidades sociales, el capital necesita limitarse a sus defectos de relación entre la tierra y el hombre. Los desafueros del librecambismo, implicando y universalizando a la sociedad por medio de la judería argentaria, nos empujan fatalmente hacia la disolución del concepto supremo de la Patria. Impiden por otro lado al obrero jerarquizarse como una energía positiva y autónoma.

Las democracias resultan de aquí, ahora y siempre, como las formas de gobierno más aptas para la supremacía de la alta finanza... La inestabilidad del poder en los gobiernos electivos y su conquista por la corrupción electoral los hace por naturaleza regímenes abiertos como ningún otro a las imposiciones del Plutocratismo".

António Sardinha em "Durante a Fogueira".
António Sardinha, amigo personal de Juan Vázquez de Mella, fue el principal referencia doctrinaria del Integralismo Lusitano. Defensor de la monarquía tradicional, orgánica y antiparlamentaria, propuso una alianza entre la monarquía española y la portuguesa. La Alianza Peninsular entre ambas monarquías sería, basada en su unidad espiritual, el punto de partida para la constitución de una amplia Comunidad Hispánica, como base firme en la que se asentaría la supervivencia de la civilización occidental. Tesis panhispanista central en su pensamiento, junto al corporativismo y el ruralismo.

martes, 27 de febrero de 2018

Nazismo y Modernidad

NAZISMO Y MODERNIDAD

"Uno o es alemán o es cristiano. No puedes ser los dos"
(Adolf Hitler)

Todas las ideas de Hitler tenían su origen en la Ilustración: el concepto de nación como fuerza histórica superior, las ideas sobre la soberanía política superior derivadas de la voluntad general del pueblo y sobre las diferencias raciales  inherentes en la cultura humana. El culto a la voluntad es la base de la cultura moderna y Hitler se limitó a llevar a su extremo el objetivo moderno de romper límites y establecer nuevas marcas. Pues en ningún otro movimiento imperó hasta tal extremo la doctrina moderna de que el hombre es la medida de todas las cosas.

Avilés, J. et al. Historia Política y Social, Moderna y Contemporánea. Madrid, UNED, 2001.
"Sabed que muero como católico francés, monárquico. Porque, para mí, sólo en el restablecimiento de las monarquías cristianas pueden volver a encontrar Europa y el mundo entero la estabilidad y la verdadera paz"

Testamento de René Lefebvre, asesinado por los nazis el 4 de marzo de 1944 en el campo de concentración de Sonnenburg. Padre del campeón del catolicismo tradicional Mons. Marcel Lefebvre.
Esta obra del carlista cántabro Ignacio Romero Raizábal, es un relato de la experiencia del cautiverio de Don Javier de Borbón Parma en el infierno nazi de Dachau. Constituye un alegato contra toda barbarie totalitaria. Don Javier fue detenido el 22 de julio de 1944 y llevado a Vichy. Permanece un mes en la cárcel que allí tenía la Gestapo, después de ser condenado a muerte acusado de terrorista por participar en la Resistencia francesa. Intercede por él el mariscal Pétain, tras recibir la visita de la esposa de don Javier, y pasa a la jurisdicción ordinaria militar, siendo trasladado desde Vichy a la cárcel de Clermont-Ferrand, primero, y al campo de exterminio de Natzweiler, en Alsacia, después. Estará allí hasta que el avance de los Aliados provoca la evacuación del campo y el traslado al de Dachau. Allí, tras ser dado por muerto por un médico alemán, le es hecha una trepanación sin anestesia por un médico judío para curarle de una mastoiditis aguda. Nuevamente es evacuado de Dachau ante el avance de los Aliados y trasladado a Prax, en el Tirol. Será finalmente liberado, por tropas estadounidenses procedentes de Italia, el 8 de mayo de 1945.

jueves, 1 de febrero de 2018

Tecnología, libertad y conciencia. Una mirada tradicionalista a Black Mirror

Tecnología, libertad y conciencia. Una mirada tradicionalista a Black Mirror.

La editorial de la Universitat Oberta de Catalunya nos propone unas sugestivas reflexiones sobre los abismos de la tecnología a través de una serie de textos coordinados por Jorge Martínez-Lucena y Javier Barraycoa. Una colaboración entre ambos doctores por cierta ya fecunda, en la estela del también muy recomendable ensayo El zombi y el totalitarismo. De Hannah Arendt a la teoría de los imaginarios publicado en el número 2 de Imagonautas, revista interdisciplinar sobre imaginarios sociales. El hilo de las mismas lo constituye la serie Black Mirror, clara metáfora de la tecnología digital, las redes sociales y el mundo híper-conectado en el que vivimos. La serie plantea un conjunto de situaciones de ciencia-ficción aparentemente distópicas, pero que resultan extraña y alarmantemente familiares. Cada capítulo hace tomar conciencia de determinadas amenazas a la naturaleza humana.

Desde unos enfoques analíticos plurales que van desde la estética a la antropología, pasando por la sociología, se interpela al sentido último y profundo de la mediatización de lo humano y los límites de su libertad.

En una entrevista para el suplemento Play Series Javier Barraycoa señala que lo más inquietante de la serie es «que no pretende decirle al espectador qué está bien o que está mal, simplemente ofrece las posibilidades que da la tecnología y no plantea una alternativa para elegir. Hay varios capítulos en los que el protagonista parece que tiene una opción moral a elegir sobre los efectos de la tecnología, pero haga lo que haga se vuelve contra él». Aparte de este «determinismo tecnológico» que anula la libertad humana, citas otros grandes temas que se plantean en la serie: «el fin de la privacidad, la búsqueda insaciable de una felicidad que la tecnología nunca podrá proporcionar, la espectacularización de la realidad como control de la misma por ciertos poderes o el control social».

Al final, todo se resume en un trasfondo común: «Lo que se pone en juego es un juicio sobre qué constituye la persona y su dignidad, si podemos ser plenamente personas y relacionarnos con otros o si la tecnología nos desposeerá de esa cualidad para convertirnos en engranajes del sistema». Para terminar, Barraycoa confiesa cuál es su capítulo preferido y por qué: «Sin lugar a dudas, The National Anthem, el primer capítulo de la primera temporada. En el primer capítulo ya se ponen en juego todos los elementos que seguirán latentes en toda la serie. Paradójicamente es el más real pues la tecnología con la que se arma todo el argumento es la que tenemos diariamente a nuestro alcance. Si ves el primero, indefectiblemente ya te has enganchado».

A continuación extractamos una parte de la ponencia El imaginario social del control mediático y tecnológico: la distópica Black Mirror del profesor Barraycoa a las Actas – IV Congreso Internacional Latina de Comunicación Social donde adelanta parte de las ideas que desarrolla en este trabajo colectivo.
El control tecnológico y mediático

El poder actualmente no genera grandes directrices de propaganda explícita como hacían los regímenes totalitarios antaño, sino que crea “estados de conciencia”, al decir de Manel Castells. La creación de estos “estados de conciencia” son inducidos y no explicitados. El poder ha desarrollado lo que se denomina la capacidad de invisibilizarse. Este fenómeno sólo lo podemos entender completamente por comparación con las viejas estrategias del poder. Al analizar el antiguo arte del poder, aparece la figura del gigantismo: la construcción de grandes representaciones de los monarcas, tiranos y gobernantes. La estatuas gigantes permitían que todo el mundo lo viese y así el poder se hiciera omnipresente. En la actualidad el poder asume otra lógica ya prefigurada en el famoso panóptico de Bentham. Este artefacto, diseñado para cárceles y fábricas, permitía que el controlador viese pero no fuera visto. Una derivación posmoderna del panóptico es el programa televisivo del Gran Hermano, al que en la serie de Black Mirror se hace un guiño. Todos nos convertimos en cómplices del poder al participar en la función observadora del mismo. En la medida que aceptamos estos juegos, el poder queda legitimado para observarnos también. Este proceso ya fue augurado y teorizado por Guy Debord en La sociedad del espectáculo. El filósofo francés planteaba el espectáculo como un concepto clave para entender cómo evolucionaría el capitalismo, pasando de ser un mero sistema productivo a ser un sistema de control a través de la creación de imágenes espectacularizadas de la realidad. La sociedad, profetizaba, se iría espectacularizando hasta que no distinguiéramos la ficción de la realidad. Con otras palabras, se iba a ir crear de ella una imagen falsa pero indestructible. Si atendemos al origen etimológico, descubrimos que la palabra espectáculo viene de espejo (speculum–reflejo).
El término speculum tiene un claro ascendente indoeuropeo que ha dado origen a palabras relacionadas con la visión como cinemascope, periscopio o, incluso, espectro (fantasma). El espectáculo –mediático, propio de cultura de masas y fomentado por el poder político- es una representación (falsa) de la realidad. Debord anunciaba que el capitalismo triunfaría sobre el comunismo, al ser capaz de crear una representación simbólica de la realidad mucho más potente. Mientras que la religión de Occidente y las ideologías atribuían un papel fundamental a la historia, en cuanto que desarrollo del destino humano, ahora ya no es así. Se ha producido una verdadera revolución en la mentalidad de los individuos pues han quedado devorados por el afán de espectacularización y de vivir el “presente” y en el “presente”. Creando una imagen falsa de sí mismos y de su existencia, los ciudadanos, en su inmensa mayoría, ya no se sienten partícipes de la historia de su comunidad. Su única proyección vital y existencial se limita a vivir espectacularmente su escaso tiempo de ocio, sea el del fin de semana o el de sus vacaciones anuales. La existencia se transforma en un simulacro, como ya previó Baudrillard, de tal forma que en nosotros ya se desarrolla el hábito mental de aceptar las propuestas de imágenes, como una realidad adecuada a nuestros esquemas mentales. La sorpresa de la espectacularización, sustituye a la especulación racional.

martes, 23 de mayo de 2017

Falsificaciones del Bien Común (II): El bien común como bien público

El bien común como bien público

La primera identificación representa el producto coherente de las teorías constructivistas de la sociedad, esto es, de aquellas teorías que niegan la naturalidad de la comunidad política, al sostener que ésta nace del contrato y, por tanto, tiene un fin convencional. No es posible en este caso hablar propiamente del bien común, ya que el Estado –nacido del contrato- no tiene nada en común con los hombres que lo han constituido. Tanto que coherentemente se habla sólo de bien público, que propiamente es el bien privado de la persona civitatis. Resulta significativo el hecho de que en el lenguaje político moderno y contemporáneo se usen en exclusiva los términos bien público e interés público. Ha desaparecido hasta la huella del bien común. No se trata de un error, sino de la coherente aplicación de categorías doctrinales racionalistas que, en cuanto tales, esto es, en cuanto racionalistas, ignoran la realidad, con la pretensión de sustituirla. Rousseau, por ejemplo, es claro a este respecto: “Antes de observar –escribe en el libro V de su obra pedagógico-política, Emilio- es preciso hacerse con normas para la propia observación: hay que hacerse con una escala a la que referir las medidas que se toman. Nuestros principios de derecho político son esta escala. Nuestras medidas son las leyes políticas de todo país”. El bien, por tanto, depende del hombre. También que se define como común. El llamado bien público se identifica, así, en último término y desde cualquier teoría constructivista, con la conservación del Estado, en vista de la cual se entiende legítima toda acción: el fin, en efecto, justifica los medios, como teorizó Maquiavelo y como sostuvieron (y sostienen) los teóricos de la razón de Estado de todo tiempo. El Estado, su existencia, es el bien que conservar siempre y a toda costa, el bien que permitiría una vida civil, puesto que la realidad es la creadora de la ética y del derecho. 
Hegel, que no es constructivista, aunque si racionalista, dirá que el Estado es la misma "sustancia ética consciente de sí", que reconduce todo a la vida de la sustancia universal. Para Hegel, así, el bien común es el todo sustancial extraño a las partes de las que está constituido y que, a su vez, están constituidas por él. Un filósofo contemporáneo de fuerte vocación y, sobre todo, de fuerte atención realista (Marcel De Corte), observó que esta definición de bien común no se puede compartir racionalmente, para empezar porque pretende ser la unidad en lugar de la unión y, por ello, hacerse unicidad suprimiendo la pluralidad de las realidades individuales.
En resumen, la identificación del bien común y bien público es la negación de la posibilidad misma del bien, ya que éste viene a depender de la voluntad de la realidad que es considerada ética y racional sobre la base de la consideración de que su voluntad efectiva aporta criterio de la racionalidad universal sólo porque es única y, por ello, general. El criterio del bien, por eso, estaría en la norma positiva que no tutela el bien, ni el moral ni el jurídico, porque el bien es ella misma: el bien es la misma ratio de la ley, que –a su vez- es tal porque querida por el Estado, quien por ello nunca está sujeto a error. Nos hallamos frente a una forma de nihilismo positivo que pretende transformar en bien todo acto de voluntad positiva y, sobre todo, individuar el bien en la única realidad que tiene el poder de hacer efectiva la propia voluntad, puesto que es la condición del bien así entendido.

¿Qué es el Bien Común?. Danilo Castellano en El bien común. Cuestiones actuales e implicaciones político-jurídicas.

jueves, 18 de mayo de 2017

Falsificaciones del Bien Común (I): El bien común como bien privado

El bien común como bien privado

La identificación del bien común con el bien privado ha sido favorecida por la reacción contra la doctrina idealista, en particular la hegeliana, irracional por su pretensión de hacer de la verdad del sistema la verdad, y absurda por las contradicciones y aporías que se evidencian en su aplicación y, por tanto, en la praxis. La derrota de los Estados totalitarios en la segunda guerra mundial representó la fractura del sistema de Hegel y ofreció la prueba de las desastrosas e inhumanas consecuencias en las que tal doctrina debía incurrir necesariamente (como incurrió). Se difundió así muy rápidamente una teoría política de origen protestante, cuya afirmación resultó favorecida por la ilusión de que otorgaba valor al individuo, a la persona humana, tras su sacrificio en el altar de la verdad idealista más abstracta. La difusión de las viejas (aunque presentadas como nuevas) teorías políticas liberales vino favorecida también por equívocos  en el plano teórico (individuo y persona parecían a muchos términos equivalentes) y, sobre todo, por las circunstancias históricas de finales del segundo conflicto mundial: los vencedores de los regímenes definidos autoritarios resultaron ser los Estados liberales y también los comunistas, pero el liberalismo -aunque fuese la matriz del comunismo, sobre todo del marxiano- difícilmente podía convivir con el marxismo. Con el marxismo tampoco podía convivir el cristianismo, fuese en su versión católica o incluso en la protestante. El comunismo, por esto, se convirtió (y se tomó por tal) en el enemigo común. Todos se unieron en la batalla anticomunista a nombre de la libertad, que no puede ser considerada el bien común ni siquiera aunque se lea como libertad responsable: aquella, en efecto, también en este caso resulta una condición que no puede eliminarse, pero que no puede convertirse en el bien común.
Las doctrinas políticas occidentales, sobre todo las elaboradas de encargo (como por ejemplo, la teoría política del segundo Maritain), se empeñaron en justificar la caída de las posiciones que, particularmente en Europa, habían sido hegemónicas hasta la mitad del siglo XX. Pasó a sostenerse, así, que el bien común no era el público sino el privado. Esencial era el bien del individuo ante el que el Estado y el ordenamiento jurídico debían considerarse servidores. Servidores y, por tanto, instrumentales ante cualquier opción individual, cualquier deseo de la persona, cualquier proyecto. No sólo porque según algunas doctrinas el proyecto mostrase la misma naturaleza humana (piénsese, por ejemplo, en Sartre, para el que el hacer procede al ser y, por tanto, el sujeto es su actividad y no la condición de ésta), sino también porque se entendía que toda regla heterónoma, impuesta a la voluntad del sujeto, fuese un atentado a su libertad, un atentado fascista, del que debía tan absoluta como rápidamente liberarse. El ordenamiento jurídico, para legitimarse, habría debido encontrar el consenso (entendido como mera adhesión voluntarista a cualquier proyecto) de los ciudadanos. Se convertía, por ello, en intolerante cualquier Estado que hubiese individuado la naturaleza del bien, erigiéndose en regla de su legislación y su gobierno: el bien y el mal -se decía y aun hoy se afirma de modo todavía más decidido-  pertenecen a la esfera privada; lo público no debe tener opinión alguna acerca de la vida buena, sino que al contrario debe ser absolutamente indiferente. La nueva ratio que rige y anima a los ordenamientos jurídicos occidentales contemporáneos debe buscarse, así, en esta Weltanschauung neoliberal, que se ha expandido poco a poco y que se presenta todavía como la vía que debe recorrerse para conseguirlo.
Derivó de ahí, como consecuencia del desplome de lo público, la desaparición  del bien (incluso del que sólo era su subrogado) y necesariamente la desaparición del bien común en sí. El único fin de la comunidad política que se considera legítimo es el de asegurar, garantizándolo en la perspectiva liberal y/o promoviéndolo en la perspectiva liberal-socialista, la libertad negativa que a su vez se convierte en liberación total en la perspectiva marxista y en la liberal-radical. Pero, como esto no es posible en absoluto, se asignó al poder la tarea de mediar entre instancias y pretensiones contrapuestas, tanto que ahora se afirma explícitamente que el Parlamento es el lugar de la composición de los intereses. El poder político, por ello, estaría legitimado por un contrato de mandato o bien  por un consenso mayoritario de la sociedad civil, no ciertamente por la racionalidad del mando político, entendida la racionalidad como conformidad a la esencia y al fin natural de las personas. El Estado moderno de la vieja Europa desapareció. Se afirmó el Estado como proceso teorizado por la politología norteamericana desde finales del siglo XIX, que entiende que el poder político es un mero poder, y que el conflicto es el alma de la llamada convivencia civil. Lo que implica que la realización de la voluntad, la obtención de los intereses, el agotamiento de las pasiones y los deseos tanto de los individuos como los grupos y no –por tanto- la vida según la razón, representen el objetivo que conseguir. Esto es lo que se considera el bien, que no tiene nada de común siendo de parte o solipsista, en todo caso privado en el sentido moderno del término.

¿Qué es el Bien Común?. Danilo Castellano en El bien común. Cuestiones actuales e implicaciones político-jurídicas.

jueves, 4 de mayo de 2017

La modernidad, enemigo primario

¿Qué debe entenderse por modernidad?

La modernidad entendida axiológicamente, es sinónimo de subjetivismo: de palabra exalta al sujeto, aunque en realidad lo destruye. Decir que modernidad y subjetivismo son la misma cosa significa considerar que a) teóricamente se pretende hacer del pensamiento el fundamento del ser; b) gnoseológicamente se cree poder erigir la ciencia (entendida al modo positivista) como único método de conocimiento (en realidad pretende constituirse en dominio de una naturaleza que a menudo ignora); c) éticamente se identifica la moral con la costumbre (fruto de opciones “compartidas”) o, en algunos casos y opuestamente, con la decisión  personal; d) políticamente se reivindica el poder de crear el orden político (que, por tanto, se limita a sólo orden público) sobre bases absolutamente voluntaristas y e) jurídicamente se sostiene que la justicia es la decisión (efectiva) del más fuerte (pseudo-argumento de Trasimaco, que hacen suyo las doctrinas positivista y politológica del ordenamiento jurídico, que tantos contemporáneos comparten).

La modernidad disuelve al sujeto al convertirlo en un haz de pulsiones. El sujeto, así, no sería una realidad óntica irreductible, señora de las pulsiones, sino simple epifanía de éstas. Un fenómeno, pues. No sería el ens, inteligente y libre, dominus  de los propios actos, sino una entidad que sufre los propios impulsos y las propias pasiones.

Así pues, el sujeto sólo es exaltado aparentemente, incluso cuando se elogia su conciencia. En realidad el sujeto es para la modernidad una realidad sin alma y, por ello sin ley. De ahí que cuando ensalza la conciencia lo que hace es exaltar un poder ilimitado del individuo, que entiende es una facultad suya: la conciencia, así, no revela al hombre el orden impreso en su naturaleza, sino que lo produce. Poco importa que a ello concurra el individuo aislado o la sociedad en su conjunto. Lo que cuenta es el hecho de que el orden moral no existe en sí y por sí. Es siempre el resultado provisional y mutable o de la voluntad subjetiva o del conjunto de las condiciones económico-sociales (esto es, de un bloque histórico). La modernidad, que es el racionalismo hecho sistema, conduce coherentemente, por tanto, a Nietzsche y Marx. En otras palabras, la modernidad representa el intento de dominar la realidad, de plegarla a la voluntad humana. Es la esencia de la doctrina luciferina según la cual el hombre es como Dios, igual a Él, por tanto en la condición de poder desafiarlo y, sobre todo, de poder expulsarlo de la experiencia humana y de la historia.

domingo, 15 de enero de 2017

Enrique Gil Robles: la crítica al parlamentarismo como núcleo del pseudoorden burgués

El liberalismo, como naturalismo jurídico que es, desconociendo, o mejor dicho, negando la verdadera doctrina acerca de la naturaleza, origen y destino del hombre y de la sociedad, no puede fundar, explicar sancionar ni realizar el orden de los actos humanos, así de individuos como de colectividades, sean  los que fueren su estado,  clase o categoría. De aquí la esencial y radical injusticia del gobierno, cualquiera que sea la jerarquía del sujeto gobernante, el cual si gobierna justamente, no es por el liberalismo, sino a pesar de él y per accidens, en virtud de la honestidad natural que pueda tener el imperante y de la imposición de la realidad y de las circunstancias con que la naturaleza, defensora de la rectitud, se sobrepone en esta esfera y relación, como en otras, a la voluntad torcida de los hombres.

De las filosofías que por falta de fin y motivo de orden, no pueden fundamentar moralidad ni rectitud alguna, surgen esos escepticismos  y positivismos prácticos, esos pragmatismos  que sólo procuran  el bien material y sensible, no de todos, sino de lo que tienen fuerza  y recursos físicos para lograrlos en su provecho, bien sea el imperante soberano, bien sus paniaguados parientes y amigos (nepotismo), u otras clases y colectividades. En una palabra, las filosofías  y las jurisprudencias  nuevas engendran  las varias especies y grados de tiranía que, si en las sociedades antiguas procedió de ignorancia y de error, tiene hoy el fundamento sistemático de una metafísica, ética y Derecho impotentes para fundamentar un orden dirigido a un armónico pro común (…)

El liberalismo determina, también, el despotismo en el sentido de más nocivo alcance y trascendencia, pues el despotismo liberal no tanto consiste en la sustitución por el arbitrio de las normas establecidas, o sea, las leyes y costumbres, como en algo más grave: la arbitrariedad injusta de una legislación divorciada de la ley natural y divina. No es el sit pro lege, sino el sit pro ratione voluntas, en el sentido del pragmatismo naturalista, lo que distingue al despotismo liberal, que si no pocas veces infringe, en efecto, la ley establecida, casi siempre, y esto le es más conveniente, por más seguro, hace leyes injustas dirigidas al fin concreto, circunstancial y antijurídico que procura. Legalismo pragmático naturalista debe ser, más bien, definido el despotismo liberal. (...)

Siendo el parlamentarismo el liberalismo condensado y reflejado en el parlamento, no caben en nuestra doctrina las distinciones que son, a la vez, causa y efecto de las disputas respecto de la significación del término y el contenido de la noción; y que, por lo tanto, sistema parlamentario y vicio parlamentario, en las monarquías como en las repúblicas, en los gobiernos llamados de gabinete, y en los denominados representativos, stricto sensu, es lo mismo, sin posibilidad racional de varias acepciones en la palabra y desinencia, expresivas de un sistema natural, radical y múltiplemente vicioso.

El espíritu del parlamentarismo es el  mismo del liberalismo, el que constituye el carácter habitual y profundo del pensamiento y la vida modernos, el naturalismo que, aparte de las aberraciones multiformes con que se manifiesta en la esfera de las ideas, tradúcese, en la práctica, en escéptica indiferencia y en efectivo materialismo.

La ausencia de virtud y honestidad social que el naturalismo supone, y que ha injerido y arraigado en las masas, se traduce en el origen mismo y en la formación de la asamblea, o asambleas, electivas en todo o en parte. El cuerpo electoral no vota por ideas, ni en justicia; elige por interés utilitario y sensual de los bienes materiales. Si en toda época, aun en las sociedades más cristianas, la plebe no dirigida obra extraviada por el error, por la pasión y por la conveniencia física y sensible, en los modernos tiempos y pueblos, corroídos de escepticismo y positivismo, la máxima parte de los electores, y no más el pueblo que la burguesía y los aristócratas desertores de su función y puesto, votan por un móvil personal, empezando por el más disculpable de la amistad o el parentesco y concluyendo por los execrables y nefandos de cualquier concupiscencia, vanagloria, interés de bandería, soberbia, ambición de mando, codicia, venganza, etc. Añádase a esto, que cuando falta  la virtud social, apenas se conoce y se ama, y mucho menos hay esfuerzo y constancia para defender y practicar la libertad y mantener la independencia del sufragio; así es que, si en todos los tiempos ha sido difícil a la plebe y a la mayor parte de los necesitados de cualquier clase social resistir a la imposición de interés o fuerza mayores, hoy son éstos los que principal y casi exclusivamente disponen del voto, el cual esté sometido, de ordinario, a todo género de coacción injusta, error, pasión, seducción, compra, amenaza de arriba o de abajo. La corrupción y falsificación del voto, sometido a la mentira e iniquidad, es la primera manifestación morbosa del parlamentarismo.

De este voto corrompido surge la democracia de asambleas en que los diputados son, a imagen y semejanza de los comitentes, personas menos que mediocres, en cultura y rectitud, y envenenadas por el error y la inmoralidad propias del liberalismo; de suerte que a la imperfección natural de asambleas numerosas, es decir, de la democracia gobernante, únase el mal espíritu de legisladores sin sentido ético ni jurídico, que legislan y gobiernan para fines prácticos, parciales y subjetivos, en los que el fin justifica los medios.
Este despotismo liberal no ha salido aún de los derroteros por donde lo encaminó la Revolución francesa, esto es, del servicio y provecho de una oligarquía de clase media, especialmente de las capas superiores de la burguesía y, más en particular, de las de la banca, bolsa y agio, en que los judíos tienen tanta parte, mano y ventajosa posición. Es decir, que hasta que el parlamentarismo no se entregue a la tiranía oclocrática y socialista, hoy por hoy, es el instrumento de una tiranía oligárquica de clase media plutocrática, de que principalmente se aprovecha la judería, más acaudalada y despreocupada que los otros ricos no semitas. Este es el más saliente carácter, la manifestación morbosa más grave y perceptible: un tiránico gobierno de plutocracia, especialmente favorable a Israel.

Tal vicio parlamentario, orgánico y funcional, de democracia legalista a disposición y utilidad de una oligarquía bursátil y judaica, o judaizante cuanto menos, es propio del moderno gobierno representativo, en la más amplia acepción del término, y, por lo tanto, común a las dos formas y manifestaciones de aquél: la representativa, en estricto sentido, y la parlamentaria o de gabinete; sólo que más acentuado y dañoso en esta última clase de gobiernos, en que el Jefe del Estado apenas tiene poder, si es que le queda alguno, para contrarrestrar la tiranía oligárquica del parlamento, impidiendo que las cámaras enderecen legislación y gobierno al mencionado monopolio tiránico de la política gubernamental. Yerran, pues, los autores que consideran al parlamentarismo como vicio exclusivo de los gobiernos de gabinete, cuando lo más que puede concederse es que sea en ellos más frecuente e incontrastable, por falta de una jefatura de Estado que, con poder propio, especialmente el de la monarquía, reprima algo o mucho los naturales excesos parlamentarios, aunque del todo no sea bastante a impedirlos o extirparlos. Reducido, entonces el rey o el presidente de la república a dignidad de puro nombre y aparato, con facultades estrictas pero no efectivas, el parlamento, de acuerdo con los ministros responsables, hechura e instrumento de las cámaras o directores y fautores de ellas, o en situaciones intermedias entre supeditación y el señorío ministeriales, gobierna, sin ostáculo, para los reprobados fines que hemos expuesto (…)

La burguesía oligárquica que usufructúa el país por medio del parlamento necesita tener montada corriente y expedita la máquina electoral que lo produce; y al efecto, los partidos en que la plutocracia burguesa se divide, para turnar en el poder explotador, constituyen una organización jerárquica de directores, manipuladores y falsificadores del sufragio, cuyas grados supremos son los altos funcionarios presentes o futuros, y los últimos los agentes subalternos que, por módica merced, desempeñan funciones más materiales y mecánicas de captarse voluntades y sumar votos. Por uso generalmente aceptado, se viene en España llamando caciques a esos caudillos de las banderías turnantes, especialmente a los jefes de provincia o más pequeña localidad y caciquismo,  así a esta organización como a su corruptor imperio, a su política  y sistema gubernativo y al habitual estado social y público que arguye la ignominiosa plaga. La retribución de esta hueste electoral, que no se licencia pasadas las elecciones, sino que tiene siempre dispuesta para la lucha, es de distintas clases, según el grado categórico del mercenario, pero generalmente es la distribución  de los cargos públicos, el poder y el influjo absolutos y despóticos en la localidad, la administración gubernativas dictadas en su provecho; en una palabra, una verdadera soberanía tiránica en los respectivos lugares del cacicato, con todos los gajes y aprovechamientos inherentes a la inmunidad, al mero y mixto imperio de estos nuevos y oprobiosos señores, sin precedente en la historia y de producción y tipo exclusivamente contemporáneos.  El caciquismo constituye, pues no sólo la base y el ambiente del parlamentarismo sino un gobierno extra y retro , y sin embargo supraparlamentario, un régimen irresponsable y anónimo, del cual son las instituciones oficiales tapadera engañosa e inmoral.

Enrique GIL ROBLES, Tratado de Derecho Político, II, c. XVIII. (Primera edición. Salamanca 1899)

¿Y quién es, quiénes componen esa minoría tiránica, bien que no de pocos, aunque lo sean en comparación de los explotados y oprimidos? La oligarquía presente es una burguesocracia en que todas las capas de la clase media se han constituido en empresa mercantil e industrial para la explotación de una mina, el pueblo, el país; es una tiranía y un despotismo de clase en contra y en perjuicio, no de las otras, porque ya no las hay, sino de la masa inorgánica, desagregada y atomística que aún sigue llamándose nación.

Enrique GIL ROBLES, "Oligarquía y caciquismo"

lunes, 12 de diciembre de 2016

Consecuencias del protestantismo. A los 500 años de Lutero

El Protestantismo 

El protestantismo es el modulador del mundo moderno. Fue el origen de las monarquías absolutas que aparecieron en Europa al abrigo de su revuelta política, destruyendo la unidad orgánica de la Comunidad Política, punto de arranque del leviatán del totalitario Estado moderno. Fue el detonante de la liberación religiosa y jurídica de la usura y la rapiña que dio origen a los imperios bancarios y financieros de la plutocracia, su calvinismo fue la ética del naciente capitalismo dando carta de naturaleza a la explotación económica y al materialismo economicista. Fue caldo de cultivo del repugnante racismo holandés y británico que se evidenció en sus colonias factorías, producto de su predestinación religiosa. Colonización depredadora, imperialista y genocida.

Su fideísmo destruyó la síntesis armónica clásica de Fe y Razón, que sustentaba la civilización levantada por la inteligencia católica comunitaria. Pariendo el liberalismo y el modernismo, incubando el subjetivismo y el relativismo social. Su puritanismo rigorista asfixió a los pueblos que cayeron en sus garras, siendo padre del fariseísmo de la moralina burguesa moderna, derivando en abismo directo hacia el nihilismo más disolvente en la posmodernidad. Fue germen de la filosofía moderna desde su larvado nominalismo y su idealismo camino de secularización y laicismo. Fue senda de todas las ideologías totalitarias: marxismo y nazismo nacientes en las naciones de su suelo devastado. Fue el destructor del ethos occidental y configuró la actual Europa laica y plutocrática sobre las ruinas de la Cristiandad, a la cual dividió en honda fractura histórica, religiosa y política. El error religioso llevó al error político y este al error económico.

 Para ampliar: (PULSAR AQUÍ, AQUÍ, AQUÍ y AQUI)
 Coloquios de Fuego y Raya en Madrid

En el marco, en esta ocasión, del Rastrillo carlista de Adviento (PULSAR AQUÍ) organizado por el Círculo Cultural Antonio Molle Lazo se reanudan los «Coloquios de Fuego y Raya», que tanto éxito tuvieron en ediciones anteriores. El Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II invita al séptimo (primero de este curso, D.m.), que tendrá lugar el día 17 de diciembre de 2016, sábado, a las 19:30 horas (siete y media de la tarde), en sus locales de Madrid, calle de José Abascal (antes del General Sanjurjo) 38, bajo izquierda (Metro Alonso Cano o Gregorio Marañón, L-7; Iglesia, L-1).

A propósito de los dos últimos libros (PULSAR AQUÍ) sobre el 500º aniversario de la mal llamada Reforma, publicados por Marcial Pons y patrocinados por el Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II y la Fundación Francisco Elías de Tejada dialogarán el profesor Miguel Ayuso (coautor y editor de uno de los libros y traductor al español del otro), el profesor José Miguel Gambra y el escritor y periodista Juan Manuel de Prada.

Fuego y Raya, revista semestral hispanoamericana de historia y política (PULSAR AQUÍ) es una publicación del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, que evoca ya desde su título la gesta de Hernán Cortés y Francisco Pizarro. Con los «Coloquios de Fuego y Raya» se pretende ofrecer nuevos elementos de reflexión sobre la tradición hispánica y su papel en el mundo actual.


LA VERDAD SOBRE LUTERO, por Juan Manuel de Prada (PULSAR AQUÍ)

martes, 28 de junio de 2016

El parlamentarismo es el enemigo de los pueblos libres

No seguirás en el mal a la mayoría
Éxodo 23:2

En su chispeante crítica de la democracia ateniense Aristófanes censuraba que dicho régimen había transformado al ateniense de antaño, vigoroso, austero, frugal, entrenado para los deportes y la guerra, cerrado a especulaciones disolventes, duro en el trabajo y vigoroso en las diversiones en un “rábula” débil, malsano, pedante, parlanchin, enredador, preocupado sólo por gozar e interesado. Denigra la demogogia, que ha entregado el poder a una criatura tan inestable y ciega como Demos, así como las innovaciones filosóficas que ponen en peligro las virtudes tradicionales y la depravación de las costumbres políticas.

Aquella democracia ateniense tenía bastantes deficiencias estructurales, pero no deja de ser alabada como “inspiradora” de las modernas partitocracias. Pese a todo las diferencias son esenciales: la especulación política del ciudadano se hacía sobre la base del ejercicio de una acción pública entendida como virtud y a la que los mismos se encontraban íntegramente consagrados, por mor de la existencia de un modelo social de base esclavista que permitía el cultivo absoluto de dichas virtudes. Por tanto el bien común no se veía tan preso de banderías ideológicas, y aún así la demagogia no dejaba de hacerse presente.

El régimen actualmente institucionalizado en España encierra lo peor de ambos modelos. No puede ser más actual la descripción que hace Aristófanes de la depravación a la que los paradigmas democráticos han conducido al antaño sano pueblo español, limitado en su horizonte vital a la satisfacción de lujos pequeño burgueses cada vez más vulgares. El parlamentarismo genera pseudogobiernos débiles, esclavos de poderes ocultos, al tiempo que deja a la sociedad sin instrumentos de defensa de su propia libertad y autonomía. La ficción de la voluntad popular como única fuente de legitimidad del poder genera potestades arbitrarias en el orden temporal, sin auténtica auctoritas, y que interfieren y violentan la vida de los cuerpos intermedios y aún de los propios individuos, anestesiados por libertades abstractas de perdición.
Si los carlistas han participado excepcionalmente en procesos electorales han sido sin fe en los mismos y sin reconocer su legitimidad. La deriva electoral hace que cada año que pasa más se acentúen los vicios que ya hace más de 2500 años denunciase Aristófanes. Se vota sin criterio y al servicio de la demagogia más sangrante; se votan programas fuera de la realidad para la satisfacción de los instintos más elementales, se vota por miedo o por mera emotividad burdamente manipulada. Si en la imperfecta democracia ateniense la acción política aún se elevaba al rango de las mayores virtudes el parlamentarismo liberal ha degradado la política al charco de los más hediondos vicios.

El juego electoral del parlamentarismo es una burda farsa de dominación política por parte de las élites económicas de la plutocracia. El control social ejercido desde los mass media capitalistas y el voto inorgánico y manipulable del pueblo reducido a masa individualizada y desarraigada, mera Opinión Pública, imposibilita toda representación social y política real. En palabras de Francisco Elías de Tejada; Es la actitud que en realidad desconoce qué sea el pueblo, porque lo reduce a la noción amorfa y pulverizada de lo que Francisco Suárez llamaría "multitud", coexistencia inorgánica que nada tiene de común con la sociedad independiente y membrada, integrada por comunidades autárquicas y libremente constituidas que es la verdadera calidad del pueblo.

El historiador carlista Melchor Ferrer, en el tomo I de su magna obra Historia del Tradicionalismo español, dejó consignada la verdadera dicotomía entre el parlamentarismo liberal y la representatividad política tradicional, evitando la falsa y manipuladora dicotomía liberal entre democracia y dictadura.

"No ha de admitirse que sea el individuo suelto, disgregado, el punto de arranque de la sociedad, porque el individuo es ser sociable, pero no social, hasta que no se asocie, constituyendo la familia. No es el individuo, sino la familia la primera célula social. Es la familia la que contrae las primeras obligaciones, los primeros deberes; por eso le corresponden derechos. El individuo solo no es nada, y de la nada, nada sale. No es concebible el hombre aislado, y en cuanto, por inclinación o por necesidad, abandona su aislamiento, ya es ser social, porque de algún modo se ha asociado, al relacionarse, y toda relación es referencia, trato, enlace, concordancia. La sociedad, por tanto, la Nación ha de fundamentarse sobre núcleos vivos y efectivos, que son los núcleos sociales, los que, con acción social, deben y pueden influir y actuar en su propia atmósfera, en la sociedad nacional. El voto aislado, el voto suelto, el voto universal inorgánico es contrario a la naturaleza del hombre pensante, porque se deja en cierto modo a la casualidad, a lo que salga; el voto corporativo, por gremios, por profesiones, por clases, por organismos, que tienen, cada uno, su ser y su razón de ser, su interés, su aspiración, es un voto lógico y consciente, además de ser natural, porque resulta conforme con la naturaleza de la sociedad, que es un conjunto de grupos sociales, con causas y efectos propios"

Charles Maurras, autor del conocido y tajante apotegma La democracia es el mal. La democracia es la muerte, ya advirtió de lo letal que significaba el parlamentarismo burgués para la vida de los pueblos. Hoy la democracia liberal-parlamentaria sigue manipulando y envileciendo a las naciones, mientras las grandes decisiones políticas y económicas se deciden en gabinetes ocultos de organismos transnacionales y en los feudos financieros apátridas, muy lejos de la voluntad de los pueblos. El parlamentarismo cumple la función de demoler todo cimiento social, político, o moral que se pueda oponer al poder del Dinero. Los corsés de las estructuras y castas partitocráticas corruptas a su servicio, los convierten en agentes de una verdadera dictadura de los partidos políticos, utilizados para el medro personal y la total absorción de la vida social.

El parlamentarismo es hoy el paradigma dominante, el sagrado dogma impuesto por el nuevo totalitarismo tecnocrático liberal del pensamiento único, al que incluso todas las pretendidas izquierdas se han rendido.
El carlismo se ha opuesto en toda su historia, con la pluma y con las armas, a esta nueva tiranía, que destruye a los hombres, sus libertades reales, sus tradiciones y culturas. En defensa del sentido comunitario y el bien común frente al individualismo burgués. El parlamentarismo engendra gobiernos títeres entre facciones del mismo sistema liberal, que perpetúan el idéntico proceso disolvente y se reparten el poder entre sus castas políticas partidistas. Juan Vázquez de Mella, el Verbo de la Tradición, nos lo sintetizó para memoria perenne de los hombres libres.

“La del parlamentarismo, o, concretando más, lo que llamamos ahora, antiguo régimen; es decir, el conglomerado de grupos y partidos, o, más claro, la gusanera, que, bajo ese parlamentarismo, soportaba y odiaba el más sufrido de los pueblos. Durante medio siglo se repartieron los distritos, Ayuntamientos, Diputaciones y el presupuesto único, porque era el modelo y la regla a que había de ajustarse el de los Municipios y provincias. Ni un cartero, ni un caminero podían moverse en la última aldea sin su permiso. Los grupos y su clientela eran los amos absolutos. Los abusos de ese centralismo monstruoso fueron innumerables; pero también fue enorme el reparto de beneficios a los amigos que formaban la casta privilegiada, el patriciado de esa tiranía”

"Los partidos doctrinarios y radicales de la Revolución no han tenido más que un programa: demoler, desde los cimientos a las bóvedas, todo el edificio que con sublimes y seculares esfuerzos habían ido levantando generaciones católicas y monárquicas sobre un suelo amasado con su sangre; oponer a cada empresa histórica una catástrofe, a cada gloria una ignominia, a cada derecho una licencia, a cada virtud cívica una corrupción, y, finalmente, a la comunidad de creencias, de sentimientos, de instituciones fundamentales, de tradiciones, de recuerdos y de aspiraciones comunes que constituían el espíritu nacional, un solo principio: el de negar ese espíritu, y una sola libertad: la de romper esas unidades y de disolver la Patria. Eliminar los partidos parlamentarios no es cercenar el ser de la Patria; es aliviarla de un peso que la oprime, es remediar a un cautivo y levantar del suelo a una reina desfallecida y humillada"

martes, 21 de junio de 2016

Tradicionalismo o conservadurismo (IV)

"El conservadurismo demuestra ser el peor enemigo de la Tradición" 
(Don Sixto Enrique de Borbón, en Trieste, 17 de Julio de 2009)

“Todo el mundo moderno se divide en Progresistas y Conservadores. La labor de los Progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los Conservadores es evitar que los errores sean arreglados” (G.K. Chesterton)

De la magnífica entrevista de Jorge Santoveña en La Soga. Revista Cultural al Profesor don Miguel Ayuso Torres, Presidente del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, frente cultural de la Comunión Tradicionalista: 

Al intentar explicar ese viejo pensamiento, trasladándolo a la realidad, usted dice que es tradicionalista pero no es conservador y, sin embargo, seguramente parte de sus adversarios le sitúen como alguien conservador. Me gustaría que me explicara la diferencia entre ser un defensor de la tradición y ser un conservador.

El conservatismo es un producto de la revolución liberal. Una vez que se produce ésta, hay dos corrientes: una que desde el inicio, igual contra su voluntad, pero desde el inicio, la acepta y pacta con ella, y por tanto lo que pretende es al principio moderarla y luego conservarla; y hay otra que lo que pretende es radicalizarla, exasperarla y llevarla a su término. Por eso, hay un texto famoso de Balmes, refiriéndose al partido que en la década de los treinta lo bautizaron sus instintos y se llamó moderado, y en la década de los cuarenta (se está refiriendo al siglo XIX), lo bautizó su sistema y se llamó conservador. Es decir, que el partido conservador, de alguna manera, lo que conserva es la revolución. El conservatismo no es sino una corriente al interior de la revolución liberal, que pretende moderarlo, restringirlo, encauzarlo, pero conservándolo.

Esto me recuerda una anécdota de José de la Riva Agüero, un famoso pensador tradicional peruano de la primera mitad del siglo XX. Cuando un colega le pregunta, dando por hecho que es conservador, le responde que él no es conservador sino reaccionario: « ¿Usted cree que en el Perú de hoy hay algo que conservar? ¿Y no cree, en cambio, que hay tanto contra lo que reaccionar?». El conservatismo implica la conservación de la revolución, mientras que la tradición implica naturalmente una reacción contra el régimen liberal, para la restauración, instauración en parte, de un orden de cosas que sea ajustado a las leyes de la naturaleza.

Ortega y Gasset afirmó lo siguiente: «los tradicionalistas no aman el pasado, porque lo quieren como presente y no como pasado».

Los tradicionalistas no aman el pasado. Lo que quieren es que los elementos nucleares de lo que vivificó el pasado, puedan seguir haciéndolo en las circunstancias de hoy, en el presente. Ortega y Gasset es el paradigma del liberalismo conservador y por tanto era incapaz de comprender lo que era el verdadero tradicionalismo.

Para leer la entrevista completa al profesor Miguel Ayuso PULSAR AQUÍ

Conservadores, revolucionarios...y tradicionalistas